lunes, 28 de febrero de 2022

EJERCICIO 7C - Esperanza

 

Irinia

Juan siempre quiso ser militar. Se preparó con la ilusión del guerrero. Cumplir normas, alcanzar medallas y vestir uniformes eran la meta. Cuando supo que su país estaba siendo sitiado por los tanques de su país vecino, sacó el pecho enorgullecido ante la idea de defender a su patria. Pero ayer le tembló el alma cuando las sirenas sonaron y aparecieron los primeros cazas. Extasiados quedaron sus ojos mientras descendían las bombas en la noche oscura. No escuchó las órdenes, solo gritos, luego la explosión, el dolor de su cuerpo quebrado, el olor quemado.

A sus veinte años creyó que estaba soñando cuando la vio. Era una mujer de infinitas piernas, contorneadas como si las hubiera esculpido el mismísimo Miguel Ángel. Se acercó a él, olía a manzana, lo tomó en sus brazos y la piel de su rostro rozó unos pechos grandes que se le antojaron tan turgentes que los quiso acariciar. Era rubia, de cara ovalada, sus brillantes ojos negros alumbraron la noche. En sus labios sonrosados leyó el silencio de la muerte.  Después desapareció, ahora estaba sobre una camilla. Pincharon sus brazos desnudos, en ese instante ella lo besó en los labios y le susurró que luchara, porque ella lo haría por él. Su cuerpo se estremeció, luego quedó inerte. Ya no sentía dolor, había entrado en otro mundo donde solo estaba ella.  

Cuando Irinia cumplió los quince años le organizaron una fantástica fiesta. Su padre, que era el que mandaba en el ejército de su país, invitó al resto de los gobernantes y por supuesto al jefe de los mandatarios. Más de cien personas se juntaron para el evento. Los jóvenes bailaron y rieron hasta agotarse, sin embargo, los adultos parecían ocupados en otras tareas. Los hombres hablaban entre ellos y las mujeres hacían lo propio, entre ellas. Al final de la fiesta el jefe máximo le dijo al padre de Irinia que deseaba conocer más a su hija y que al día siguiente mandaría un coche para que la llevara a su palacio. El jefe del ejército llamó a su hija para decirle que había sido elegida entre todas para satisfacer al jefe máximo y que estaba orgulloso de ella. Su madre la vistió como para una fiesta y ella creyó que a eso iba. Contenta y orgullosa se despidió de sus padres que la abrazaron mientras le repetían una y otra vez que había tenido mucha suerte.

Irinia entró en aquel palacio suntuoso casi de puntillas. El chofer la dejó en el jardín, donde la esperaba una sirvienta que la acompañó hasta un salón enorme. Estaba vacío de personas, pero lleno de pinturas y sillones de terciopelo. La sirvienta le dijo que esperara allí. Irinia se paseó por la estancia rozando con la yema de sus delicados dedos jarrones y mesas que intuía carísimos. Pero un sentimiento de soledad la embargó. “¿Dónde estaban los invitados? ¿dónde sería la fiesta?” se preguntó. Al cabo de varios minutos apareció el jefe máximo. La saludó con una pequeña inclinación y le ofreció un refresco. Se sentó a su lado, le sonrió y en sus oídos empezó a sonar el segundo vals de Dmitri Shostakovich. El jefe se levantó, frente a ella le tomó la mano y con un leve gesto la invitó a bailar. Parecían un solo cuerpo moviéndose al ritmo que marcaban los maravillosos acordes que les hicieron tocar el cielo. Después él la llevó a su dormitorio para que descansara. La desnudó, quedó prendado de las líneas que ya marcaba sutilmente la blanca piel que la cubría.

Aquella noche la pasaron juntos, ella aprendió a complacerlo, pero sin entregar su sentimiento, como un deber más a la patria que desde pequeñita le habían enseñado. Por la mañana volvió a su casa, estaba contenta, ahora tendría los favores del jefe.

Habían pasado cinco años de aquella primera vez y desde entonces Irinia satisfacía los deseos del jefe a cambio de favores que empleaba en financiar residencias para refugiados, comedores para desamparados y mendigos, casas de acogida para madres y niños. Ese día, después de satisfacerlo, él le preguntó que deseaba. Ella no lo dudó: “que acabe la guerra”. Él se levantó de un salto y gritó que eso no se lo podía dar, traspasaba sus fronteras y volvió a preguntarle. Ella repitió “quiero el fin de la guerra”. Se vistió y salió en silencio.

Irinia voló hasta su soldado. Lo miró desde arriba y con su vestido extendido se posó sobre él, como si fuera de seda, olía a manzana. Él notó un ligerísimo roce que volvió a estremecer su cuerpo. La sacudida sorprendió a la madre que desde hacía tres días no se había separado de él. Irinia posó sus labios sobre los de él, soplo suave, desvaneciéndose al mismo tiempo que él se cubría de color, hasta que no pudo más y entonces se deshizo. Él abrió los ojos, sorprendido preguntó: “¿Dónde estoy?, ¿qué me ha pasado?, ¿por qué estoy en la cama?, ¿Dónde está Irinia?”. Su madre lo abrazaba y besaba como si hubiera renacido.

Juan no volvió a vestir un uniforme, las medallas quedaron enterradas y decidió dictar sus propias normas. Ahora ayudaba en las residencias de los refugiados, en los comedores de los desamparados y en las casas de acogida para madres y niños, ayudando para mejorar sus condiciones de vida y, quién sabe si quizás, con la esperanza de encontrar a Irinia.

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