CONFESIÓN
––Yo soy de esas personas que se pone una lista de tareas interminable incluso en días como hoy, domingo, cuando el descanso debería ser la prioridad–– dice entre susurros Rosita, mientras la madera del confesionario se le clava en las rodillas.
El padre Ernesto está acostumbrado a escuchar todo tipo de agravios de mayor o menor importancia, pero Rosita siempre lo sorprende con algún pecadillo nuevo que para ella representan la viva imagen de la maldad, pero que al padre Ernesto le parecen irrisorios. «La gente ya no viene con pecados interesantes», piensa mientras finge prestar atención a la sarta de tonterías de la mujer. Tiene ganas de que den ya las ocho en el reloj del campanario, y poder escapar de la tortura de escuchar a las beatas relatando sus vilezas. Todavía faltan diez minutos.
El padre Ernesto da la
absolución a Rosita y esta se marcha, murmurando un «gracias, Padre», que es su
modo de despedirse todos los domingos. Con un poco de suerte no vendrá ninguna
otra feligresa a calentarle la cabeza esta tarde. Se arrellana en su asiento,
nada cómodo (en esta iglesia nada lo es) y aguarda a que pasen los minutos. Una
sombra tapa la luz que entra por las rendijas del confesionario. «Otra de mi
club de fans», se dice con ironía.
––Ave María purísima.
––Sin pecado concebida. ¿Cuáles
son tus pecados, hija?
––Perdóneme, Padre. Confieso
que voy a pecar ––La voz, ronca, es apenas un murmullo.
Vaya, por una vez, algo
original. El padre Ernesto se acerca a la rejilla.
––Hija, aún estás a
tiempo de evitar el pecado. ¿De qué se trata? ––Seguramente, no sea más que
otro pecadillo, pero al padre Ernesto le pica la curiosidad. Esa solo es una de sus muchas debilidades.
––Voy a matar a mi padre.
Seis palabras que
resuenan en el interior del confesionario con la fuerza de un trueno, a pesar
de ser pronunciadas en voz apenas perceptible. El padre Ernesto se esperaba
cualquier cosa, menos semejante declaración de intenciones. Antes de lograr
pronunciar palabra, la luz vuelve a entrar por las rendijas y la figura en
sombras se marcha, sin hacer ruido. Un sudor frío recorre la nuca del padre Ernesto.
***
En la cama, el padre
Ernesto no consigue dormir. Las palabras de la desconocida de esta tarde
retumban en su cabeza, y le embarga la duda. ¿Qué hacer? ¿Denunciar a la
policía? ¿Pero denunciar a quién? Aunque conociera a la mujer, el silencio de
confesión le impediría denunciar su delito. Además, ¿puede ser un delito
aquello que aún no se ha llegado a cometer? ¿Y quién es la víctima? La cabeza
del padre Ernesto da vueltas y vueltas. La luna brilla metálica al otro lado de
la ventana, los minutos pasan, lentos.
Por la mañana, el padre
Ernesto ha tomado una decisión. Va a hacer una llamada para alertar a la policía.
No puede desvelar ningún detalle, pero tiene tan pocos que no supone ningún
problema. No quiere desvelar su identidad, así que oculta el número de su móvil al marcar. Todas las líneas están ocupadas.
¿Cómo puede ser posible? El padre Ernesto nunca ha llamado a la policía, pero
supone que esto es lo normal. Se dispone a empezar su desayuno, cuando suena el
timbre de la puerta. Qué raro, a estas horas de la mañana, una visita. De mala
gana se dirige a la puerta, no tiene ánimos para recibir a nadie. Descorre los cerrojos,
nunca ha sido un hombre precavido, ¿quién puede hacerle daño a un cura?, y la
luz del pasillo lo ciega, justo en el momento en que la hoja de un cuchillo le
atraviesa el estómago.
––Perdóneme, padre–– el
padre Ernesto reconoce la voz ronca, apenas un murmullo, mientras un velo oscuro
oculta la luz de sus ojos para siempre.
Más escenas, please. Se me precipita al final.
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