La casa de la calle del Pez
Siendo niña, el domingo era mi día favorito de la semana. Era el día completo, el día en el que todo se repetía, semana tras semana, de la misma manera y en las mismas horas, sin sorpresas, sin variaciones (supongo que por la simple seguridad que da la costumbre). Mi padre era militar y casi cada año, con ascenso o no de por medio, cambiábamos de provincia, de casa, de colegio, de amigos y de vecinos. El domingo era el día imperturbable de la familia, estuviéramos en Vigo o en Rota: el baño tras el desayuno, la ropa de misa, el aperitivo antes de comer, la siesta y el cine de las cinco, y era muy especial porque era el día, entero y completo, que mi padre pasaba con nosotros.
Como una práctica del que se persigna diariamente al levantarse, mis hermanos y yo hemos buscado algo en cada día, durante muchos años, que lo hiciera especial. Era esa manera que tenía mi padre de mostrarnos siempre lo bueno de todas las cosas. «Niños, hoy va a ser un día muy especial». Y así era, bien porque ese día nos iba a recoger del colegio, o porque nos llevaba a merendar chocolate, bien porque habían llegado los feriantes a la ciudad, o simplemente porque había pizza para cenar. Cuando por motivos de su trabajo hubo que retrasar dos años mi primera comunión, mi padre encontró la forma de cambiar mi decepción por alegría.
—Mi niña, es una suerte que no celebres aquí la comunión. Fíjate qué días tan tristes, llueve demasiado (recuerdo que vivíamos en Ferrol). Tú mereces una fiesta con sol, mucho sol, un sol radiante, como tú, ¿no crees?
—Pero podemos hacer la fiesta dentro de casa —dije, con un catálogo de vestidos de comunión en la mano. —¡Es que ya tengo ocho años!
—Se te mojaría el vestido y el peinado, y no podríamos hacer una gran fiesta en el jardín. El año que viene no serás solo una niña de comunión, ¡serás una princesa! Estaremos en un lugar con mucho sol para que toda tú reluzcas.
Siguió diciéndome que yo merecía un día especial, porque yo era muy especial. Con diez años hice la primera comunión, un día de mayo de sol y brisa de poniente, en Rota, en un jardín frente al mar, y con una fiesta que duró hasta bien entrada la noche, que estoy segura aún hoy recordarán todos los niños del vecindario. Días después, estábamos empaquetando los bañadores y despidiéndonos del sol y de la playa. Fue un viernes al llegar del colegio, antes de la hora de comer, con los ojos chisposos propios de su entusiasmo por algo inconcreto e insustancial, que papá nos volvió a decir:
—¡Niños, hoy va a ser un día muy especial!
Nadie puso cara de sorpresa, nadie le prestó atención, como si no le hubiéramos oído. La frase iba perdiendo efecto. Nos habíamos acostumbrado a los días especiales, a ver todo lo bueno por encima de lo menos bueno, teníamos clavada en nuestras mentes esa particular filosofía, excesiva y gratuitamente positivista, ya nada de lo dijera nos sorprendía y nada esperábamos que no fuese ir al cine, a la verbena, a comer a la playa o la pizza para cenar (a veces se cambiaba por hamburguesas). Pero aquella vez, mi padre había adquirido una actitud exageradamente histriónica, como de jefe de pista de circo, su bigote se movía al compás de su respiración, agitada por la sorpresa contenida, como si fuera postizo, y sus brazos se abrían ante nosotros como aspas, reclamando toda nuestra atención, dando paso a la parte más triunfal de la función.
—¡Nos vamos a Madrid! ¡Tachán! —Hizo una pausa teatrera—. ¡Para siempre! ¡Tachán! —Se acercó a mi madre por detrás y acariciando su cintura le dio un beso suave en la mejilla.
Contra el pronóstico que esperaba mi padre, la noticia del nuevo traslado no encontró el beneplácito de ninguno, al contrario, por una u otra causa entristeció a todos excepto a mí; yo entonces carecía de opción y de opinión. Mi hermano Jaime tenía quince años y una novia con la que estaba decidido a casarse; Enrique, con catorce, era el mejor surfista de las playas de Cádiz, incluso se había fabricado su propia tabla en el garaje de su amigo Pedro Berenguer, en aquellos años en los que el surf no era un deporte ni una moda, solo una rara novedad que practicaban algunos hippies extranjeros; y mi madre, siempre tan delicada y quebradiza, había encontrado en el sol andaluz su mejor compañía y en la playa de Rota su lugar adecuado. Mi padre había dejado el ejército para trabajar en un gran bufete financiero de la capital. No tardó en enumerar todo lo positivo de aquel cambio; los mejores hospitales para la salud de mi madre, las mejores oportunidades para los estudios de mis hermanos y, por supuesto, estabilidad para toda la familia, sobretodo económica.
