lunes, 14 de febrero de 2022

EJERCICIO 5C - Esperanza

 BONOU

 

Cuando aterrizamos en Marrakech, tomamos dos coches de alquiler para continuar hacia M´hamid. Era la ruta de las caravanas que, desde el Sahara, atravesaban las montañas del Atlas hasta Marrakech.

Éramos siete amigos de sesenta o más años que compartíamos inquietudes sociales y culturales. Un día nos llamó Carlos para contarnos que estando de viaje por el desierto conoció a una familia que le dio alojamiento y comida. Hacía años de esto, pero desde entonces les ayudaba. Financió la construcción de una casa de cemento para que alojaran a los visitantes que raramente aparecían por aquellas tierras. Además, una vez al año, llevaba a un grupo para que conocieran su cultura y contribuyeran al mantenimiento de la familia de Hassan.

A media tarde llegamos a Telouet. El dueño del albergue saludó a Carlos. Después de instalarnos, anduvimos entre barro y piedras hasta llegar a las ruinas de la Kasbah. Tremenda fortaleza que aún conservaba restos de azulejos y rejas de gran valor artístico. Nos prepararon una apetitosa cena a base ensalada, pinchos morunos y tortilla bereber. Nos quedamos un rato en la azotea contemplando el cielo cuajado de estrellas. Al día siguiente, la carretera descendió por frondosos valles, donde los ríos habían escarbado cañones profundos. Al llegar a Uarzazate, el terreno se allanó y emergió una gran ciudad. A las afueras, las mujeres lavaban en el río, las rocas estaban cubiertas de alfombras bajo el sol. Los niños nos saludan, mientras los hombres descansaban a la sombra.

En los siguientes doscientos kilómetros nos acompañó un rico y frondoso palmeral que a su fin nos abrió la puerta del desierto. Ahora la carretera se escondía bajo la arena. Algunos restos de vegetación salpicaban levemente la tierra, pero fueron desapareciendo según avanzábamos.

Por fin llegamos a Bonou, una aldea cercana a M´hamid. Dejamos los coches fuera del arco que en otro tiempo albergó una puerta de entrada a la medina. Arrastrando las maletas anduvimos los doscientos metros que nos separaban de la casa, a la que accedimos por un largo callejón de apenas dos metros de ancho, cubierto por construcciones de la planta superior que parecían comunicar las casas de uno y otro lado. Allí nos recibieron:  Hassam, Aisha, su mujer y sus hijos: Assim y Yamina.

Carlos nos presentó, nos enseñó la casa y nos dijo que eligiéramos habitación. Estaban en la planta alta y solo había tres, algunos optaron por dormir en la azotea, al parecer era el sitio más fresco. Había un corredor alrededor de las habitaciones desde el que se veía la planta de abajo, donde estaba el salón, la cocina y el baño. La casa no disponía de agua corriente. En el baño había un bidón con un grifo en la parte de abajo, junto a un cacillo.

Aisha era una mujer agraciada, con algo de sobrepeso que escondía bajo las telas estampadas con que se cubría desde la cabeza hasta los pies. Junto a su hija Yamina, de unos doce años, preparaban un tajin para la cena, lo hacían sobre brasas en el suelo de una casa contigua. Con hojas de palmeras secas horneaban el pan, mientras nosotros las contemplábamos con ambiciosa curiosidad.

Assim vino a decirnos que su padre, Hassan, había preparado el té. Una vez descalzos, nos sentamos en los cojines que descansaban sobre alfombras, pegados a las paredes del fondo de la planta baja. Delante, dos mesas bajas, octogonales, realizadas en madera labrada, sobre las que habían dispuesto los vasos del té. Carlos le preguntó a Hassan cómo había ido el año. Hassan contó que habían ido a Fez para la boda de su hija mediana y que ya solo le quedaba Yamina para casarla. El pequeño de los hijos, de unos quince años, cuidaba un rebaño de doce cabras y Assim, de alrededor de veinticinco, quería ser guía turístico. Otro de los hijos vendría después, porque trabajaba como militar en la frontera con Mauritania y tardaría un par de días en llegar.

Una hora más tarde llegaron Aisha y su hija con la cena. Nos dividimos entre las dos mesas. Un plato en medio contenía toda la comida. Pusieron cubiertos, pero la familia utilizó el pan para llevarse a la comida a la boca. Realmente era un guiso de carne y arroz que estaba exquisito y por ello felicitamos a Aisha, que lo agradeció juntando sus manos a la altura del pecho, a la vez que reclinaba la cabeza.

Tras la cena, Carlos le preguntó a Yamina por sus estudios. Contestó que los había dejado. Todos nos miramos a la espera de una explicación. Nos dijo Assim que el instituto estaba en M´hamid y que el autobús la dejaba a dos kilómetros de la casa, de noche. Esto suponía un peligro que no estaban dispuestos a asumir. Yamina hizo un gesto de desacuerdo. El padre añadió que en la boda de su hermana había recibido ocho ofertas de casamiento y que, en breve, estaría casada.

Yamina manejaba su teléfono móvil, hablaba un español aceptable y no quería casarse. Nos quedamos convulsas, nosotras, las mujeres, sabíamos lo que la decisión tomada significaría en la vida de esa niña y no entendíamos que su madre lo asumiera. Pero no era la madre la que decidía, ese poder lo tenía el padre,  después de este, los hijos y por último ella, la madre, nunca la hija. Pilar que era médico, siendo consciente de la tensión desatada, fue a buscar su maletín para repartirles analgésicos, antiinflamatorios y otras medicinas que regularían la tensión alta que padecía Hassan.

