martes, 1 de marzo de 2022

EJERCICIO 7B Andrea Sanz

 STILETTOS


Señores jueces, no estoy ante ustedes para negar mi culpabilidad, sí, maté a ese hombre, no lo negaré, pero quiero exponer aquí mis razones, porque su muerte no ha sido suficiente para satisfacer mi venganza. Que el pronunciar su nombre provoque nauseas, que deshilache su honor, que favorezca su olvido y el rechazo de su descendencia, eso me ayudará a completarla.

A los quince años ya medía 1,74 cm, todos al mirar mi cara sonreían, mi cuerpo se amoldaba a cualquier tipo de ropa como la piel a las serpientes, cubriéndole y permitiendo disfrutar con sus serpenteos y sus quiebros, pero como un hecho prodigioso de la naturaleza, no como una impostura.

Fui consciente de la nueva forma en que se posaban en mí todas las miradas, cada día recibía más invitaciones y perdía más amigas.

No recuerdo haberme sentido mejor que el día de mi graduación. A mis padres les pedí el regalo por adelantado. Como sabía que tenía que subir cinco escalones para recoger la banda, pedí de regalo unos stiletto Louboutin, de 12 cm. Mientras ascendía al escenario podía imaginar todas las miradas ancladas en mis suelas rojas, hasta que comenzaban su ascenso por mis piernas , se enredaban en mi melena dorada para, por fin, deleitarse en mi sonrisa. Porque, agradecida como una diosa a la que sus fieles veneran, les dedicaba una sonrisa sincera y agradecida. Desde mi pedestal, representado por esos codiciados Louboutin, quería demostrarles mi amor, porque sabía que me querían.

En la fiesta que siguió al acto académico prodigué saludos, cumplidos, abrazos y más sonrisas. Todos me auguraban un futuro a la altura de mis stilettos y, ayudada por el vino al que no estaba acostumbrada, me dejé convencer de mis méritos.

Al volver del cuarto de baño, me crucé con Claudio, el estudiante más brillante del instituto, que, apoyado en una pared, y con su sempiterno cigarrillo en la mano derecha y una copa en la izquierda, se dirigió a mí:

“Afrodita, engañarás a todos, pero debes saber que a mí, no”

¿Por qué me llamas Afrodita?, le contesté. Y¿qué quieres decir con que engaño a todos y a ti no?.

Con una ligera inclinación de la comisura derecha de su boca me dijo:

“Todos ven una belleza inalcanzable con la que solamente se atreven a soñar, yo no veo a Afrodita, veo a Minerva y solo yo puedo ayudarte a alcanzar el Olimpo”.

Que estúpidos somos los humanos que, con tanta frecuencia nos atrae el lado oscuro. Me embelesó con poesías que, con el tiempo, llegué a saber que no eran suyas. Me deslumbró con teorías filosóficas difíciles y mal explicadas por él que yo no comprendía y me hacían sentirme intelectualmente inferior y dependiente. Me embaucó fácilmente con sus enrevesados razonamientos. Poco a poco me convenció de lo poco que le importaba mi aspecto físico.

Acabamos la carrera y nos casamos. También me convenció de la importancia que una madre tiene en la educación de sus hijos. Él ganaba suficiente dinero, no merecía la pena dejar el que el intelecto y el carácter de nuestros hijos se deformara con la influencia de una cuidadora sin formación. Renuncié a una vida profesional y me dediqué a representar a una Minerva doméstica.

Entre tanto fui sumando kilos con cada embarazo, mi piel fue envejeciendo de tanto fumar, como él, y mi sonrisa se fue sustituyendo por un rictus de aburrimiento, con la misma desviación de la comisura derecha de mi boca que tanto me atrajo de él el día de mi graduación.

Cuando, por casualidad, le vi, hace tres meses, dejando en su portal y abrazado a una de sus alumnas, subida en unos stilettos con una altura de vértigo, sentí ese mismo vértigo en el estómago y esa noche comencé a añadir a la sopa, que tanto le gustaba cenar, dosis crecientes de matarratas.

Una lástima que al ingresar en el hospital, estuviera de guardia un joven tan listo, que fue capaz de relacionar todos los hematomas que mapeaban su piel con el dichoso veneno, aunque bien mirado, gracias a ello puedo proclamar a los cuatro vientos su infamia.

Yo no habré llegado al Olimpo, pero él ha muerto como una rata.

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