domingo, 6 de febrero de 2022

EJERCICIO 4B Andrea Sanz

LA MAESTRA


En el jardín de una residencia de ancianos, sentada en un banco, está Lou que mira con cara de asombro a una anciana residente que, en ese momento, cruza por delante de ella.


LOU.— ¡Doña Filo! ¿Es usted?


Dña FILO.—Si, hija, Filomena Hernandez. Hace mucho que nadie me llama así. Tú, ¿quién eres?, espera, espera, deja que te vea bien, que me suena tu cara. ¡Por todos los ángeles del infierno, si eres Luisa Panchuelo!, del colegio. Dame un abrazo muy fuerte.


LOU.—La misma, Dña Filo, pero ya, tampoco, nadie me llama así. Me gusta mucho más Lou, es mas sofisticado. Y el apellido, lo cambié al casarme, no quería que me relacionasen con los repartidores de butano del pueblo, que es a lo que, si usted recuerda, se dedicaba mi familia.


Dña FILO.—Cómo no me voy a acordar. Vaya mocetón estaba hecho tu padre de tanto subir y bajar bombonas, y gracias a Dios, porque tu madre era mucha hembra para aguantar otra cosa.


LOU.—¿Qué quiere usted decir, Dña Filo? No empiece a insinuar cosas que no entiendo, como cuando era pequeña. Hasta que no pasaron muchos años no entendí aquello que siempre me repetía: “Ay, Luisita, siempre con las bragas caídas, algún día se caerán del todo y no te las volverás a subir”.

Aquello era muy cruel, y eso que decían que usted era la maestra más buena del colegio.


Dña FILO.—No hija, yo no era cruel, era una forma de hablar, sabía que no lo entendías. Siempre te recuerdo con las bragas sucias asomando por debajo de la falda, unas veces porque tenían la goma floja, otras porque tu madre te ponía bragas enormes de ella o de tus hermanas ya que, seguro, que no había hecho la colada a tiempo, y no tendrías ninguna tuya, y la mayoría, porque siempre estabas rasca que te rasca, tirabas de las bragas y las dabas de sí.

Y, por otro lado, la historia de tu madre antes de casarse con tu padre, la conocía todo el pueblo.


LOU.— Bueno, mejor vamos a dejar esas historias, porque parece mentira que una mujer con educación, como usted, crea todas las habladurías que se cuchichean en los pueblos. Yo, por ejemplo, nunca me creí lo que decían de usted.


Dña FILO.—¿De mí?, ¿y qué decían de mí?


LOU.— No se haga la cándida que, seguro, que lo sabe, aunque bien que se hacía la tonta. Todos decían que siendo tan señorita y tan fina, había acabado en nuestro pueblo porque, de joven, su novio la dejó embarazada y la plantó. Que sus padres la obligaron a dar el niño y a usted la alejaron de la familia para no tener que vivir con esa vergüenza.


Dña FILO.— ¡Santo Dios, que barbaridad! Jamás pensé que pudieran creer algo semejante. ¡Pensar eso de mí, que entregué mi juventud a la educación de los cazurros de sus hijos! Nunca tuve novio porque había visto a mi alrededor muchas mujeres inteligentes sometidas a la tiranía de maridos brutos e ignorantes. Yo quería ser independiente.


LOU.— Si usted lo dice, pero, ¡vamos, que también le tenía que picar! Y lo otro que todo el pueblo pensaba de usted, es que estos picores se los calmaba D. Froilan, el cura.


Dña FILO.—¡Ay Lou, no me puedo creer que se dijeran esas cosas de mí!

Y yo que creía que me respetaban…


LOU.— Claro que la respetaban, lo cortés no quita lo valiente. A su edad ya se sabe que una mujer tiene sus necesidades.

Mire, Dña Filo, por allí viene mi marido, seguro que se va a alegrar de saludarla. Los sábados por la mañana viene a ver a su madre, Dña Rosaura, ¿se acuerda?. Yo suelo esperarle fuera, porque no nos llevamos muy bien. Siempre se ha creído la “muy, muy” y no acaba de aceptarme para mujer de su Juanito.


Dña FILO.— ¡No me puedo creer que te has casado con Juanito del Olmo!

El más listo del colegio y el más rico del pueblo. Caray, Luisita, que suerte has tenido.


LOU.— De suerte nada, usted misma nos lo repitió muchas veces: “al saber lo llaman suerte”. Y yo, se hacer muy feliz a mi Juanito. Con él sí que no me subo las bragas hasta que él quiere. Además soy muy buena madre, muy buena ama de casa, aunque no se crea. Yo no hago nada, que ahora soy una señora, pero sé mandar. Y con la pasta que tenemos, mi suegra podía vivir con nosotros como una gran señora, pero que se pudra aquí, por soberbia y meapilas.


Se acerca Juan, que da un abrazo fuerte a Dña Filo.


Dña FILO.—¡Qué alegria verte Juanito! Que guapo y que alto estás y veo que te has llevado una buena pareja, porque Lou está soberbia, guapa y elegante.


JUAN.— Yo también me alegro mucho de verla, ya me había dicho mi madre que vivía usted aquí. Pues sí, me casé con Lou y es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Por cierto, Lou, tenemos que irnos rápido porque se me había olvidado un compromiso que tengo en diez minutos.


Dña FILO.—Tranquilo, otro día nos volveremos a ver. Por cierto Lou, con tu información acabo de comprender por qué la antipática de tu suegra, desde que vino a vivir aquí D. Froilan, ni me dirige la palabra.

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