LA PERRA CONVERSADORA
“A esta perra le gusta mucho la conversación”, me dijo el pastor cuando acomodó a Mari, una Border Collie, a nuestro lado. Conocí a Juanón un día de primavera, de vuelta a Madrid, atravesando Castilla. Me paré en un recodo del camino a fumar un cigarro mientras daba un paseo por unos campos de trigo verde salpicados de amapolas.
A lo lejos se dibujaba, diminuta, la figura de Juanón, rodeada de un halo polvoriento levantado por el andar cansino de sus ovejas, todas juntas en el camino de tierra, gracias al buen hacer de su perra guardiana.
—Con Dios —me saludó Juanón—. Buen día y buen sitio para echar un cigarro, sí señor.
—Ya lo creo
—Pues, si le parece, hago un alto y fumo uno con usted. Fumar y beber es mejor hacerlo en compañía y, si le apetece, le convido a un trago de vino.
Acepté su ofrecimiento y nos sentamos junto a unas piedras, a la sombra de unos álamos, en un campo en barbecho. Con el vino, tomamos unos bocados de pan y queso y a los pocos minutos se nos sumó Mari. Bebía tranquila el agua que Juanón colocó junto a ella y, de vez en cuando, le ofrecía un poco de queso.
Hablamos de las bondades y penurias de cada trabajo y pude apreciar la filosofía sencilla, pero sabia, de un hombre sensible.
La conversación derivó hacia la sensación de soledad y me explicó por qué, él, no se sentía nunca solo.
— Aquí tengo todo lo que necesito. Conozco mi tierra palmo a palmo, nunca me defrauda, sé lo que puedo esperar de ella, y eso es tan importante como con las personas. Disfruto con su belleza, he aprendido a protegerme de sus inclemencias y me acomodo bien a sus caprichos. Para sentirte acompañado no necesitas que alguien te responda, eres tú quien debe responder a las preguntas que te preocupan.
—Creo que tiene razón —le respondí—, probablemente, la mayor parte de mis días esté más solo que usted a pesar de estar rodeado siempre de gente, y, habitualmente, no encuentro respuestas.
¿Me permite que le haga una foto?
—Cómo no, con mucho gusto.
Le enseñé la fotografía en la pantalla y me pidió si podía enviarle una copia. En ella se veía a Juanón apoyado en su cayado con ambas manos mirando al horizonte. A su lado estaba Mari con todo su cuerpo alerta y varios metros detrás el rebaño bien recogido, esperando que su amo se pusiera en marcha, envuelto en una tenue nube de polvo.
—Juanón, voy a tomar su dirección, pero, lo más probable, es que me acerque personalmente a traérselas. He disfrutado mucho de su compañía.
Nos despedimos con un apretón de manos y cuando llevaba unos metros caminando, pude escucharle dirigiéndose a su perra: “Vamos Marí, a trabajar, mañana tendremos tiempo de charlar tú y yo. Hoy ya he soltado bastante la lengua”.
Muy bueno, Andrea y muy real. Con los animales se habla y te entienden.
ResponderEliminar¡Cómo me gusta tu relato, Andrea! Consigues que estemos en el campo con Juanón, sus ovejas y con Mari, por supuesto. ¡Hermoso texto!
ResponderEliminarUna estampa maravillosa.
ResponderEliminar