sábado, 19 de marzo de 2022

EJERCICIO 10 Andrea Sanz ¡CRITIQUEMOS!

 SIN TÍTULO.

 


Eran las diez cuando mi madre, como era habitual, me contradijo diciendo que no era esa hora.


—Pero mamá, el reloj marca las diez, y es electrónico sintonizado con el satélite —le dije con voz condescendiente. Aunque por dentro me daban ganas de comprar un mandoble y decapitarla muy despacio.


—Satélites, satélites, siempre has sido un crédulo, como con los reyes magos, hasta los dieciséis creyendo en esos payasos barbudos, y ahora en satélites. No son las diez y punto.


— ¿Ah no? ¿Y qué hora es? —Lo de los reyes magos era un golpe bajo. Siempre se lo contaba a todo el mundo, y a veces lo adornaba con detalles de mi vida sexual. Por ejemplo, cuando le presenté a Marisa le dijo que con dieciséis años, la noche de reyes, manché las sabanas de semen porque tenía unas fantasías eróticas muy turbias. Desde ese día, mi relación con Marisa fue cuesta abajo al mismo ritmo que crecían mis ganas de comprar el mandoble—. Venga, ¿qué hora es ahora, Mamá?


—Pues cual va a ser, la de toda la vida, la de siempre, la hora que siempre ha sido, las horas no tienen número, tienen nombre, como tú y como yo.


—Mamá, por Dios.


—Ni mamá, ni dioses, esta hora es la hora de siempre y se llama Maricarmen.


—Maricarmen, ¿como la vecina del segundo? ¿La que está liada con un universitario con acné?


—¡Esa!. Las horas tienen vida propia, y esta hora de ahora mismo, de toda la vida, es Maricarmen, la vecina del segundo, tan golfa ella y tan mala cocinera, y un poco zorra, y muy descarada y con ganas de juerga pero al final sola, triste y amargada como el café torrefacto.


—Dices unas cosas mamá, entonces siempre es la hora Maricarmen, ¿a todas horas es la hora Maricarmen?


—Pues no, también está la hora Javier, la hora Andrea, la hora Guillermo y por supuesto la hora Manolita, la hora Manolita es la peor, en la hora Manolita murió tu padre.


Me quedé mirándola sin saber si reír llorar o llamar al psiquiátrico. Todos los nombres eran de vecinos y vecinas. Javier era el del séptimo, un policía retirado que jugaba a la petanca, se emborrachaba y hacía juegos de magia a los niños del parque, Andrea era nuestra vecina de enfrente, propietaria de una papelería, una mercería y una tienda de animales, mi padre siempre dijo de ella que podría venderle al diablo un mechero nuevo, Guillermo era el imbécil del segundo, se empeñaba en decir que éramos novios porque de niño le había regalado mi colección de cromos de monstruos japoneses. Y Manolita, la del primero. Manolita era un tema aparte, de ella no se hablaba en mi casa nunca. Era siete años mayor que yo, y tenia un aire risueño, y una tendencia a mordisquear su pelo pelirrojo, una vez, con catorce años, le dije a mi madre que me había encontrado a Manolita en el ascensor y que me había dicho que estaba a punto de terminar psicología y mi madre me soltó una bofetada, así, sin más, luego me dijo que nunca hablase de Manolita delante de ella y luego se encerró en el dormitorio de matrimonio, a solas, y ya nunca más hablé de Manolita. Fue la única vecina que cuando murió mi padre, no vino al tanatorio.


—Mira mamá, son las diez, la hora de que me vaya a la copistería, ¿te vienes o no?


—A la hora Maricarmen no es bueno irse a la copistería, es buena para desayunar con tu madre.


—Pero si yo ya he desayunado, Mamá


—Para ir de compras es mejor la hora Javier, porque como es policía, no pueden robarte el dinero. Tu siempre ibas a la frutería en la hora Guillermo y te engañaban como al tonto que eres.


—En fin, Mamá, me voy —le dije, porque sabía que iba acabar yendo a la caja de herramientas, sacando la taladradora y haciendo un disparate. Me puse el abrigo y me dirigí a la puerta.


—Jorge —me llamó.


—¿Qué, Mamá?


—Sólo decirte que cuando vuelvas volverá a ser la hora Manolita —lo dijo sin mirarme, con la vista clavada en el retrato de mi padre. Pude distinguir un destello de odio o furia en sus ojos.


—Lo que tu digas, Mamá —y me largué. Fue la última vez que la vi con vida.


Lo curioso es que esa tarde, mientras venían los de la ambulancia, se me acercó Guillermo y me juró que había visto a Manolita entrar en mi casa por la mañana.


—¿A qué hora? —le pregunté.


—Justo después de la hora Maricarmen —me dijo el imbécil y me plantó un beso en la mejilla que yo no retiré.


Es el texto con una reducción del 10%, que me ha salido exacto. Pasa de 877 palabras a 790, es decir, 87 palabras menos, justo el 10%. Me ha costado quitar nada porque el texto me gusta mucho y he intentado no eliminar información importante ni desvirtuarlo.

Tema: no tengo muy claro cual es. Quizá el interés por las vidas ajenas motivado por la falta de vida propia.
Estructura: creo que es una estructura en red, aunque, si has intentado hacer esta estructura te falta alguna conexión entre madre e hijo, solo vemos desconexiones.
Personajes: muy bien construidos, sobre todo los secundarios, que tienen detalles especiales (juegos de magia el policía, tres negocios sin nada que ver entre ellos Andrea, aunque no les veo contradicciones). A la madre le da suficiente carácter su relato sobre las horas y sus nombres que nos muestra a una pirada y cotilla. Pero el texto nos muestra a la vez a una manipuladora de su hijo al que pretende anularle con valoraciones muy negativas. Al hijo también le veo bastante definido. Anulado por los negativos comentarios de su madre querría matarla, pero está bastante resignado a la situación y pasa un poco de todo.
El relato tiene muy buen ritmo.
Tiene intensidad y no veo metáforas.

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