El tema del dinero fue un problema que enfrentó a las familias de mis padres con mis padres, lo mismo que el tema de la salud de mamá. Cuando mi padre anunció a su familia que se quería casar con mi madre, mi abuelo, también militar, aunque no de carrera, dijo a mi padre:
—Esa joven no te conviene. Tiene en su contra las dos cosas más importantes para un buen un matrimonio. Una, que es rica, y la desigualdad económica causa estragos sobre todo si la que tiene el dinero es la mujer; y dos, es una chica enfermiza, muy guapa pero enfermiza. Esa cara de porcelana, esos ojos azul amarronados como de agua estancada, delgadita como un junco, no resistirá los embates de la vida militar, tampoco la de los hijos.
Aún así, mi padre pidió su mano. Mi abuelo materno, notable notario que además dio el pelotazo urbanizando las tierras de sus padres en la costa murciana, no se anduvo con rodeos.
—Muchacho, mi hija no es mujer para ti. Está acostumbrada a los mimos continuos, a las comodidades, a un estilo de vida que no le puedes dar con tu sueldo de alférez (recién salido de la academia). Eres fuerte y te veo muy capaz de darle sustento, pero nunca estarás a su nivel.
Mi padre no se dio por vencido y mi madre renunció a su herencia, pues el notario había puesto encima de la mesa unas inamovibles capitulaciones matrimoniales. Esa dificultad se convirtió en un reto que acrecentó la motivación profesional de mi padre, primero de su promoción, siempre consiguió la excelencia en las evaluaciones para subir de rango. Mi madre, con toda su fragilidad, siguió a su marido en todos sus destinos con sus hijos a cuestas. Aunque la relación de mis padres pueda tener algún ingrediente novelesco conocido, no fue, ni de lejos, una historia al estilo de Romeo y Julieta.
—¿Y para ti qué, princesa? —me preguntó papá, al tiempo que me entregaba una caja enorme.
—¡Es un regalo sorpresa muy grande! ¿Me lo podré llevar a Madrid?
Lo fue y me lo llevé. Una pecera ovalada, grande como un huevo de dinosaurio, con un pez de colores, con todos los colores en sus escamas, dependiendo de la luz de la hora del día.
Con una seguridad pasmosa por irremediable, entramos en la casa de la calle del Pez número 40. Una casa grande y antigua, remodelada y cómoda, con todas las modernidades posibles de finales de los ochenta, en el centro de la ciudad, que nos concedió trece años llenos de días muy especiales. Embalar y desembalar eran dos actividades que cada año se hacían más densas y extensas, acumulábamos más enseres y estábamos más cansados, sobre todo mi madre que se iba agotando con cada caja que cerraba o abría.
—¿Qué nombre le vas a poner? —me preguntó mamá con su cara deformada al otro lado de la pecera.
—Pez. Le llamaré Pez, como nuestra calle. ¿No es una coincidencia muy especial?
—Creo que debería ser la última, no podré con más—dijo mamá refiriéndose a la mudanza, más fatigada de lo habitual, colocando la ropa deportiva de los chicos en el armario.
Casi lleva razón.
Mis hermanos estudiaban, mamá descansaba y yo hacía los deberes y merendaba hasta que regresaba papá. Cuando él llegaba a casa para cenar, le dábamos juntos de comer a Pez y le cambiábamos el agua.
—Papá, ¿has visto que hay un pez en la fachada de nuestra casa?
—¿Dónde?
—En la esquina, arriba en la fachada.
—¡No lo he visto! ¡Ni me he fijado!
Ahí estaba el pez de la calle Pez, en el chaflán con la calle Pozas. Se lo enseñé a mi padre el siguiente fin de semana.
—Me tengo que informar, ese pez debe tener su historia —dijo papá, y yo quedé totalmente convencida.
Estuve más de un mes preguntando a mi padre, cada noche, si había averiguado la historia del pez.
—Aún no, pero lo averiguaré —decía como quien no dice nada—. Cualquier día de estos te contaré la historia, porque seguro que tiene una bonita historia.
