ENGAÑADA
ESCENA: El salón de una casa. Un sofá detrás de una mesa baja de madera. Las
paredes están pintadas en verde manzana. Hay un mueble al fondo, bajo, sobre el
que reposan algunas fotografías.
SONIDO: Romeo y Julieta Tchaikovsky suena antes de encender la luz. Cuando la
mujer se levanta del sofá se atenúa hasta desaparecer.
PERSONAJES:
MUJER.- Lleva un vestido
ajustado, floreado, sin mangas y zapatso de tacón. Está sentada en el sofá, el
bolso sobre la mesa.
HOMBRE.- Viste traje formal, sin
corbata.
MUJER: (Levantándose del sofá, se dirige al borde del escenario mientras la
música se apaga. Tras tres segundos levanta la cara y se dirige al público.
Durante el monólogo recorre el escenario de un lado para otro, gesticulando
según la dramatización) ¡Cómo lo sufrí! No daba crédito a las palabras de
Antonio cuando vino a casa a contármelo. Me enseñó fotografías de su mujer y de
mi marido besándose, entrando en un hotel. ¡Dios, cómo me temblaban los dedos! Ni
siquiera eran capaces de sostener las fotografías (muestra sus dedos temblorosos). Sentí frio, calor, miedo, angustia. Creí que el alma
se me escaba del cuerpo. Mi marido, él único hombre al que había amado y seguía
amando, con el que había formado una familia, me había traicionado, a mí, a mi
familia, a sus hijos. Ese proyecto que formamos con ilusión, saltando
obstáculos, se desvanecía como un iglú en el desierto. Antonio me cogió la
mano, él la tenía helada. La visión se me hacía confusa entre las lágrimas.
Sólo atiné a preguntarle: ¿Y ahora qué hacemos? Se hizo un silencio que
agradecí. Me eché hacia atrás en el sofá, él hizo lo mismo. Estuvimos así
durante unos minutos, después, enjuagué mis lágrimas, me enderecé y le dije a
Antonio que esa misma noche lo hablaría con mi marido. Necesitaba oírlo de sus
labios, mirarle a la cara mientras lo confesaba, hacerme a la idea de que no
merecía mi amor, mi dedicación, mi sacrificio, ni mi tristeza. Antonio se fue
con las fotos tras darme un abrazo largo, apretado, sentido. Me lavé la cara, recompuse el maquillaje y lo
esperé. Los niños jugaban en su habitación. Le hablé tranquila, aunque por
dentro temblaba y esperé su respuesta. Su
cuerpo se quebró, creo que igual que su alma. Me pidió perdón, mirándome con
ojos suplicantes. En ellos vi la culpa, el desamor, la desconfianza, el miedo.
Cerró la puerta cuando salió y entonces sentí el dolor del puñal en el pecho.
Sangraba, me deshacía, no era nada. Una piltrafa envuelta en llanto, cubierta
de odio, invadida de engaño y desilusión. Pasé una noche horrible, apenas dormí. Por la
mañana llevé a los niños al colegio y me enbuí en mi trabajo como si fuera el
último día. El duelo duró lo suyo, no más. Después decidí vivir por mí, para mí
y para mis hijos.
Antonio me ayudó, él también lo
pasó mal, el mismo tiempo que yo, pero estuvimos juntos. Cuando restauramos el
ánimo, nos embarcamos en un crucero por el Báltico mientras nuestros ex atendían
a nuestros hijos, los de él y los míos. No agradezco lo que me ocurrió, pero si
os digo que me sirvió para conocerme mejor, a mí misma y a los demás, para
tomar mejores decisiones y para tener experiencias más intensas (RIE). Nuestros hijos están bien, al fin
y al cabo éramos dos matrimonios amigos y los niños lo siguen siendo. Nos hemos
puesto de acuerdo para tener a los niños en las mismas semanas. Estamos
contentos y lo único que no hacernos es quedar las dos parejas, ya no somos
amigos.
HOMBRE: (Aparece en escena con paso lento) ¿Estás lista querida?
MUJER: Sí Antonio, vámonos (Lo coge del brazo y salen juntos al mismo
tiempo que vuelve a sonar Romeo y Julieta)
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