martes, 8 de febrero de 2022

EJERCICIO 4C - Esperanza

 

EL INVESTIGADOR

Firmé el contrato con la ilusión del que empieza un nuevo proyecto, como si no tuviera 85 años, ni una vida llena de experiencias. Lo había conseguido gracias a mis años, claro está, eso fue determinante, pero también lo fue que me supiera defender algo con las nuevas tecnologías. Mario me enseñó, para el desempeño de la tarea, funciones de mi teléfono móvil que no conocía, como grabar audios o enviar archivos.  También me enseñó a moverme con unas gafas que llevaban incorporada una pequeñísima cámara oculta. Tenía que hacerlo despacio, sin pasos bruscos, ni giros rápidos. Me dijo que pensara que yo mismo era una cámara y me tenía que mover a la velocidad en que me gustaría ver las imágenes. Me tomé este aprendizaje tan en serio que los días, por fin, empezaron a volar.

Tres meses antes había muerto mi mujer. Toda la vida con ella y de pronto, bueno… tardo lo suyo, no fue una cosa rápida. Pero yo si sentí el vacío de pronto. No me hubiera importando seguir cuidándola, hacerlo daba sentido a mi vida. Tras su entierro me convertí en una pena andante, en un ser desposeído, triste y taciturno. Leía el periódico como única distracción y allí encontré el anuncio. Pedían personas de entre 80 y 90 años, la sorpresa me animó a terminar de leerlo. Después me noté como más animado y por la noche no logré coger el sueño. Al día siguiente llamé al teléfono del anuncio. Mario me citó para una entrevista, no me dio ninguna información más.

Me puse el traje y la corbata, el mismo que vestí para el entierro de mi mujer. Mario era un chico de unos cuarenta años, alegre, jovial, al que su cuerpo le delataba como buen comedor y bebedor. Ese día conseguí olvidar por momentos a mi compañera, la pena y según crecía la ilusión por conseguir el trabajo, menos me acordaba de ella.

Mario conducía su coche. A su lado iba mi hija y detrás mi nieta y yo. Él haría de mi yerno. Me ingresaron en la residencia donde tendría que realizar la investigación de los robos que se estaban produciendo. Juana López, una de las residentes, se quejó a su familia  de la desaparición de un camisón, un vestido y de una gargantilla con gran valor sentimental. La familia contrató los servicios de Mario. Me ingresaron por un mes, con la excusa de probar mi adaptación, porque al quedarme viudo se me hacía difícil vivir en la casa que fue el hogar familiar.

Me asignaron una habitación individual, Mario la pagaba. Al fondo había una ventana grande cubierta por una ligera cortina. Adosada a la pared de la derecha se encontraba la cama y a los pies un armario de dos puertas. Una mesilla de noche junto a la cama y un sillón a su lado era todo el mobiliario. Una puerta junto a la de la entrada daba acceso a un baño. Me pareció una estancia fría.

Cuando Mario, mi hija y mi nieta se fueron, me preparé para iniciar el cometido. Lo primero era localizar a Juana López. Antes de salir de la habitación, asomé la cabeza y miré a ambos lados del pasillo, no había nadie. Paseé curioso, parándome en cada puerta de las habitaciones para leer los letreros que anunciaban los nombres de los residentes. Me crucé con uno, me saludo y me miró con curiosidad infantil. Después me crucé con más residentes que parecían no tener mucho que hacer. Me preguntaron si buscaba el salón y me indicaron como llegar a él. Con amabilidad les agradecí sus indicaciones y esperé a que despejaran el pasillo para seguir mi indagación. Una trabajadora que vino con pasó ligero me indicó que debía ir al comedor porque acababa de sonar el timbre que anunciaba la cena. Me acompañó hasta una mesa ocupada por dos mujeres y por un hombre. Me presenté, me dijeron que allí vivían unas veinte mujeres y cuatro hombres. Las miraba a todas, intentando encontrar entre ellas a Juana López, tenía que estar allí. Pero las fotos que me enseñó Mario podrían pertenecer a casi todas ellas. Me puse nervioso al darme cuenta de que la misión podía fracasar en ese momento.

Tardé dos días en dar con la habitación de Juana López. Mi corazón saltó de contento cuando leí su nombre en la puerta. Entonces me acordé de las gafas con grabadora que me facilitó Mario, este era el momento de utilizarlas. Las llevaba en el bolsillo superior de la chaqueta, me las puse y activé la cámara. Llamé a la puerta, como nadie respondió la empujé y entré muy lentamente para que la cámara no hiciera saltos. Juana López estaba en la cama, la fisioterapeuta que le trataba las piernas se volvió hacia mí. Me preguntó si me había perdido. La miré con cara de sorpresa, después le pedí perdón por la confusión y salí. Por fin le había visto la cara a Juana, ya no se me olvidaría.

