RESUMEN
- Creo que ganaría en ritmo (y humor) repitiendo lo del mandoble
- Me choca un poco que sea la primera vez que la madre saca el tema de nombrar las horas de esa forma
- Ambientaría un poco las escenas (no sé si están en la cocina, o en el salón… qué hace la madre mientras habla… etc)
- Intensificaría la angustia del hijo ante lo que está oyendo y lo que pasa.
- El párrafo que empieza por: “Me quedé mirándola sin saber si reír o llorar”, si lo comparamos con el resto de párrafos, quizá se pudiese “trocear”,
- He sombreado en amarillo alguna errata que he visto.
- Lo de las horas con nombres de vecinos me parece genial
- El principio y el final (abierto) me gustan mucho.
- La lectura del texto es ágil y muy entretenida.
- La metáfora que usa la madre al poner nombres propios a las horas según sus vivencias y estado de ánimo es genial.
- Abajo, en el texto, alguna cosilla más.
Eran las diez cuando alguien me dijo que
no eran las diez. Era mi madre que siempre me contradecía.
—Pero mamá, el reloj marca las diez, y
es un reloj electrónico sintonizado con el satélite —le dije con voz
condescendiente. Aunque por dentro me daban ganas de comprar un mandoble y
decapitarla muy despacio.
—Satélites, satélites, siempre has sido
un crédulo, como con los reyes magos, hasta los dieciséis creyendo en esos
payasos barbudos, y ahora en satélites. No son las diez y punto.
— ¿Ah no? ¿Y qué hora es? —Lo de los
reyes magos era un golpe bajo. Siempre se lo contaba a todo el mundo, y a veces
lo adornaba con detalles de mi vida sexual. Por ejemplo, cuando le presenté a
Marisa le dijo que con dieciséis años, la noche de reyes, manché las sábanas de semen porque tenía unas fantasías
eróticas muy turbias. Desde ese día, mi relación con Marisa fue cuesta abajo,
incluso me preguntó si quería que se pusiera barba blanca o se pintara la piel
de negro cuando nos lo montáramos. Así era mi madre y por eso pensaba yo tanto
en el mandoble por eso, lo del mandoble estaba plenamente justificado (punto y aparte)—. Venga, ¿qué hora es
ahora, Mamá?
—Pues cual va a ser, la de toda la vida,
la de siempre, la hora que siempre ha sido.
—Pero tendrá un número, ¿no? La una, las
dos, la siete y cuarto…
—Números, números, las horas no tienen número, esos son
tonterías y fantasías, las horas tienen nombre, como tú y como yo.
—Mamá, por Dios.
—Ni mamá, ni dioses, esta hora es la
hora de siempre y se llama Maricarmen.
—Maricarmen, ¿como la vecina del
segundo? ¿La que está liada con un universitario con acné?
—Es que es la vecina del segundo, las
horas tienen vida propia, y esta hora de ahora mismo, de toda la vida, (me choca un poco que sea
la primera vez que la madre saca el tema de nombrar las horas de esa forma) es Maricarmen, la
vecina del segundo, tan golfa ella y tan mala cocinera, y un poco zorra, y muy
descarada y con gamas de juerga pero al final sola, triste y amargada como el
café torrefacto.
—Dices unas cosas mamá, entonces siempre
es la hora Maricarmen, ¿a todas horas es la hora Maricarmen?
—Pues no, también está la hora Javier,
la hora Andrea, la hora Guillermo y por supuesto la hora Manolita, la hora
Manolita es la peor, en la hora Manolita murió tu padre.
Me quedé mirándola sin saber si reír
llorar o llamar al psiquiátrico o coger el mandoble (me hace mucha gracia lo
del mandoble y repetirlo, creo, acentuaría la gracia y crearía más ritmo) . Todos los nombres
eran de vecinos y vecinas. Javier era el del séptimo, un policía retirado que
jugaba a la petanca, se emborrachaba y hacía juegos de magia a los niños del
parque, Andrea era nuestra vecina de enfrente, propietaria de una papelería,
una mercería y una tienda de animales, mi padre siempre dijo de ella que podría
venderle al diablo un mechero nuevo, Guillermo era el imbécil del segundo, se
empeñaba en decir que éramos novios porque de niño le había regalado mi
colección de cromos de monstruos japoneses. Y Manolita, la del
primero, Manolita era un tema aparte, de Manolita no se hablaba en
mi casa nunca. Era siete años mayor que yo, y tenía un aire risueño, y una tendencia a
mordisquear su pelo pelirrojo, una vez, con catorce años, le dije a mi madre
que me había encontrado a Manolita en el ascensor y que me había dicho que
estaba a punto de terminar psicología y mi madre me soltó una bofetada, así, sin
más, luego me dijo que nunca hablase de Manolita delante de ella (y ahí empecé a soñar con
el mandoble) y luego se encerró en el dormitorio
de matrimonio, a solas, y ya nunca más hablé de Manolita. Lo único que sé, es
que cuando murió mi padre, no vino al tanatorio, lo cual me sorprendió, porque
vino hasta el imbécil de Guillermo.
—Mira mamá, son las diez, la hora de que
me vaya a la copistería, ¿te vienes o no?
—A la hora Maricarmen no es bueno irse a
la copistería, la hora Maricarmen es buena hora para desayunar con tu madre.
—Pero si yo ya he desayunado, Mamá
—Para ir de compras a es mejor la hora
Javier, porque como es policía, no pueden robarte el dinero. Tu siempre ibas a
la frutería en la hora Guillermo y te engañaban como al tonto que eres.
—En fin, Mamá, me voy —le dije, porque
sabía que, si
no tenía ningún mandoble a mano, iba acabar yendo a la caja de herramientas, sacando
la taladradora y haciendo un disparate. Me puse el abrigo y me dirigí a la
puerta.
—Jorge —me llamó.
—¿Qué, Mamá?
—Sólo decirte que cuando vuelvas volverá
a ser la hora Manolita —lo dijo sin mirarme, con la vista clavada en el retrato
de mi padre. Pude distinguir un destello de odio o furia en sus ojos.
—Lo que tu digas, Mamá —y me largué. Fue
la última vez que la vi con vida.
Lo curioso es que esa tarde, mientras
venían los de la ambulancia, se me acercó Guillermo y me juró que había visto a
Manolita entrar en mi casa por la mañana.
—¿A qué hora? —le pregunté.
—Justo después de la hora Maricarmen —me
dijo el imbécil y me plantó un beso en la mejilla que no aparté.
No sé que es un mando le. Supongo q algo con lo q te pueden dar un buen sopapo.
ResponderEliminarSí
EliminarGolpe cortante dado con un arma blanca, especialmente con una espada, agarrándola con las dos manos.