martes, 1 de marzo de 2022

Ejercicio 7B - Iluminada

 

Iluminada        

 

Ejercicio 7B - Monólogo

 

(Escena final de una obra donde se desarrolla la historia que deja sintetizada, en parte, este personaje. CRISTINA se dirige al público como si hablase a un tribunal de la Inquisición donde se le ha reclamado que narre su vida y genealogía, como era costumbre)

 

Señores de las decisiones de la vida o muerte, se me convoca a que narre mi vida y genealogía en aras de juzgarme bruja o mujer sin tacha. Y aquí expongo lo que me llevará a la hoguera, a sabiendas, porque he cometido el delito de que se me acusa. Y porque nada de lo que os diga contará en mi descargo, toda vez que ya me habéis sentenciado con arreglo al derecho que habéis decidido defender. Ya nada cuenta, ni ha de contar. También os adelanto que quemaréis a un cuerpo muerto porque nadie más que yo decidirá sobre él. Esto os asombrará y diréis: “¿Cómo una pobre mujer en pleno juicio inquisitorio puede decir semejante cosa; cómo puede decidir algo que está en nuestras manos?” Solo os informo. Aguardad, lo entenderéis.

Soy hija de Brunilda, y como saben, Cristina, me llamo. Descendemos de estas tierras. Los hombres de la familia, mis abuelos: Bermudo y Melendo, Mi padre, hijo de Bermudo, se llamaba Terencio, como mi bisabuelo. Todos ya muertos por diferentes causas: por la edad, unos y por malas cabezas, otros.

Mi historia es sencilla, desde niña sufrí la vida en las labores y miserias del campo, con mis padres, siete hermanas y un hermano, Francisco, nombre cristiano - como cristianos somos y hemos sido todos, al menos por bautismo -. Yo soy la segunda. Me tocó estar por una larga temporada en casa de mi abuela y una tía. Sabias mujeres, cosa que ya no podéis condenar porque han muerto hace unos años.

Y con estos antecedentes confieso: soy conocedora de hierbas, brebajes, fórmulas ancestrales y algunas cosas que he descubierto y comprobado con algunos animales; ninguno de propiedad ajena. Sé cómo curar cosas que los médicos, ilusos, quieren resolver con sangrías e prepotencia. Tengo devoción por el saber en general y, en particular, por el de las plantas. Conozco todas las de la región y muchas de otros lugares, a través de mi relación con gentes de la posada. He trabajado mucho allí como sirvienta de cualquier labor que se necesitase.

Todo esto ya es la causa de que esté en esta declaración. Por eso me han acusado y sé que ya porto sobre mis hombros la condena. Por lo tanto, no me duelen prendas aliviar mi alma con lo que desconocen.

Les sigo explicando: No tengo marido, pese a tener pretendientes, aun hoy con treinta y cinco años; desconfío de sus intenciones. Y, no cuento con que lo entiendan cuando les diga lo siguiente: desde niña conocí la aspereza del trato de mi padre y abuelo sobre las mujeres de la familia y fui testigo de su sordidez. Más recientemente, me enteré de los hábitos abominables, por parte de mi padre y hermano, hacía mis dos hermanas pequeñas, Esmeralda y Leonor, que murieron; una, hace dos años y la otra, el año pasado. Una enloquecida, se arrojó por el acantilado y la otra, de pena y miedo, enfermó y dejó de comer. No las pude ayudar. Eso me corroe. Antes hube de conocer los hechos y haberle puesto remedio. Pero no fue así. Sin embargo, no dejé impunes a esos dos bastardos, que tanto amé.

Sé cómo curar y sé cómo matar. Siempre me dediqué a ayudar, a defender la vida y la salud. La ira y la pena guiaron mi salto sobre unas leyes que nunca burlé, por sagradas. Nadie pudo hacer nada por ellos porque enfermaron de lo mismo gradualmente, con tres meses de diferencia. Primero mi padre, por ser el mayor y con ello, más delito. Y después mi hermano, el único hijo varón mimado y aclamado.

Y sin embargo, me traen aquí por haber curado reses y gallinas, por conocer pócimas que curan, por tener un chamizo donde hago cocciones.

Hay leyes que desconocen otras leyes justas. Mi razón no es la razón de nadie, es solo mi razón. Volvería a hacerlo. La convicción iluminó mis cálculos y actos. Y pagaré el precio que tiene, que es alto como mi certeza y mi fin. Justo es y ha de ser, pagar por lo que debe pagarse y no por otros argumentos necios.

No son tiempos para el honor al conocimiento y menos si lo ostenta una mujer leída como yo. Sí, leo. Añadan ahí este otro delito juzgado también desde la necedad; porque leo a escondidas todo cuanto puedo, y escucho y guardo en mi cabeza todo lo que entiendo. En este lugar, cruce de caminos, en la posada, y en los conventos, donde limpio y ayudo a mis congéneres, he tenido acceso al aprendizaje que despliego ante este tribunal.

Ahora decidan lo que ya habían decidido, que ahora sí tienen motivos. Yo también, como les dije, ya decidí: con estas gotas que me dejarán dormida para siempre quedaré esperando las purificadoras llamas.

(Dicho esto, CRISTINA saca de la cinturilla de su falda un pequeño frasco y se lo bebe. Mira al público, serena, esperando. Y cae al suelo. Y, cae el telón)

 

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