Técnicas de reescritura:
- ¿Tema? ¿Qué quiero contar?
Yo creo que el tema es la muerte. A veces cuando se pierde un padre o una madre nos pilla por sorpresa. Es como si siguiésemos anclados en el pensamiento infantil de que son indestructibles, con todos su defectos. Y uno se pregunta si hizo todo lo que pudo, si estuvo tan presente como debiera haber estado.
La hora de Manolita es una metáfora de la hora de la muerte.
La madre, una mujer sin “cultura” pero muy sabia intuye que ha llegado su hora y trata de que su hijo se quede en casa para acompañarla en ese momento. El hijo, un hombre moderno y con estudios, no entiende la demanda, tiene otras cosas que hacer.
- ¿Estructura? ¿Qué estructura estoy usando? ¿Qué aspectos positivos tiene? ¿Problemas en la estructura?
Me parece que es una estructura de conflicto. Conflicto: la madre quiere que el hijo se quede con ella para acompañarla. El hijo no quiere quedarse. La madre utiliza la estrategia de las horas para convencerlo. No lo consigue.
PLANTEAMIENTO: Es demasiado largo en comparación con el resto de las partes.
DESENLACE: Muy corto. Sorpresivo en el sentido de que no podíamos intuir que la madre pudiese morir. ¿Sirve para reflejar la sorpresa que es para el protagonista la muerte de su madre? ¿se podría dar alguna pincelada que nos hubiese puesto sobre aviso? Las emociones del protagonista ante lo sucedido no quedan muy claras.
- Personajes: ¿Está bien construida la voz? ¿Están bien construidos los personajes?
La madre: Dar alguna pincelada sobre su estado físico intercalada en el diálogo.
El hijo: Está cabreado con la madre porque lo trata como a un inútil, pero también hay cariño. Reforzar las emociones sobre todo al final, la sorpresa, la tristeza, la posible culpa...
- Partes problemáticas las corrijo.
El conflicto podría aparecer desde el principio, en el planteamiento.
Eran las diez cuando alguien me dijo que no eran las diez. Era mi madre que siempre me contradecía. Estaba empeñada en que me quedase en casa a desayunar por segunda vez con ella y me trataba de convencer con historias sin pies ni cabeza.
—Pero mamá, el reloj marca las diez, y es un reloj electrónico sintonizado con el satélite —le dije con voz condescendiente. Aunque por dentro me daban ganas de comprar un mandoble y decapitarla muy despacio.
- Identificar lo que sobra:
Es muy gracioso y aporta detalles sobre el protagonista y su relación con la madre, pero podría suprimirse para equilibrar las partes o resumirlo un poco….
y a veces lo adornaba con detalles de mi vida sexual. Por ejemplo, cuando le presenté a Marisa le dijo que con dieciséis años, la noche de reyes, manché las sabanas de semen porque tená unas fantasías eróticas muy turbias. Desde ese día, mi relación con Marisa fue cuesta abajo, incluso me preguntó si quería que se pusiera barba blanca o se pintara la piel de negro cuando nos lo montáramos.
Lo de la hora de Mari Carmen no me parece que aporte nada importante para el relato yo lo quitaría.
Es que es la vecina del segundo, las horas tienen vida propia, y esta hors de ahora mismo, de toda la vida, es Maricarmen, la vecina del segundo, tan golfa ella y tan mala cocinera, y un poco zorra, y muy descarada y con gamas de juerga pero al final sola, triste y amargada como el café torrefacto
Pude distinguir un destello de odio o furia en sus ojos. Con mi forma de comprender la historia esto no va. Mas bien seria: Pude distinguir un destello de dolor, tristeza, despedida en sus ojos...
- ¿Tiene intensidad el texto? ¿Le falta intensidad?
La intensidad llega al final, en las últimas líneas. Lo de la hora de Manolita es importante. Yo lo despejaría explicando menos otras horas y aclarando un poco más porque es tema aparte. Al principio da la impresión de que hay un tema de infidelidades o algo parecido...
- Pulir el texto: metáforas, chistes, adjetivos, ¿se pueden mejorar?
Lo de decapitarla con el mandoble empieza muy arriba.. podría ir como in crescendo… a medida que la madre se pone pesada ir subiendo los deseos de acabar con ella…Al final ¿no se siente culpable por haber deseado que se muera de una vez y ver que se ha muerto?
De todas maneras si se explica todo demasiado a lo mejor pierde esa capacidad de que el lector lo interprete según sus vivencias. Me gusta el tono cómico del narrador, como se ríe de si mismo o mejor como se descubre, como se ofrece.
SIN TÍTULO: LA HORA DE MANOLITA.
Eran las diez cuando alguien me dijo que no eran las diez. Era mi madre que siempre me contradecía.
—Pero mamá, el reloj marca las diez, y es un reloj electrónico sintonizado con el satélite —le dije con voz condescendiente. Aunque por dentro me daban ganas de comprar un mandoble y decapitarla muy despacio.