Todos notábamos que papá no estaba pasando por sus días más especiales. Trabajaba de lunes a sábado, y encaraba el regreso a casa como un aburrido descanso, simplemente necesario para poder levantarse al día siguiente.
—¡No seas pesada! —dijo Enrique en una ocasión. —Es un simple pez en una pared que da nombre a la calle. ¡Qué niña tan plasta!
—He preguntado en las tiendas del barrio, los vecinos dicen que el pez lleva ahí desde siempre —dijo mamá sirviendo la sopa, sujetando el cazo con titubeante esfuerzo, sentada en la silla, mientras le íbamos pasando los platos.
—Tengo algo muy especial que deciros. —Las palabras de papá posaron de inmediato las cucharas en los platos. Hacía mucho tiempo, tal vez desde que llegáramos a Madrid, que no había pronunciado su frase favorita, casi nos habíamos olvidado de ella. —¡Vamos a tener una asistenta que haga las labores de la casa para que mamá pueda descansar!
—¿Somos ricos? —preguntó Enrique. —Debemos ser muy ricos porque esta casa es muy grande, vamos a colegios muy pijos y, ahora, ¡vamos a tener una criada!
—Bueno, tenemos el dinero para permitírnoslo y tu madre lo merece; le vendrá bien una ayuda—respondió papá, apagado, contrariando el entusiasmo que en estos. —Para eso hemos venido a Madrid.
—¡Eso es que somos tan ricos como el abuelo! —Enrique se refería al abuelo notario, el padre de mi madre que apenas visitábamos y que yo conocí de pasada cuando a papá le dieron el despacho en Cartagena. —Papá ¡ya le puedes llamar de tú! Papá ¡ya estás a su nivel!
Mi hermano repetía esas cosas que hablan los mayores cuando creen que los niños no los oyen, y le imprimió el fervor que mi padre evitó y que se le suponía.
—¡Vuestro padre está al nivel de cualquiera! ¡Y es, de largo, muy superior a mi padre! —Mamá se levantó de la mesa, enfadada y hablando a gritos como nunca habíamos visto ni oído—. ¡Estoy harta de deciros que tenemos el dinero que necesitamos, y eso es suficiente! —Miró a mi padre como dándole un ultimátum —¡No quiero ser rica y no quiero asistentas! ¡No quiero esa vida!
Ella se fue a su dormitorio, papá que se quedó con nosotros hasta que terminamos de cenar. Recogimos entre todos mientras mamá se metía en la cama. Jaime llegó cuando ya se había disipado el acaloramiento. Decía que se quedaba estudiando hasta que cerraba la biblioteca, que allí se concentraba mejor, pero todos sabíamos que tenía otra novia, era peluquera, y él esperaba hasta la hora de cierre para estar con ella.
—Me han dicho que pregunte en el bar del Palentino, el de la esquina; a ver si puedo pasarme un día de estos—dijo inocentemente Jaime, rebañando las sobras de su cena en la cocina.
Mi interés por el pez de piedra de la fachada había contagiado el misterio de su historia a toda la familia. Yo había entrado en ese bar con papá, recién llegados a Madrid, para subir comida preparada a casa mientras desembalábamos y colocábamos las cosas. Era un bar sucio y maloliente, de aspecto viejuno y con los mismos viejos clientes, fumando, hablando a gritos o jugando a cartas, todas las tardes, cuando yo pasaba por delante. Las mesas y sillas eran de formica amarillenta, la mayoría sin los tacos de goma en las patas, de modo que chillaban como gatos hambrones cada vez que alguien las desplazaba. Las dudas al sentarte a una mesa o al apoyarte en la barra eran asuntos de causa mayor. Limpiar un hueco con esas servilletas de papel finísimo que se adherían a las superficies del bar con tal saña que se rompían en diminutos pedazos, o pedir al camarero que pasara una bayeta, ese trapo desprendía tal olor y pringue que hacía imposible tragar la tapa de calamares. El suelo, granulado en blanco y negro, acumulaba montañas de servilletas usadas y despiezadas a los pies de la barra, palillos y restos de comida se te quedaban pegados en los zapatos alzándote dos centímetros de altura. Al salir a la calle, las suelas de goma gemían con un soniquete como de mascar chicle al aplastarlas contra los adoquines, y el olor a fritanga te acompañaba hasta que te percatabas de que con los pies remolcabas toda la basura del barrio. Ahí comprendí la importancia del áspero felpudo colocado en la entrada de nuestro portal.
—¿Puedo preguntar yo mañana? ¿Cuándo salga del colegio? —dije con la emoción de un encuentro por fin resolutivo y a tan solo unos metros debajo de casa.
