sábado, 19 de febrero de 2022

EJERCICIO 6-C RELATO Genevieve ( sonia) Corcelle

 

EL BALNEARIO

 

 

                  — Para mí que mi madre algo sospecha.

                  Yo bajaba las escaleras a por un vaso de agua cuando oí esta frase en boca de mi padre. Eran más de las dos de la madrugada y no entendía qué hacían mis padres aún despiertos. Me quedé parado arriba porque no quería que se enterasen de que lo había escuchado.

                  Me senté en el escalón, parapetado detrás del murete de las escaleras.

                  — No creo — dijo mi madre.

               — Pues yo sí creo que está con la mosca detrás de la oreja porque de hecho se mosqueó cuando le dije que podía acompañarla al banco — le contestó mi padre.

                  — Como tiene mal la cadera, la propuesta sonaba muy normal —le respondió ella.

                  —Es que no podemos dejar pasar más tiempo — afirmó, rotundo, mi padre.

                  —Pero, ¿qué crees que está pasando exactamente?  —le preguntó ella.

                  — Yo lo que creo es que Madre está perdiendo el norte. Ahora, a sus sesenta años, después de una vida de lo más recatada, parece que quiere ponerse el mundo por montera. Recuerda que todo empezó con ese viaje del Imserso al balneario El Raposo en La Puebla de Sancho Pérez. No quería ir, que para qué ir a un balneario si lo de su cadera no tenía solución, que cómo iba a dejar a su gato solo y  sus plantas que se morirían.

                  — Claro que lo recuerdo. Tuve que insistir mucho — contestó mi madre.

                  — Y porque yo me encargué de todo el papeleo, que si no, de su casa no la movemos, añadió él. Si lo llego a saber… A mi madre, fíjate, siempre la conocí vestida de negro. En invierno, como mucho, un chal con algún motivo de color violeta. Y ahora, ¿qué? Pues que desde la dichosa estancia en el balneario, ya no es la misma. Y la verdad, me tiene preocupado. Te has fijado en que ha subido el bajo de sus faldas. Y luego los colores, primero el gris perla, luego el crema y la semana pasada, un vestido de flores. Todo esto es muy raro, ¿no? Aquí hay gato encerrado, no me lo niegues.

                  —La verdad es que ha cambiado mucho —contestó mi madre.

                  — Por mí que ha conocido a alguien.

                  — No sé, Juan. A sus años…

                  — Si tú misma reconoces que ha cambiado, ¿a qué lo achacas?

                  — La edad, quizás… Una nueva adolescencia… —sugirió mi madre.

                  — Imaginar a mi madre como a una adolescente, es que me entra la risa — replicó con tono serio mi padre.

                  — Es cierto que ella desde la muerte de tu padre administraba el dinero con mucha parsimonia, y ahora se permite caprichos inesperados — añadió ella.

                  — ¿Ah sí? ¿Cómo qué?

                  — Por ejemplo, comprarse un móvil.

                  — ¿Cómo que un móvil? ¿Un teléfono móvil, quieres decir?

                  — Pues claro, ¿qué va a ser?

                  — Pues no sabrá ni manejarlo.

                  — Pues habrá aprendido, ya ves…

                  — No me lo puedo creer. Mi madre manejando un móvil… Pero si no sabe nada de tecnología —replicó mi padre— ¿Ves cómo hay gato encerrado?

                  — Pero ella no suelta prenda.

                  — ¿Y piensas que lo del móvil es para recibir llamadas?

                  — Pues claro, ¿ para qué va a ser?

                  — Pero llamadas, ya me entiendes…

                  — Seguro.

                  — ¿Y tú crees que planea algo?

                  — Claro.

                  — Estás pensando en lo mismo que yo.

                  — Pues sí.

                  — Pero esto no lo podemos permitir.

                  — Y tú, ¿cómo lo piensas impedir?

                  — Pues primero ir al banco con ella, para ver sus cuentas.

                  — Y eso, ¿para qué?

                  — Porque es capaz de darle a este toda su pasta.

                  — ¿Y por qué lo haría?

                  — Pues porque estos favores se pagan, Ana, o qué te crees. ¿Que todo lo consigue por sus ojos bonitos con cataratas?

                  — No sé, Juan. No consigo imaginármela en situación.

                  — No me hables, no me hables. Con solo pensarlo se me revuelven las tripas. Mi madre, con lo que ha sido…

                  — No te pongas en lo peor, Juan.

                  — Mañana, lo que te digo, con ella al banco, quiera o no quiera…

                 

                  Yo ya había escuchado bastante y sin bajar a por el agua, volví a subir los escalones. ¡Vaya con la abuela! pensé con una sonrisa…

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