JULIA
Vi su alma abandonar su cuerpo. Es como cuando a veces te da miedo ir a los sitios y cuando vas, resulta que te están esperando. La verdad es que esta es otra más de las preguntas sin respuestas que te encuentras en la vida. Si no fuera suficiente no entender por qué sale el arcoiris ahora me voy a quedar sin saber por qué el alma de Julia me estaba esperando para irse. No sé si bromear sobre eso, porque yo sé que fui yo quien se alejó de Julia. Es lo que hacía siempre, alejarme. Digo alejarme por no decir huir. Huí en cuanto descubrí que la amaba. Yo no tenía nada que ofrecerle y ella tenía que vivir su vida, debía irse a estudiar para disfrutar de un mundo mejor que el que tendría conmigo. Yo, desde el pueblo, no quería atarla, deseaba que desplegara sus alas y fuera maestra, que es lo que ella quería ser. ¡Era tan brillante! Sabía recitar poemas, sacaba sobresalientes en física, hablaba el mejor inglés del instituto.
El día que me alejé llovía chispitas. Miles de chispitas caían en mi cabeza, en mis hombros, en mis rodillas. Eran tan minúsculas como alfileres. No se clavaban, pero yo las veía calar mi ropa hasta mojar mi piel. Mojado me quedé un rato, tan mojado como ella me había dicho que tenía las bragas tan solo de imaginarse besándome. Me dijo que me deseaba, que quería estar conmigo.
Pasamos juntos el verano, pero al empezar el nuevo curso, yo, como el cobarde que soy, la dejé plantada fingiendo un acto de generosidad.
No fue generosidad, fue miedo. ¡Qué cobarde Dios! Fueron dos clases de miedo. Uno, el que me lanzó a correr, a separarme de ella, para no afrontar una serie de cosas que descubrí después. Mi zona de confort no era maravillosa, pero era la mía. Allí estaba cómodo. Estudiaba mecánica en el instituto y mi aspiración era trabajar algún día en el taller de mi tío y vivir en el pueblo. Haría lo mismo que habían hecho mi padre, mi tío y mi abuelo. Tenía la vida resuelta. El otro miedo fue paralizante. Quieto, callado e inmutable me quedé cuando me dijo que estaba embarazada pero que no quería nada de mí, que aquel niño iba a ser suyo y nada más que suyo. ¡Era tan valiente! Ahí me quedé yo, quieto, tan quieto como una roca que espera que la erosión haga algo con ella porque ella está quietecita en su lugar creyéndose fuerte e impasible. No dudé en que fuera mío el niño que esperaba, pero con el tiempo empecé a respaldarme en la idea de que podía no ser mío y por eso ella no quería nada de mí.
Desapareció del pueblo. Se marchó a la ciudad. Dijeron que estaba en casa de un familiar cuidando de sus hijos. Yo me quedé en casa, trabajando en mi taller. A veces ligaba con alguien, pero no pasaba nada. El amor nunca llegó.
A los ocho años recibí una carta de Julia. Estuve tres días sin abrirla. Se me removieron las entrañas cuando la abrí. Me contó aquellos ocho años en dos folios. Era maestra y Julio, su hijo, tenía ya siete años. Me pedía que fuera a verlos, que necesitaba decirme una cosa muy importante. Tardé tres meses en reunir las fuerzas para afrontar aquello.
Cuando llegué, vi su alma abandonar su cuerpo.
Muy bueno e intenso. Por eso la palabra "chispitas" me saca del texto. Un diminutivo me rompe el campo semántico que vas empleando. Pero solo eso.
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