Tras una noche infinita en una colchoneta sobre un suelo ardiente del mes de mayo, Aisha nos recibió con un desayuno a base de té, tortitas, miel, mermeladas, queso, mantequilla y aceitunas. Luego fuimos, junto a Aisha y Hassan al mercado de M´hamid. Ellos hicieron la compra, nosotros los observamos tratando de entender sus transaciones, pero se nos escapan las miradas, los gestos y la rápidez de sus palabras. También nos desviamos perdiéndonos entre los variopintos puestos, sus coloridos ropajes y entre los espesos aromas que nos asaltaban. Nos hubiera gustado que nos explicaran, estar a su lado durante una jornada. Sin embargo, ni siquiera nos dejaron tomarles fotos, fortificando con miradas inquietantes el celo de sus costumbres.

Nos sentamos en un bar del pueblo, allí estaba Assim. Le planteamos la posibilidad de pasar una noche en una haima, junto a las dunas. Assim volvió unos minutos más tarde, nos dijo el precio y que podíamos salir esa misma tarde. Nos sumamos mi marido, los otros dos hombres del grupo y yo. Nos recogió un todo terreno después de comer. Primero atravesamos la hamada. Nos pareció que el coche iba demasiado deprisa, porque el movimiento dentro nos llevaba de un lado para otro sin pausas. Assim iba de copiloto y atrás los cuatro, apretados, sudando, porque la temperatura era alta y no encendieron el aire acondicionado para salvaguardar al motor de la arena.

Paramos al ver un campamento nómada. Eran dos familias con varios hijos, un burro, una mula y algunas cabras. Lo que más nos sorprendió fue que tenían luz. Les llegaba a través de pequeños paneles fotovoltaicos que viajan con ellos. Más adelante paramos en el “oasis sagrado”, según nos explicó Assim. Era un palacete construido junto a un pequeño arroyo que discurría límpido y manso, formando un vergel en medio de la aridez. Mirando fascinada el alegre arroyo, sentí una mano en mi hombro. Por el olor supe quién era.  Assim me susurró: «Sabes, nosotros, los hombres del desierto somos ardientes, nos gustan las mujeres guapas, como tú. Podríamos pasarlo bien y si montaras un negocio aquí, yo lo trabajaría». En ese momento apareció mi marido, vio mi gesto de sorpresa, soltó una risotada y no volvió a dejarme sola.

Después de llegar al campamento de haimas, nos dispusimos a subir. El camino se hacía pesado, el sol quemaba y los pasos retrocedían por la arena que se empeñaba en bajar con la misma fuerza que nosotros empleábamos en subir. Al fin, con mucho esfuerzo, nos sentamos sobre las dunas de Erg Chegaga y se nos paró el tiempo contemplando la paleta de ocres que dibujaban las sombras del sol en su caída.

Tras la cena, subimos otra duna, donde sentados sobre alfombras, nos ofrecieron una pequeña demostración de música bereber. Al día siguiente mi marido y yo nos levantamos temprano para ver amanecer. Solo se escuchaba la arena deslizarse a nuestros pasos y las moscas que revoloteaban. El sol nació tibio, empujé con los pies el borde de la duna para escuchar el sonido. Me recordó a una tormenta y me imaginé impulsada por el viento recorriendo las dunas sobre una tabla de surf. Mi marido me sacó de la ensoñación diciéndome que ya estaba el desayuno preparado.

Volvimos a la aldea donde se habían quedado las tres mujeres. Hassam había matado a un cordero y le soplaba las tripas para limpiarlas, apenas utilizó agua. Por la tarde visitamos otra medina. Pilar atendió a un par de amigos de Hassan que estaban enfermos. Compramos agua y volvimos para cenar el cordero que habían preparado Aisha y Yamina.

El sopor de la noche me despertó, tapé mi cuerpo con un pareo y bajé al baño para refrescarme. Al salir, Assim me esperaba tras la puerta. Puso el dedo índice sobre sus labios y cogiendo mi mano me llevó al exterior, doblamos la calle hacia el desierto. Me invitó a echarme a su lado, sobre la arena fresca. En el cielo oscuro brillaban un sinfín de estrellas que se me antojaron infinitas. Me perdí en ellas mientras la ligera brisa jugaba con mi pareo. Cuando abrí los ojos me volví hacia Assim, él retiró su sonrisa de mi cuerpo. Me levante creyendo que me había dormido. Assim volvió a coger mi mano, corrimos hacia la casa, subí las escaleras aprisa. Mi marido seguía durmiendo, me pegué a él, susurró algo, acaricié su cuerpo e hicimos el amor.

El día amaneció claro, al contrario que mis nublados pensamientos. Fuimos a ver otra aldea cercana. Los niños cantaban en el pequeño aula que componía la escuela. Las calles oscuras y estrechas se intrincaban formando un laberinto. De pronto vinieron ráfagas de aire que levantaban la arena. Nos cubrimos la boca y los ojos con los pañuelos que llevábamos, pero las rachas eran cada vez eran más fuertes, la gente corría. Assim, gesticulando con sus manos para que lo siguieramos gritó: «rápido, volvamos, viene una tormenta de arena». El horizonte se volvió amarillo, anaranjado, espeso, borrando en un momento edificios, palmeras y personas.

La tormenta nos retuvo en la casa los días siguientes, después emprendimos la vuelta. Recordaba los ojos vivos de Yamina, su sonrisa eterna. Ví a Assim corriendo por la duna igual que lo haría un atleta en una pista deportiva. Mis sentidos quedaron atrapados en aquel lugar inhóspito, donde el tiempo se detenía y los aromas perfumaban el aire seco. Han pasado los años, pero aún siento las ganas de volver..

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