—¡Ni se te ocurra! —Mamá saltó como si se le escapara la liebre—. ¡Tienes prohibido entrar sola en el bar, ni en ese, ni en ningún otro!
Uno de tantos días que no tuvieron nada de especial, fue lo que pensé al acostarme. Pasaron meses hasta que llegó mi cumpleaños. Cayó en sábado y mi padre, inusualmente, se lo había tomado libre. Junio apretaba con calor tempranero y, estrenando sandalias y lazo en el pelo, increíblemente bajamos a comer al bar del Palentino.
—Aquí traigo los mejores pepitos de ternera de todo Madrid y parte del mundo entero—dijo el camarero.
—Oiga, Casto (así se llamaba el camarero dueño del Palentino), no sabrá usted la historia del pez que hay en el chaflán de la calle. Mi hija está muy intrigada, bueno todos lo estamos, y nos han dicho que tal vez usted sepa algo. ¡Siempre que paso se me olvida preguntarle!
—¡Ay, el pez! ¡Ese pez tiene mucha historia! —Casto miró a mi padre, como solicitando permiso para sentarse a nuestra mesa. —En realidad es una historia muy vieja, de muchos siglos atrás, y un poco triste.
—Por favor, Casto, ¡siéntese con nosotros si dispone de un ratito! —dijo mi madre, que apartaba el pan con cuchillo y tenedor a un lado de su plato para comer solo el filete—. Nos encantaría escuchar esa historia, o cuento. ¡Dicen que es un cuento precioso!
Me pareció que mamá había interrumpido al señor Casto, y que manifestó un énfasis extraño al decir la palabra “cuento”; una intensidad poco natural en ella que, en los últimos días, arrastraba las palabras como si tuviera dormida la lengua por la anestesia del dentista. Eso, en vez de alertarme, me puso más impaciente.
—Está bien, señora, como guste. Ya quedan pocos de la marabunta que viene al aperitivo y estoy más desocupado. Con permiso, me siento con ustedes —dijo ese hombre grande, ancho y alto, calvo por el centro arriba de una cabeza con más carne que hueso, de barriga prominente que movía colgante al compás de sus pasos pesados y unas gafas diminutas de montura dorada enarcadas en una nariz bruta y peluda.
El señor Casto acercó a nosotros una silla que arrastró desde la mesa de al lado, se limpió las manos en el mandil de pescadero de rayas verde y negro, y gritó al muchacho que estaba detrás de la barra.
—¡Niño, ponme una cerveza y sirve aquí otra ronda de lo mismo!
Todos movimos nuestras sillas haciendo un hueco. Yo estaba nerviosita y apreté la mano de papá que estaba a mi lado.
—Bueno, allá vamos—dijo el señor Casto. —Como he dicho, hay dos historias que se juntan en una, o más bien hay un cuento muy largo que muchos no conocen bien, solo se saben hasta la mitad, la primera mitad, que es la que corre por el barrio. El primer dueño que abrió este bar era un señor de Palencia, yo soy nacido y criado aquí mismo, en el Maravillas (se refería al barrio que, ya estando nosotros, el oleaje de la movida madrileña le cambió el nombre por el de Malasaña), y ese hombre que ya era un anciano muy mayor cuando le conocí, me lo contó todo, de principio a fin. De eso hace mucho, por eso la gente se ha ido olvidando de toda la historia tal y como verdaderamente es.
Con esos prolegómenos, yo salivaba mentalmente. El señor Casto se atizó el vaso de cerveza de una y pidió otra caña al chaval. —¿Ustedes quieren algo más? —dijo mirando a mi padre que declinó la invitación.
—A toda esta zona —dijo, extendiendo los brazos alrededor suyo como si allanara toda la Tierra—, antiguamente se la conocía como la Fuente del Cura. ¡Eso era cuando ni Madrid se llamaba Madrid! —Carraspeó como para coger impulso—. En toda esta zona, había una hacienda muy grande, con muchas tierras de labranza, cinco pozas y una casa como un castillo, con una fuente de aguas finísimas. Todo pertenecía a un cura de la alta alcurnia. Cuando el rey, alguno de los Felipes creo, pero no se cuál, se trae la corte a la villa, se le antoja hacer viviendas en la mismísima finca del cura. Las tierras se parten en dos y se venden, una parte se la queda el rey y la otra la compra un señor riquísimo que tenía una hija, así como tú —dijo señalándome. Yo me estremecí lo que pude en el asiento, llevaba vestido corto y las piernas se me habían quedado pegadas a la formica. El señor Casto dio un pequeño sorbo a la cerveza, para mojarse los labios o para darse tiempo a pensar lo que decía—. En esta parte de la calle, lo que coge los números del 38 al 42, el padre de la niña que había comprado los terrenos mandó construir un palacio, conservando en su sitio la fuente del cura, en medio del patio. La fuente estaba llena de pequeños y bonitos peces de colores.
