LA TRIBU DE LOS BISONTES COJOS
Siempre me han llamado la atención las definiciones de La Soledad y no sé porqué, ya que nunca me imaginé que pudiera tener algo que ver conmigo. Fui la quinta hija en el seno de una familia numerosa. Tengo muchas tías y tíos, he disfrutado con muchos amigos y he parido tres hijos.
En mi trabajo siempre he estado bien valorada y he disfrutado de buena relación con mis compañeros.
Ayer fue la lectura del testamento de mi madre. Por circunstancias no previstas, el notario nos hizo esperar unos treinta minutos a todos los hermanos juntos en una habitación. Supongo que, debido a la enemistad entre algunos, al recelo hacia lo que se avecinaba por parte de otros, al distanciamiento que poco a poco se ha ido produciendo entre todos, asistimos al silencio más opresivo que yo he sentido en la vida. Salvo algún saludo y alguna pregunta contestada con brevedad telegráfica, pasados los tres primeros minutos, no se volvió a escuchar ni una sola voz en la sala de espera.
Al llegar a casa mi marido había salido a cenar y jugar su partida de mus de los martes con sus viejos amigos del barrio. Mi hija pequeña también había salido, porque el espejo de su cuarto de baño estaba totalmente empañado y su ropa sucia, en un rincón. Me hubiera consolado hablar con alguien pero mi hijo mayor, en Japón, estaría durmiendo y mi hija mayor estaría, en este momento, liada con los niños.
Sentía frio. Me preparé una taza caliente de cacao y me fui a la cama.
No podía dormir. Poco a poco la habitación se fue llenado con recuerdos. Sobre mi cama fueron sentándose cada uno de mis hermanos. El primero en aparecer fue Jonás, Toro Sentado, que era el jefe de nuestra tribu “La manada de los bisontes cojos” y quien todas las noches nos contaba una historia antes de dormir. Llegó Olimpia “Chivo Loco”, que se sentaba en la cabecera a la derecha de Toro Sentado. A su izquierda apareció Ivan, “Bolígrafo Recostao”. Enfrente de ellos, sentados a los pies de la cama estábamos los tres pequeños, “Nube Negra”,“Luna Serena” y “Espíritu Atormentado”.
Jonás era muy buen deportista y ello le daba popularidad entre sus amigos. Siempre protegía a los pequeños. Salía como un toro a defendernos, pero en lugar de pegar a los que se metían con nosotros, nos cogía de la mano y salíamos corriendo de allí. Cuando los perdíamos de vista, nos sentábamos a recuperar el aliento, por eso, mi padre le puso el nombre de toro sentado, a Olimpia la llamamos Chivo Loco porque todos mis hermanos decían que estaba como una cabra, que provocaba a los niños mayores, y teníamos que salir corriendo por pies. Jonás decía que estaba loca. Ivan, nunca nos defendía en las peleas, siempre estaba dibujando, incluso en la tierra con palos. Si había pelea, miraba y no se metía. De ahí Bolígrafo Recostao. Nube Negra estaba justificado por su cara, siempre sucia, Luna Serena, que era yo, por lo tranquilísima que era y Espíritu Atormentado porque todas las mañanas, cuando se daba cuenta que se había meado en la cama, se pasaba un cuarto de hora llorando. Y mi padre, con su característico y cáustico sentido del humor, nos bautizó como la tribu de los Bisontes Cojos. Menos mal que un niño no capta esas sutilezas.
Veía a todos mis hermanos sentados en la cama, como en algunas películas representan los espíritus de los antepasados muertos de los indios y me dejaba acunar por sus cantos con ritmos repetitivos, esperando que el sueño llegara.
El último cuento que Toro Sentado nos contó fue justo el día antes de empezar en el instituto, porque nos dijo que iba a tener muchos deberes y ya no tendría tiempo. Esa mañana había llegado un visitante a la tribu. Se llamaba Aguila Negra y quería casarse con una mujer de nuestra tribu porque todas eran muy guapas. Le presentaron a Chivo Loco pero cuando le dijeron lo pendenciera que era, dijo que quería ver a otras. Toro Sentado, a pesar de que siempre quería ser muy justo, como yo era su preferida, le explicó que no iba a encontrar una esposa más tranquila y hacendosa, así que me eligió a mi. Al principio me puse muy contenta pero cuando Toro Sentado dijo que yo me tenía que ir a vivir con la tribu de Aguila Negra, que vivía a varios días a caballo de la mía, y que ya solo vería a mi familia en una fiesta que celebraban todas las tribus una vez al año, lloré tanto, que Toro Sentado le dijo a Aguila Negra que mejor eligiera otra esposa.
Aquella noche mi hermano me libró de una tremenda soledad y dormí tranquila.
Anoche conseguí convocar a los espíritus de la tribu y me ayudaron a organizar los pasos que debo dar para conseguir que sus presencias sean reales otra vez.
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