Iluminada
Ejercicio 7B - Monólogo
(Escena
final de una obra donde se desarrolla la historia que deja sintetizada, en
parte, este personaje. CRISTINA se dirige al público como si hablase a un
tribunal de la Inquisición donde se le ha reclamado que narre su vida y
genealogía, como era costumbre)
Señores de las decisiones de
la vida o muerte, se me convoca a que narre mi vida y genealogía en aras de
juzgarme bruja o mujer sin tacha. Y aquí expongo lo que me llevará a la
hoguera, a sabiendas, porque he cometido el delito de que se me acusa. Y porque
nada de lo que os diga contará en mi descargo, toda vez que ya me habéis
sentenciado con arreglo al derecho que habéis decidido defender. Ya nada
cuenta, ni ha de contar. También os adelanto que quemaréis a un cuerpo muerto
porque nadie más que yo decidirá sobre él. Esto os asombrará y diréis: “¿Cómo
una pobre mujer en pleno juicio inquisitorio puede decir semejante cosa; cómo
puede decidir algo que está en nuestras manos?” Solo os informo. Aguardad, lo
entenderéis.
Soy hija de Brunilda, y como
saben, Cristina, me llamo. Descendemos de estas tierras. Los hombres de la
familia, mis abuelos: Bermudo y Melendo, Mi padre, hijo de Bermudo, se llamaba
Terencio, como mi bisabuelo. Todos ya muertos por diferentes causas: por la
edad, unos y por malas cabezas, otros.
Mi historia es sencilla, desde
niña sufrí la vida en las labores y miserias del campo, con mis padres, siete
hermanas y un hermano, Francisco, nombre cristiano - como cristianos somos y
hemos sido todos, al menos por bautismo -. Yo soy la segunda. Me tocó estar por
una larga temporada en casa de mi abuela y una tía. Sabias mujeres, cosa que ya
no podéis condenar porque han muerto hace unos años.
Y con estos antecedentes
confieso: soy conocedora de hierbas, brebajes, fórmulas ancestrales y algunas
cosas que he descubierto y comprobado con algunos animales; ninguno de
propiedad ajena. Sé cómo curar cosas que los médicos, ilusos, quieren resolver
con sangrías e prepotencia. Tengo devoción por el saber en general y, en
particular, por el de las plantas. Conozco todas las de la región y muchas de
otros lugares, a través de mi relación con gentes de la posada. He trabajado
mucho allí como sirvienta de cualquier labor que se necesitase.
Todo esto ya es la causa de
que esté en esta declaración. Por eso me han acusado y sé que ya porto sobre
mis hombros la condena. Por lo tanto, no me duelen prendas aliviar mi alma con
lo que desconocen.
Les sigo explicando: No tengo
marido, pese a tener pretendientes, aun hoy con treinta y cinco años; desconfío
de sus intenciones. Y, no cuento con que lo entiendan cuando les diga lo
siguiente: desde niña conocí la aspereza del trato de mi padre y abuelo sobre
las mujeres de la familia y fui testigo de su sordidez. Más recientemente, me enteré
de los hábitos abominables, por parte de mi padre y hermano, hacía mis dos hermanas
pequeñas, Esmeralda y Leonor, que murieron; una, hace dos años y la otra, el
año pasado. Una enloquecida, se arrojó por el acantilado y la otra, de pena y
miedo, enfermó y dejó de comer. No las pude ayudar. Eso me corroe. Antes hube
de conocer los hechos y haberle puesto remedio. Pero no fue así. Sin embargo,
no dejé impunes a esos dos bastardos, que tanto amé.
Sé cómo curar y sé cómo matar.
Siempre me dediqué a ayudar, a defender la vida y la salud. La ira y la pena
guiaron mi salto sobre unas leyes que nunca burlé, por sagradas. Nadie pudo
hacer nada por ellos porque enfermaron de lo mismo gradualmente, con tres meses
de diferencia. Primero mi padre, por ser el mayor y con ello, más delito. Y
después mi hermano, el único hijo varón mimado y aclamado.
Y sin embargo, me traen aquí
por haber curado reses y gallinas, por conocer pócimas que curan, por tener un chamizo
donde hago cocciones.
Hay leyes que desconocen otras
leyes justas. Mi razón no es la razón de nadie, es solo mi razón. Volvería a
hacerlo. La convicción iluminó mis cálculos y actos. Y pagaré el precio que
tiene, que es alto como mi certeza y mi fin. Justo es y ha de ser, pagar por lo
que debe pagarse y no por otros argumentos necios.
No son tiempos para el honor
al conocimiento y menos si lo ostenta una mujer leída como yo. Sí, leo. Añadan
ahí este otro delito juzgado también desde la necedad; porque leo a escondidas
todo cuanto puedo, y escucho y guardo en mi cabeza todo lo que entiendo. En
este lugar, cruce de caminos, en la posada, y en los conventos, donde limpio y
ayudo a mis congéneres, he tenido acceso al aprendizaje que despliego ante este
tribunal.
Ahora decidan lo que ya habían
decidido, que ahora sí tienen motivos. Yo también, como les dije, ya decidí: con
estas gotas que me dejarán dormida para siempre quedaré esperando las
purificadoras llamas.
(Dicho
esto, CRISTINA saca de la cinturilla de su falda un pequeño frasco y se lo bebe.
Mira al público, serena, esperando. Y cae al suelo. Y, cae el telón)
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
No hay comentarios:
Publicar un comentario