Eran las diez cuando alguien me dijo que no eran las
diez. Era mi madre que siempre me contradecía.
—Pero mamá, el reloj marca las diez, y es un reloj
electrónico sintonizado con el satélite —le dije con voz condescendiente.
Aunque por dentro me daban ganas de comprar un mandoble y decapitarla muy
despacio.
—Satélites, satélites, siempre has sido un crédulo,
como con los reyes magos, hasta los dieciséis creyendo en esos payasos
barbudos, y ahora en satélites. No son las diez y punto.
— ¿Ah no? ¿Y qué hora es? —Lo de los reyes magos era
un golpe bajo. Siempre se lo contaba a todo el mundo, y a veces lo adornaba con
detalles de mi vida sexual. Por ejemplo, cuando le presenté a Marisa le dijo
que con dieciséis años, la noche de reyes, manché las sabanas de semen porque
tená unas fantasías eróticas muy turbias. Desde ese día, mi relación con Marisa
fue cuesta abajo, incluso me preguntó si quería que se pusiera barba blanca o
se pintara la piel de negro cuando nos lo montáramos. Así era mi madre y por
eso, lo del mandoble estaba plenamente justificado—. Venga, ¿qué hora es ahora,
Mamá?
—Pues cual va a ser, la de toda la vida, .
—Pero tendrá un número, ¿no? La una, las dos, la siete
y cuarto…
—Números, números, las horas no tienen número, esos
son tonterías y fantasías, las horas tienen nombre, como tú y como yo.
—Mamá, por Dios.
—Ni mamá, ni dioses, esta hora es la hora de siempre y
se llama Maricarmen.
—Maricarmen, ¿cómo la vecina del segundo? ¿La que está
liada con un universitario con acné?
—Es que es la vecina del segundo, las horas tienen
vida propia, y esta hora de ahora mismo, de toda la vida, es Maricarmen, la
vecina del segundo, tan golfa ella y tan mala cocinera, y un poco zorra, y muy
descarada y con ganas de juerga pero al final sola, triste y amargada como el
café torrefacto.
—Dices unas cosas mamá, entonces siempre es la hora
Maricarmen, ¿a todas horas es la hora Maricarmen?
—Pues no, también está la hora Javier, la hora Andrea,
la hora Guillermo y por supuesto la hora Manolita, la hora Manolita es la peor,
en la hora Manolita murió tu padre.
Me quedé mirándola sin saber si reír llorar o llamar
al psiquiátrico. Todos los nombres eran de vecinos y vecinas. Javier era el del
séptimo, un policía retirado que jugaba a la petanca, se emborrachaba y hacía
juegos de magia a los niños del parque, Andrea era nuestra vecina de enfrente,
propietaria de una papelería, una mercería y una tienda de animales, mi padre
siempre dijo de ella que podría venderle al diablo un mechero nuevo, Guillermo
era el imbécil del segundo, se empeñaba en decir que éramos novios porque de
niño le había regalado mi colección de cromos de monstruos japoneses. Y
Manolita, la del primero, Manolita era un tema aparte, de Manolita
no se hablaba en mi casa nunca. Era siete años mayor que yo, y tenía un aire
risueño, y una tendencia a mordisquear su pelo pelirrojo, una vez, con catorce
años, le dije a mi madre que me había encontrado a Manolita en el ascensor y
que me había dicho que estaba a punto de terminar psicología y mi madre me
soltó una bofetada, así, sin más, luego me dijo que nunca hablase de Manolita
delante de ella y luego se encerró en el dormitorio de matrimonio, a solas, y
ya nunca más hablé de Manolita. Lo único que sé, es que cuando murió mi padre,
no vino al tanatorio, lo cual me sorprendió, porque vino hasta el imbécil de
Guillermo.
—Mira mamá, son las diez, la hora de que me vaya a la
copistería.
—A la hora Maricarmen no es bueno irse a la
copistería, la hora Maricarmen es buena hora para desayunar con tu madre.
—Pero si yo ya he desayunado, Mamá
—Para ir de compras es mejor la hora Javier, porque como es
policía, no pueden robarte el dinero. Tú siempre ibas a la frutería en la hora
Guillermo y te engañaban como al tonto que eres.
—En fin, Mamá, me voy —le dije, porque sabía que iba
acabar yendo a la caja de herramientas, sacando la taladradora y haciendo un
disparate. Me puse el abrigo y me dirigí a la puerta.
—Jorge —me llamó.
—¿Qué, Mamá?
—Sólo decirte que cuando vuelvas volverá a ser la hora
Manolita —lo dijo sin mirarme, con la vista clavada en el retrato de mi padre.
Pude distinguir un destello de odio o furia en sus ojos.
—Lo que tú digas, Mamá —y me largué. Fue la última vez
que la vi con vida.
Lo curioso es que esa tarde, mientras venían los de la
ambulancia, se me acercó Guillermo y me juró que había visto a Manolita entrar
en mi casa por la mañana.
— ¿A qué hora? —le pregunté.
—Justo después de la hora Maricarmen —me dijo el
imbécil y me plantó un beso en la mejilla que no aparté.
Tema: la relación entre una madre desquiciada por la pérdida
de su marido, asesinado supuestamente por ella misma, al tener una relación con
su vecina y su hijo que actúa como sensato y en su lugar, solo piensa en
asesinar a su madre, por las salidas de tono de la madre.
La estructura: la estructura no la veo clara, existe
una llamativa desconexión entre los
personajes, que a la vez es el centro del conflicto.
Ritmo: El ritmo es muy ágil y divertido, la
relación entre el hijo y la madre y la obsesión en ponerles nombre de vecinos a
las horas.es peculiar y original
Los personajes secundarios, son parte principal del deterioro
de la madre y el hijo.
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