—¡Tráete otra caña y café para los señores, si les apetece! —ordenó el señor Casto al camarero joven que pasaba la bayeta por las mesas vacías.
El aire se impregnó de ese olor nauseabundo, tal vez fuera eso lo que animó a mi padre.
—¡Pues venga! —contestó papá. —¡Una infusión de manzanilla para mi señora esposa y un café cortado para mí!
A mis hermanos y a mí nadie nos ofreció tomar nada, tampoco hubiéramos osado pedirlo por mucho que deseáramos un refresco. Estábamos sentados al lado del ventanal por el que el sol de las cuatro de la tarde parecía querer prendernos fuego.
—La niña se llamaba Blanca—continuó el señor Casto—, cada día que iba a la fuente había menos peces y menos agua. Así hasta que quedó un solo. Por lo visto, los obreros que estaban construyendo el palacio, cogían el agua de la fuente para las cosas de la albañilería, contaminaron las aguas y secaron la bonita fuente. La niña intentó recuperar al pececillo, pero…
—¡Señor Casto! —interrumpió mi madre— Nos va a contar la versión más auténtica del cuento, la más completa y fantástica, ¿verdad?
Aquello me sonó a una advertencia propia de mamá conmigo.
—¡Ah!, claro que sí, señora.
—De acuerdo, chicos, como bien ha dicho su madre, hasta ahí llega una parte de la historia. —El señor Casto se levantó solicitando permiso, se fue a la barra y con la ayuda de mi hermano mayor trajo refrescos de varios sabores y vasos de tubo con hielo.
La nueva interrupción, la conversación misma y la conocida complicidad en las miradas de mis padres, desentonaba, me chirriaba escandalosamente, pero no quise darle un pensamiento, mi ansiedad por esa intermisión tan cortante no dejaba lugar para ello.
—¡Siga, señor Casto! ¡Por favor, siga! —rogué.
—Mira, guapa, yo to tengo que atender al público, pero le acabo de contar a tu hermano toda la historia y él te la contará. ¡Lo hará mejor que yo! —concluyó con dos palmaditas al cogote de Jaime.
Me quedé muda, por el enfado con el señor Casto y por la mirada que me echó mi madre para que no dijera ni una palabra más.
—¡No se preocupe, señor Casto! —Jaime rellenó el silencio de la mesa y el vacío de los vasos—. Yo les contaré toda la historia como usted me ha dicho, con pelos y señales.
Sentí aquello como una terrible decepción, la excusa del señor Casto era una huida en toda regla, pero me controlé, respiré profundo hasta tres veces y me aguanté las malas formas como supuse que desearía mi madre. —¡Vamos Jaime! ¡Cuenta, cuenta! —dije con más afán que resignación saboreando la naranjada.
—De acuerdo —dijo Jaime. —Cuando la niña se dio cuenta de que cada vez que iba a la fuente había menos peces y menos agua, pensó que, tal vez, como los peces eran tan bonitos, los obreros los habían cogido para regalárselos a sus hijos. No fue así. Ya ha dicho el señor Casto lo que ocurrió de verdad. Los peces desaparecían porque se morían a causa de las obras de la casa —Jaime me observó de reojo para ver qué cara ponía yo; no puse ninguna, me costó comprenderlo— y, cuando quedó un solo pez, el maestro albañil, lo metió en una bonita pecera, como la que tú tienes (al dirigirse a mí, se me debieron iluminar los ojos. Lo supongo así, porque Jaime, tan mayor y serio, nunca me había echado cuentas), y se la regaló a la niña Blanca. Pero el pez, que había sobrevivido al polvo de las obras y a la escasez de agua, pareció enfermar, seguramente de tristeza por estar solo, creyó la niña. A nadie le gusta estar siempre solo, ¿no crees? —Se dirigió a mí, asentí con la cabeza—Entonces, el maestro albañil hizo que cada obrero llevara un nuevo pez a la fuente y él mismo la rellenó de agua limpia y cristalina. Alrededor de la fuente construyeron una valla de cristal para que nadie hiciera daño a los peces y todos los niños del barrio los pudieran contemplar. Cuando los obreros terminaron el precioso palacete, el maestro albañil esculpió un pez en la fachada, igualito que el pez que sobrevivió. Por eso esta es la calle del Pez.