—Satélites, satélites, siempre has sido un crédulo, como con los reyes magos, hasta los dieciséis creyendo en esos payasos barbudos, y ahora en satélites. No son las diez y punto.
— ¿Ah no? ¿Y qué hora es? —Lo de los reyes magos era un golpe bajo. Siempre se lo contaba a todo el mundo, y a veces lo adornaba con detalles de mi vida sexual. Por ejemplo, cuando le presenté a Marisa le dijo que con dieciséis años, la noche de reyes, manché las sabanas de semen porque tená unas fantasías eróticas muy turbias. Desde ese día, mi relación con Marisa fue cuesta abajo, incluso me preguntó si quería que se pusiera barba blanca o se pintara la piel de negro cuando nos lo montáramos. Así era mi madre y por eso, lo del mandoble estaba plenamente justificado—. Venga, ¿qué hora es ahora, Mamá?
—Pues cual va a ser, la de toda la vida, la de siempre, la hora que siempre ha sido.
—Pero tendrá un número, ¿no? La una, las dos, la siete y cuarto…
—Números, números, las horas no tienen numero, esos son tonterías y fantasías, las horas tienen nombre, como tú y como yo.
—Mamá, por Dios.
—Ni mamá, ni dioses, esta hora es la hora de siempre y se llama Maricarmen.
—Maricarmen, ¿como la vecina del segundo? ¿La que está liada con un universitario con acné?
—Es que es la vecina del segundo, las horas tienen vida propia, y esta hors de ahora mismo, de toda la vida, es Maricarmen, la vecina del segundo, tan golfa ella y tan mala cocinera, y un poco zorra, y muy descarada y con gamas de juerga pero al final sola, triste y amargada como el café torrefacto.
—Dices unas cosas mamá, entonces siempre es la hora Maricarmen, ¿a todas horas es la hora Maricarmen?
—Pues no, también está la hora Javier, la hora Andrea, la hora Guillermo y por supuesto la hora Manolita, la hora Manolita es la peor, en la hora Manolita murió tu padre.
Me quedé mirándola sin saber si reír llorar o llamar al psiquiátrico. Todos los nombres eran de vecinos y vecinas. Javier era el del séptimo, un policía retirado que jugaba a la petanca, se emborrachaba y hacía juegos de magia a los niños del parque, Andrea era nuestra vecina de enfrente, propietaria de una papelería, una mercería y una tienda de animales, mi padre siempre dijo de ella que podría venderle al diablo un mechero nuevo, Guillermo era el imbécil del segundo, se empeñaba en decir que éramos novios porque de niño le había regalado mi colección de cromos de monstruos japoneses. Y Manolita, la del primero, Manolita era un tema aparte, de Manolita no se hablaba en mi casa nunca. Era siete años mayor que yo, y tenia un aire risueño, y una tendencia a mordisquear su pelo pelirrojo, una vez, con catorce años, le dije a mi madre que me había encontrado a Manolita en el ascensor y que me había dicho que estaba a punto de terminar psicología y mi madre me soltó una bofetada, así, sin más, luego me dijo que nunca hablase de Manolita delante de ella y luego se encerró en el dormitorio de matrimonio, a solas, y ya nunca más hablé de Manolita. Lo único que sé, es que cuando murió mi padre, no vino al tanatorio, lo cual me sorprendió, porque vino hasta el imbécil de Guillermo.
—Mira mamá, son las diez, la hora de que me vaya a la copistería, ¿te vienes o no?
—A la hora Maricarmen no es bueno irse a la copistería, la hora Maricarmen es buena hora para desayunar con tu madre.
—Pero si yo ya he desayunado, Mamá
—Para ir de compras a es mejor la hora Javier, porque como es policía, no pueden robarte el dinero. Tu siempre ibas a la frutería en la hora Guillermo y te engañaban como al tonto que eres.
—En fin, Mamá, me voy —le dije, porque sabía que iba acabar yendo a la caja de herramientas, sacando la taladradora y haciendo un disparate. Me puse el abrigo y me dirigí a la puerta.
—Jorge —me llamó.
—¿Qué, Mamá?
—Sólo decirte que cuando vuelvas volverá a ser la hora Manolita —lo dijo sin mirarme, con la vista clavada en el retrato de mi padre. Pude distinguir un destello de odio o furia en sus ojos.
—Lo que tu digas, Mamá —y me largué. Fue la última vez que la vi con vida.
Lo curioso es que esa tarde, mientras venían los de la ambulancia, se me acercó Guillermo y me juró que había visto a Manolita entrar en mi casa por la mañana.
—¿A qué hora? —le pregunté.
—Justo después de la hora Maricarmen —me dijo el imbécil y me plantó un beso en la mejilla que no aparté.
No hay comentarios:
Publicar un comentario