Ese día, en el comedor, otras residentes me invitaron a que me sentara en su mesa tras la comida. Me tomé un café con ellas mientras se atropellaban con preguntas acerca de mi estado civil, del número de hijos, de nietos. Contesté con aplomo dejando constancia de mi reciente viudedad, a lo que contestaron con un pésame liviano, disimulando una alegría que no entendí.

Por las mañanas no podía dedicarme a la investigación. Tenía que alejar sospechas, por ello decidí, tras el desayuno, ir al taller donde se hacían manualidades. Otros días, cuando quería tranquilidad para escribir en mi cuaderno las pesquisas y apreciaciones que cada noche reportaba a Mario, iba a la biblioteca.

Pregunté a las residentes si se daban casos de pérdidas de dinero o de ropa. Las respuestas fueron variadas. Marta me respondió con seguridad que allí podía estar muy tranquilo en ese aspecto, sin embargo, otra señora la contradijo comentando que el dinero se perdía y que había que esconderlo bien. Me quedé con la duda de si las pérdidas se debían a las lagunas mentales de algunos, o por el contrario, obedecían a la realidad.

Por las tardes, aprovechando la primavera, salía al jardín que rodeaba la residencia. Una vez lo recorrí por entero hasta dar con el tendedero. Allí estaban los pijamas y camisones tendidos sobre cuerdas bajo el sol. El viento los movía salpicando el horizonte con sus colores pasteles que abigarraban la tarde. Un suave aroma a fresco me asaltó cuando me acerqué. Me puse las gafas para dar cuenta de que todas llevaban grabado el nombre de sus dueños. Pensé que sería difícil quedarse con una prenda marcada con rotulador indeleble, que ni el detergente era capaz de diluir, pero yo no tenía que dar mi opinión, esto lo hacía Mario con la información que yo le mandaba.

Lo de dilucidar los robos se me antojaba difícil. Me quedé en el jardín pensando, abrí mi libreta con el gesto torcido y mi pensamiento en la tarea. Marta se sentó a mi lado, era una residente simpática, agraciada y enseguida me dio conversación, así que cerré el cuaderno para no ser descortés. Me entregué a la charla sin olvidar mi objetivo, luego vino Estrella, que se sentó al otro lado mío. Cada vez que la conversación se iba por otros caminos, yo la encauzaba hacia la vida en la residencia, a lo bueno y lo malo que tenía vivir allí. De pronto noté como si un bichillo hubiera subido hasta mi cadera. Miré de súbito y vi a Estrella con mi pañuelo en su mano. La miré sorprendido y ella, con sonrisa burlesca, me dijo que le gustaba mucho. Extendí mi mano hacia el pañuelo y ella me lo entregó con un gesto dulce.

Por la noche grabé un audio para darle cuenta a Mario del suceso. Al día siguiente, mientras Estrella estaba en la terapia fui con sigilo hasta su habitación, no vi a nadie en el pasillo, así que entré con rapidez. Abrí el cajón de su mesita de noche y allí vi un vestido y una gargantilla con la medalla de una virgen. Le hice una foto con mi teléfono para enviársela a Mario.

Por la tarde, Marta se volvió a sentar junto a mí en el jardín.

Buenas tardes, señor Andrés, me gustaría saber la opinión que se ha hecho sobre mi persona. Su tono era delicado, su rostro mostraba una leve sonrisa que ocultaba el rubor de sus palabras.

Creo que es usted una señora estupenda, agradable y simpática respondí.

Pero yo me refiero a algo más. Vera, yo he visto en usted unas cualidades que me agradan y quería saber si usted ha visto lo mismo en mí.

Pues es que aún estoy de duelo y no le puedo ofrecer mucho, pero podría ser usted una buena compañera, me agradaría seguir conociéndola.

Qué alegría me han dado sus palabras y bueno… ya me dirá usted, yo espero su disposición.

Miré a mi alrededor y, aprovechando que nadie nos miraba, le di un beso en los labios.

Por la noche Mario me dijo que la gargantilla encontrada en el cajón de Estrella era la de Juana y que con ello el trabajo había concluido. Le tuve que convencer de que había algunas prendas que no habían aparecido y que estaba encaminado hacia la resolución. Solo necesitaba un poco de más tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario