EL OJO QUE TODO LO VE
La yema del índice derecho, al acariciar la superficie pulida de la lente, tropieza con el aro de latón que la sujeta en el centro de la puerta. Mario no se cansa de pasear la extremidad de su dedo en este artilugio de solo 14 milímetros de diámetro, que considera ahora como un puente entre dos orillas lejanas: su guarida y el mundo exterior.
Lleva un año viviendo solo en este piso pero hace solo un mes que ha reparado en la presencia de la mirilla en la puerta de entrada. Antes la puerta no era más que una barrera compacta que aislaba dos mundos. Al franquearla, traspasaba una frontera. Desde que descubrió el ojo mágico, su visión ha cambiado radicalmente. Siente que, para él, y solo para él, se desdibujan las lindes entre el adentro y el afuera. Ahora es el amo del espacio.
En cuanto vuelve a casa por las tardes, se instala en su puesto de vigilancia para otear el ancho territorio del descansillo de la cuarta planta de este edificio sin ascensor, al que un ventanuco proporciona luz natural.
Las cuatro puertas vienen identificadas por una letra. La suya es la D, que junto con la B que le hace frente, son las de los pisos interiores que se abren a un patio de luces. La A y la C, las de los pisos exteriores, de mayor tamaño, se diferencian por la calidad de la madera.
Antes, al volver a casa, mataba el aburrimiento encendiendo el televisor de forma automática nada más entrar pero ahora, después de quitarse la ropa de calle, descorre de par en par la cortina de la ventana del salón que da al patio interior para que entre la luz y se pone cómodo. Ya está paladeando el placer inminente del acecho.
Los primeros días, se quedaba de pie, inmóvil detrás de la puerta, pero pronto encargó por internet un taburete de bar, con la altura exacta para observarlo todo de forma muy cómoda. Y así transcurren las horas…
Cierra el ojo izquierdo y acerca el derecho a la lente.
El tiempo fluye despacio y él disfruta con esta larga espera del mismo modo en que lo hace el pescador, sentado en su silla plegable de lona en la orilla del río. Aguarda a su presa.
Si suena el móvil intempestivo, con gesto contrariado lo silencia y retoma la espera. Aguza el oído, atento a cualquier ruido. Ha desarrollado una sensibilidad auditiva que le permite captar roces, deslizamientos, hasta susurros…
La amplia visibilidad de este ojo de pez es asombrosa: no se escapa ningún rincón del rellano. Dentro de la órbita, su ojo barre en un vaivén continuo la totalidad del espacio que siente ahora como su coto privado. Los contornos curvilíneos de su campo de visión le dan la sensación de abarcar el universo.
Paulatinamente va descubriendo a los vecinos en su intimidad: la mujer del 4ºC que se santigua al entrar o salir de casa mientras besa con ardor un crucifijo que se saca del bolsillo, en un éxtasis místico. Ha reparado en que lleva también un rosario de cuentas negras enroscado en la muñeca izquierda, que los dedos de la otra mano acarician con sensualidad. Hasta le parece percibir cómo el olor del agua bendita se cuela por debajo de su puerta, un olor dulzón y mareante que le remite a recuerdos infantiles de misal y comunión. A cuando era monaguillo, y al Padre Miguel, tan de agua bendita, él, y tan cariñoso también…
Ahora llega el del 4º A, un rubio desgarbado cincuentón, con la gabardina beige de todos los días que parece tener más años que él. Antes de meter la llave en la cerradura se frota enérgicamente los labios con el dorso de la mano, posiblemente para borrar algún rastro de carmín pecaminoso antes de penetrar en el hogar conyugal. Pero quizás lleve también, -y eso no lo sabe, claro, piensa con fruición el mirón-, alguna mancha traicionera en el cuello de la camisa. Habrá que escuchar bien lo que sucede en el piso en las próximas horas por si acaso… ¡Cómo le gustaría que la mujer -esa bajita regordeta que saca al caniche varias veces al día- descubriese todo el pastel! Ayer por ejemplo le pareció escuchar palabras con tono de reproche. Hoy a lo mejor hay suerte… Es que las infidelidades deben pagarse, piensa Mario con rencor. ¿O es que no las pagó él, exiliado ahora en este suburbio de mala muerte?
No faltará mucho para el regreso a casa del del 4ºD, un hombre ya mayor, de gafas oscuras hasta en pleno invierno, con bigote recto que le tapa el labio superior. Vive solo, jamás recibe visitas y es persona de costumbres y horarios fijos: restriega los pies diez veces en el felpudo de cada vecino de la planta. Luego se retira en el centro del descansillo y compara con satisfacción la pulcritud de su felpudo con respecto al resto. Entonces se cuadra al estilo militar, camina hacia la puerta, se quita ambos zapatos y con ellos en la mano izquierda, por fin franquea el umbral. Fin del espectáculo.
Por la escalera transitan también los de los pisos superiores, como esa señora de mediana edad que baja muy recatada –piensa que viene del sexto pero tampoco lo sabe a ciencia cierta- y, tras asegurarse de que no hay moros en la costa, se metamorfosea gracias a un maquillaje llamativo rápido y hábil, apoyando el cuerpo en la pared. La boca se vuelve jugosa y los ojos se llenan del misterio que le da la sombra grisácea que se aplica con la brocha de pelo corto y denso, la misma que utilizaba Marina, su ex. -¡Cómo sabía la cabrona atraparle jugueteando con el pestañeo y los guiños traviesos! Y a él así le fue, piensa con amargura-. Después de mirarse con cara de satisfacción en el espejo de mano y ajustarse el vestido, la vecina, como una diosa, prosigue el descenso. Él, a veces, abandona entonces su puesto de observación y se desliza silencioso tras ella. Le encandilan los contoneos de sus opulentas caderas. Alguna tarde ella se giró y entonces Mario saludó cortésmente con la cabeza. Pero ahora su silueta de mujer pulposa ya se está esfumando por el portal. Y a él le toca volver a subir. Algún día quizás…
Y quizás hoy pueda espiar a esa pareja que baja por separado, -le parece que desde plantas distintas- con unos minutos de diferencia y se reencuentra apasionadamente en el rellano. Las manos del hombre ascienden febrilmente por debajo de la falda de la mujer. Ella pega su cuerpo al del amante y le besa con una fogosidad incontrolable. La lascivia se cuela por debajo de la rendija de la puerta del mirón. Y es su mano la que acaricia el muslo prieto y se atreve a subir más alto y roza la suavidad del vello y la humedad tibia que acoge la yema de sus dedos. Cierra los ojos y goza… Cuando los reabre los amantes o ya se han ido o retoman, como dos desconocidos, la bajada por la escalera. Mario tiene a veces la corazonada de que no es casualidad si siempre se paran en la cuarta planta. Podrían magrearse en otro descansillo o en otro sitio, ¿no? Intuye que saben que los pueden estar mirando, saben incluso que él, Mario, de hecho los está mirando.
Gracias a la mirilla, también espía a algunos de las plantas inferiores que no tendrían por que pasar por su campo de visión pero que, sin embargo, sí lo hacen.
Ahora mismo, por ejemplo, está viendo a uno mal encarado con el que se cruza alguna vez en la tienda de la esquina, que sube de forma sigilosa, husmea y termina acercando la oreja a la puerta del 4ºC. Se fija en su perfil de ave de rapiña que se alegra con los gritos, los insultos que llegan desde dentro de la vivienda. Observa cómo ahora arrima el oído a un vaso de cristal que pega a la puerta del rellano y ve que se desorbitan de placer los ojos del fisgón al tiempo que nace en su cara una sonrisa malévola. La fruición que a Mario le produce espiar al espía es inconmensurable.
Y así, una tarde tras otra. Aunque parecidas, ninguna es igual. Como en el teatro, cada función es distinta. Y desde que su vida en casa gira en torno a la mirilla, en la oficina, o incluso por la calle, su ojo escrutador no deja de hurgar en las vidas ajenas. Imagina, conjetura, sueña…
Pero Mario ignora que en este mismo instante, en la ventana del piso de la cuarta planta del edificio contiguo que comparte con el suyo el patio interior, un par de ojos, parapetados detrás de unos prismáticos de alta precisión, acechan cada uno de sus movimientos.
En la mesa, una libreta abierta espera el inicio del relato…
Genial, Sonia. Me parece impresionante . Muy bueno y muy original, como siempre lo es tu punto de vista.
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