Conocida y ya pretérita la historia del pez, todo en mí y a mi alrededor volvió a su ser, hasta que, llegado el primer domingo de julio, al levantarnos, papá nos sorprendió felizmente.
—¡Niños, hoy va a ser un día muy especial! —Apareció en el desayuno vestido con bañador y unas gafas de buceador— ¡Nos vamos a la piscina!
Aquel día creí que se iniciaba una nueva racha de días especiales. No fue así. El invierno regresó tan frío como aburrido. Mamá, en exceso decaída, tenía falta de sol o, como todos, echaba en falta la simplona alegría de papá, y tras ponerme la merienda se metía en la cama hasta el mediodía siguiente. Papá, con exceso de trabajo, llegaba cuando yo estaba a punto de caer dormida. Jaime aprovechaba cualquier rato libre para asomarse a la peluquería y Enrique había cambiado el surf por el Taekwondo, y, rato que tenía libre, rato que iba al gimnasio. Una sinsustancia hasta entonces desconocida se había ido metiendo dentro de nosotros. Las tardes, reiterativamente monótonas, en aquella casa tan espléndida, me daban angustia; asomarme al balcón para distraerme viendo pasar gente, me producía un temible vértigo aun siendo un primer piso.
Ansiaba el paso de cada estación del año para sentir que algo cambiaba, el paso de curso como si en el siguiente fuera a ocurrir un milagro. Estudiaba tan poco como salía con las amigas. Mamá demasiado débil, papá demasiado ocupado. Iba sobreviviendo con las bromas de Enrique que, según crecía, se iba pareciendo más a nuestro padre de los días especiales; con las vacaciones de verano en la casa de la playa de nuestra abuela materna, sumergida toda la mañana en las aguas marrones y cálidas de un mar tan pequeño como una balsa; con las navidades que, además de los regalos, nos traían las luces, los desayunos con chocolate y el roscón con la simple sorpresa de un haba seca. Cada año las vacaciones se acortaban, las navidades llegaban con menos regalos y el roscón se compraba por porciones.
Llegó mi dieciocho cumpleaños. Sentí de golpe el peso de la soledad y la asfixia de la pobreza. Mi padre nos había ido arruinando con fallidas inversiones en bolsa. Días antes, se lo había jugado todo a una (creo que pretendió algo similar al pelotazo del abuelo notario; se tiró un órdago, iba sin cartas y no le salió bien). Hacía tiempo que mis hermanos ya no vivían en casa. Jaime, que se había metido a medicina cuando le dejó la peluquera, estaba Boston con una beca de postgrado. Enrique había cambiado el taekwondo por el buceo, y, aunque había recuperado el surf, prefería estar dentro del agua que sobre ella; como buceador se iba costeando los estudios de Ciencias del Mar en la Universidad de Cádiz. Papá y yo bajamos al bar del Palentino. El señor Casto no estaba, ya solo iba por las tardes para recoger la caja y cerrar el bar. Papá me preguntó si ya había decidido qué estudiar en la universidad. No, aún no lo sabía (lo elegí el mismo día que tuve que hacer la matrícula). Tomábamos el aperitivo mientras nos preparaban tres pepitos de ternera y una ración de calamares que comimos con mi madre en casa. Ese día, tampoco se vistió mi madre, comió solo el filete, en camisón y bata. Después de la siesta, papá y yo jugamos al cinquillo mientras mamá se adormilaba en la mecedora.
La mañana que mi padre entregó las llaves de nuestra casa era la fiesta de mi graduación. En el coche, en doble fila, con el tic-toc de los intermitentes como único sonido, mamá y yo esperábamos a que papá saliera del banco y pusiéramos rumbo a la siguiente casa. Esa vez no hizo falta hacer mudanza, íbamos a casa de la abuela, a la playa de aguas marrones y cálidas, a las mañanas húmedas de sol y a los atardeceres tibios de las hamacas. Ya sentado al volante, mi padre entregó a mamá una carpetilla transparente en la que se leía “Cancelación de deuda hipotecaria mediante Dación en Pago”.
—¡Hoy va a ser un día especial! —dijo papá. —Puso el coche en marcha, encendió la radio y nos abrochamos los cinturones.
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