lunes, 28 de febrero de 2022

Ejercicio 7B- MONÓLOGO- Marta Sanz

 

UNA MUJER ENÉRGICA

 

Ante vdes me presento señor juez, señores del jurado. No he querido que ningún abogado me defienda.  No tengo intención de negar mi culpabilidad. Soy culpable. He cometido homicidio con premeditación y alevosía; con todas las de la ley, consciente y en plenas facultades. No espero de vdes compasión, ni que me inflijan una pena menor. Deseo sufrir la pena máxima y que me saquen de este mundo que me oprime y del que yo misma no he sido capaz de salir.

 

He intentado el suicidio antes de poner en marcha el asesinato. Pero el suicidio no me parecía suficiente. Si bien yo ya no sufriría, la condena del que he asesinado nunca podría igualar mi desdicha. No era una situación compensada. Eso sin tener en cuenta el obsequio que le entrego a la sociedad.

 

El tres de mayo de 2019, Olivia fue asaltada a las seis de la tarde, cuando volvía del instituto.  Una oscura presencia la amordazó en el portal de nuestra casa, la arrastró por los pelos al sótano, lugar inhóspito al que es raro que acceda alguien y la violó salvajemente tomando posesión de su cuerpo como si le perteneciera; recordándonos a todas las mujeres que solo somos una subespecie oriunda de la costilla de Adán, que tenemos que bajar la cabeza ante el derecho de pernada de buen grado o nos veremos obligadas a sufrir las consecuencias. Y la dejó malherida e inconsciente.

Viendo que no llegaba, empecé a llamar con insistencia a su móvil y, al no recibir respuesta, angustiada, utilicé la búsqueda del aparato. Mi sorpresa fue mayúscula cuando comprobé que el teléfono se encontraba en el edificio. Sin poder esperar al ascensor, bajé las escaleras trastabillando y la encontré, desmadejada, con los ojos en blanco. No me reconoció. Ahora que lo pienso creo que yo estuve una eternidad arrodillada dentro de aquella pesadilla, acunándola y sin pedir ayuda. Finalmente debí chillar, debí chillar tanto y con tanta fuerza que un vecino que subía del garaje acudió y llamó a una ambulancia. Yo no tenía voz.

 

Tenía catorce años. Su destrozo genital fue algo a lo que los ginecólogos no daban crédito. El sádico no se limitó solo a penetrarla con su pene, sino que le introdujo algún otro instrumento del que ni siquiera quiero saber la procedencia. No puedo. No puedo. La imagen de la violación ya es demasiado dura como para que mi mente le pueda añadir alguna otra circunstancia.

Olivia tenía catorce años. Unos meses más tarde, seguía teniendo la misma edad. Estaba ingresada en un centro psiquiátrico, no había recuperado la memoria, sus ojos continuaban vueltos hacía el interior, había que obligarla a comer, no hablaba, solo emitía de vez en cuando algún quejido que no se correspondía con su estado físico ya que me aseguraban que no tenía dolor.

 

Un mes después de la violación, sumida en una profunda depresión, me despidieron de mi puesto de directiva de IBM que tanto esfuerzo me había costado alcanzar. No les culpo. Mi cabeza nunca volverá a estar operativa, me he quedado anclada con mi hija en ese tres de mayo. Mi hija que era todo para mí desde que me quedé viuda cuando Olivia tenía un año. Había perdido a la muerte de mi marido el motor de mi vida, el amor que creí sería eterno. Yo solo vivía para ella. Mi voz ha cambiado de tono, se ha vuelto más aguda y no consigo controlar el silbido que se clava a veces en la mente del que me escucha, como imagino que estarán vdes observando.

 

El violador fue detenido hace tres meses, como ya saben. Intentó perpetrar otra barbarie en nuestro mismo barrio, pero la victima tuvo suerte, alguien se percató y fue arrestado y juzgado. Su ADN correspondía con el encontrado en el cuerpo de Olivia. Ahora es la quinta vez que ingresa en la cárcel por un tema semejante. La sociedad, vdes señor juez, señores del jurado, no consideran que el abuso en estos casos sea tremendo; las personas tienen necesidades imperiosas que se ven abocados a satisfacer caiga quién caiga. Sobre todo, mujeres. La condena del maltratador de mi hija ha sido un poco más grave debido a la barbarie, pero no dudo que hubiera salido de la cárcel en breve dispuesto a avasallar a otro ser indefenso. Seguimos anclados en la prehistoria, retrocediendo incluso, para convertirnos en más salvajes que los animales, y más permisivos.

 

El veinticuatro de diciembre del año 2019, a las doce de la noche, al mismo tiempo que se supone que nació ese Mesías que nos protege desde alguna nebulosa desconocida, murió Olivia. Ya no comía. Y puse en marcha, después de sopesar todas las probabilidades, mi destino. Como les he dicho el suicidio no era suficiente. Compré una pistola en internet, esa tienda mágica que nos surte de cualquier prenda o munición, y me concentré en ejercitarme en el tiro. Como ya habrán visto dispongo de energía suficiente para conseguir lo que necesito. Y, amparada en mi apariencia de mujer anodina y circular por el bosque tenebroso en el que me tenía que mover, introduje en el cuerpo del violador de mi hija dos certeras balas cuando se dirigía, escoltado, a su audiencia. La primera bala fue dirigida con precisión a sus genitales y, cuando sus ojos volaron hacia mí, su agresora, dejando pasar unos segundos y antes de que detuvieran mi mano, le introdujo la segunda bala directamente en el lugar donde debería haber tenido el corazón.

 

Así es que, sí, señores, como no creo en la justicia y ya mi vida no tiene sentido sin Olivia, les pido que no sean clementes y me concedan la pena de muerte para poder, al fin, olvidar.

 

 

 

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