Irinia
Juan siempre quiso ser militar. Se
preparó con la ilusión del guerrero. Cumplir normas, alcanzar medallas y vestir
uniformes eran la meta. Cuando supo que su país estaba siendo sitiado por los tanques
de su país vecino, sacó el pecho enorgullecido ante la idea de defender a su
patria. Pero ayer le tembló el alma cuando las sirenas sonaron y aparecieron
los primeros cazas. Extasiados quedaron sus ojos mientras descendían las bombas
en la noche oscura. No escuchó las órdenes, solo gritos, luego la explosión, el
dolor de su cuerpo quebrado, el olor quemado.
A sus veinte años creyó que
estaba soñando cuando la vio. Era una mujer de infinitas piernas, contorneadas
como si las hubiera esculpido el mismísimo Miguel Ángel. Se acercó a él, olía a
manzana, lo tomó en sus brazos y la piel de su rostro rozó unos pechos grandes que
se le antojaron tan turgentes que los quiso acariciar. Era rubia, de cara
ovalada, sus brillantes ojos negros alumbraron la noche. En sus labios
sonrosados leyó el silencio de la muerte.
Después desapareció, ahora estaba sobre una camilla. Pincharon sus
brazos desnudos, en ese instante ella lo besó en los labios y le susurró que
luchara, porque ella lo haría por él. Su cuerpo se estremeció, luego quedó
inerte. Ya no sentía dolor, había entrado en otro mundo donde solo estaba ella.
Cuando Irinia cumplió los quince años le organizaron una fantástica
fiesta. Su padre, que era el que mandaba en el ejército de su país, invitó al
resto de los gobernantes y por supuesto al jefe de los mandatarios. Más de cien
personas se juntaron para el evento. Los jóvenes bailaron y rieron hasta
agotarse, sin embargo, los adultos parecían ocupados en otras tareas. Los
hombres hablaban entre ellos y las mujeres hacían lo propio, entre ellas. Al
final de la fiesta el jefe máximo le dijo al padre de Irinia que deseaba
conocer más a su hija y que al día siguiente mandaría un coche para que la
llevara a su palacio. El jefe del ejército llamó a su hija para decirle que
había sido elegida entre todas para satisfacer al jefe máximo y que estaba
orgulloso de ella. Su madre la vistió como para una fiesta y ella creyó que a
eso iba. Contenta y orgullosa se despidió de sus padres que la abrazaron
mientras le repetían una y otra vez que había tenido mucha suerte.
Irinia entró en aquel palacio suntuoso casi de puntillas. El chofer la
dejó en el jardín, donde la esperaba una sirvienta que la acompañó hasta un
salón enorme. Estaba vacío de personas, pero lleno de pinturas y sillones de
terciopelo. La sirvienta le dijo que esperara allí. Irinia se paseó por la
estancia rozando con la yema de sus delicados dedos jarrones y mesas que intuía
carísimos. Pero un sentimiento de soledad la embargó. “¿Dónde estaban los
invitados? ¿dónde sería la fiesta?” se preguntó. Al cabo de varios minutos
apareció el jefe máximo. La saludó con una pequeña inclinación y le ofreció un
refresco. Se sentó a su lado, le sonrió y en sus oídos empezó a sonar el
segundo vals de Dmitri Shostakovich. El jefe se levantó, frente a ella le tomó la mano y con un leve gesto
la invitó a bailar. Parecían un solo cuerpo moviéndose al ritmo que marcaban
los maravillosos acordes que les hicieron tocar el cielo. Después él la llevó a
su dormitorio para que descansara. La desnudó, quedó prendado de las líneas que
ya marcaba sutilmente la blanca piel que la cubría.
Aquella noche la pasaron juntos, ella aprendió a complacerlo, pero sin
entregar su sentimiento, como un deber más a la patria que desde pequeñita le habían
enseñado. Por la mañana volvió a su casa, estaba contenta, ahora tendría los
favores del jefe.
Habían pasado cinco años de aquella primera vez y desde entonces
Irinia satisfacía los deseos del jefe a cambio de favores que empleaba en
financiar residencias para refugiados, comedores para desamparados y mendigos,
casas de acogida para madres y niños. Ese día, después de satisfacerlo, él le
preguntó que deseaba. Ella no lo dudó: “que acabe la guerra”. Él se levantó de
un salto y gritó que eso no se lo podía dar, traspasaba sus fronteras y volvió
a preguntarle. Ella repitió “quiero el fin de la guerra”. Se vistió y salió en
silencio.
Irinia voló hasta su soldado. Lo miró desde arriba y con su vestido
extendido se posó sobre él, como si fuera de seda, olía a manzana. Él notó un
ligerísimo roce que volvió a estremecer su cuerpo. La sacudida sorprendió a la
madre que desde hacía tres días no se había separado de él. Irinia posó sus
labios sobre los de él, soplo suave, desvaneciéndose al mismo tiempo que él se
cubría de color, hasta que no pudo más y entonces se deshizo. Él abrió los
ojos, sorprendido preguntó: “¿Dónde estoy?, ¿qué me ha pasado?, ¿por qué estoy
en la cama?, ¿Dónde está Irinia?”. Su madre lo abrazaba y besaba como si hubiera
renacido.
Juan no volvió a vestir un uniforme, las medallas quedaron enterradas
y decidió dictar sus propias normas. Ahora ayudaba en las residencias de los
refugiados, en los comedores de los desamparados y en las casas de acogida para
madres y niños, ayudando para mejorar sus condiciones de vida y, quién sabe si
quizás, con la esperanza de encontrar a Irinia.
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