lunes, 21 de marzo de 2022

Ejercicio 10. ATREVIMIENTO, DESAFÍO, OSADÍA. Purificación Mallén

 SIN TÍTULO. 

  

Eran las diez cuando alguien me dijo que no eran las diez. Fue mi madre. que siempre me contradecía. 

—Pero mamá, el reloj marca las diez, y es un reloj electrónico sintonizado con el satélite —le dije con voz condescendiente.,aunque por dentro me daban ganas de comprar coger un mandoble y decapitarla. muy despacio. 

¡Satélites, satélites, siempre has sido un crédulo!, ,como con los reyes magos. Hasta los dieciséis creyendo en esos payasos barbudos, y ahora en satélites. ¡No son las diez! Y punto. 

Lo de los reyes magos era un golpe bajo. Siempre Se lo contaba a todo el mundo, y a veces lo adornaba con detalles de mi vida sexual. Por ejemplo, Cuando le presenté a Marisa le dijo que, con dieciséis años, la noche de Reyes, manché las sábanas de semen porque tenía unas fantasías eróticas muy turbias. Desde ese día, mi relación con Marisa fue cuesta abajo, incluso me preguntó si quería que se pusiera barba blanca o se pintara la piel de negro cuando nos lo montábamos. Así era mi madre. y por eso, lo del mandoble estaba plenamente justificado—.  

— ¿Ah no? ¿Y qué hora es? Venga, ¿qué hora es ahora, Mamá? pregunté alterado. 

—Pues cuál va a ser, la de toda la vida, la de siempre, la hora que siempre ha sido. 

—Pero tendrá un número, ¿no? La una, las dos, la siete y cuarto… 

—Números, números, las horas no tienen número. Eso son tonterías y fantasías. Las horas tienen nombre, como tú y como yo. 

—Mamá, por Dios. 

—Ni mamá, ni dioses. Esta hora es la hora de siempre y se llama Maricarmen. 

—Maricarmen, ¿como la vecina del segundo? ¿La que está liada con un universitario con acné? 

—Es que es la vecina del segundo, las horas tienen vida propia, y esta hors de ahora mismo, de toda la vida, es Maricarmen, la vecina del segundo, tan golfa ella y tan mala cocinera, y un poco zorra, y muy descarada y con ganas de juerga, pero al final, sola, triste y amarga sola y amarga, como el café torrefacto. 

Dices unas cosas mamá, Entonces siempre es la hora Maricarmen, ¿a todas horas es la hora Maricarmen? 

—Pues no, también está la hora Javier, la hora Andrea, la hora Guillermo y por supuesto, la hora Manolita., la hora Manolita es la peor, en A la hora Manolita murió tu padre. 

Me quedé mirándola. sin saber si reír o llorar o llamar al psiquiátrico.  

Todos los nombres eran de vecinos y vecinas. Javier era el del séptimo, un policía retirado que jugaba a la petanca, se emborrachaba y hacía juegos de magia a los niños en el parque. Andrea era nuestra vecina de enfrente, propietaria de una papelería, una mercería y una tienda de animales. Mi padre siempre dijo de ella que podría venderle al diablo un mechero nuevo. Guillermo era el imbécil del segundo, se empeñaba en decir que éramos novios porque de niño le había regalado mi colección de cromos de monstruos japoneses. Y Manolita, la del primero, Manolita era un tema aparte, de Manolita no se hablaba en mi casa nunca. Era siete años mayor que yo, y tenía un aire risueño, y una tendencia a mordisquear su pelo pelirrojo, una vez, Con catorce años, le dije a mi madre que me la había encontrado en el ascensor y que me había dicho que estaba a punto de terminar psicología. Mi madre me soltó una bofetada., así, sin más, Luego me dijo que nunca hablase de Manolita delante de ella y luego se encerró en el dormitorio. de matrimonio, a solas. y ya nunca más hablé de Manolita. Lo único que sé, es que Cuando murió mi padre, Manolita no vino al tanatorio., lo cual me sorprendió, porque vino hasta el imbécil de Guillermo. 

—Mira mamá, son las diez, la hora de que me vaya a la copistería, ¿te vienes o no? 

—A la hora Maricarmen no es bueno irse a la copistería,  la hora Maricarmen Es buena hora para desayunar con tu madre. 

¿Mejor a la hora Javier?Pero si yo ya he desayunado, Mamá 

—No, la hora Javier es la mejor hora para ir de compras, porque, como es policía, no pueden robarte el dinero. Tú siempre ibas a la frutería en la hora Guillermo y te engañaban como al tonto que eres. 

—En fin, mamá, me voy —le dije, pensando de nuevo en el mandoble porque sabía que iba acabar yendo a la caja de herramientas, sacando la taladradora y haciendo un disparate. Me puse el abrigo y me dirigí a la puerta. 

—Jorge —me llamó. 

—¿Qué, Mamá? 

—Sólo decirte que cuando vuelvas volverá a ser será la hora Manolita —lo dijo sin mirarme, con la vista clavada en el retrato de mi padre. Pude distinguir un destello de odio o furia en sus ojos. 

—Lo que tú digas, Mamá —y me largué. Fue la última vez que la vi con vida. 

Lo curioso es que Esa tarde, mientras venían los de la ambulancia, se me acercó Guillermo y me juró que había visto a Manolita entrar en mi casa por la mañana. 

—¿A qué hora? —le pregunté. 

—Justo después de la hora Maricarmen —me dijo, el imbécil y me plantó un beso en la mejilla que no aparté. 

 

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