miércoles, 26 de enero de 2022

EJERCICIO 2.C. ISABEL LARA. CUENTO NEOBARROCO

 EL ESPEJO

En principio fue el silencio.

Las tierras altas se abrían al abismo en forma de una grandiosa herradura. Una herradura que, para los yoparas, marcaba el fin del mundo conocido. Yvi, la tierra, estaba exhausta, era la época de sequía, no brotaba vida nueva de ella. Resecas estaban las mamas, hueros y vacíos los huevos, con flores muertas las bromelias, toda la selva agonizaba. Pero este ciclo, por fin, ya se acercaba con paso firme a su final.

Cuando llegó el día marcado por Tupá, el creador del sol, a la hora de la mañana donde la luna se desvanece, Guiraporu, la diosa de la lluvia y las tormentas, despertó al Agua Grande, como ocurría de forma inmutable desde el inicio de los tiempos.

Las gotas comenzaron a derramarse sobre las grietas doloridas de Yvi, que bebieron hasta   saciarse y más aún. La tierra vomitó y el agua se tiñó de color chocolate.  La corteza se rompió en incontables caminos por los que ríos, arroyos y cenagales dibujaron mil laberintos. Cortinas de agua se precipitaban en infinitas cascadas desde las tierras altas hasta el precipicio, se peleaban con las paredes rocosas, rebotaban en pequeñas mesetas o caían directamente perdiéndose en el fondo de la sima. Los violentos remolinos arropados en el pegajoso barro arrastraban las palmeras caídas, los troncos muertos y las piedras arrancadas.  La tromba de agua, al precipitarse en el interminable tajo, paría una bruma de espuma que guerreaba hasta el cielo, abajo agradecido resucitaba el mar verde de la selva.

Pasaron tres lunas y nacido el tiempo de la mañana donde el sol aparece, es el momento de la Gran Ceremonia, la despedida del período de lluvias. Entre las tempestades una pequeña pasarela de madera, que llega hasta el salto del diablo, se ha mantenido rugiente y victoriosa frente al diluvio. Una pasarela eternamente suspendida por dos fuertes troncos de palo rosa. Sobre ella se inicia el ritual como ha venido sucediendo desde que la tierra es tierra.  Pero en este ahora, en este lugar, un terrible acto va a ocurrir, un acto que cambiará para siempre este universo.

El yaguareté de manchas negras con su ensordecedor rugido anuncia el principio de la liturgia. Matzdai, la muchacha elegida, la más bonita de entre los yoparás, emerge orgullosa desde la jungla y se sitúa en el pasillo de madera. Una figura con pinturas rojas, animales de la selva recorriendo su cuerpo, pies descalzos, pelo negro en dos trenzas anudado, una cinta en su frente coronada por las plumas del guacamayo. Una muchacha entre una lluvia que se despide, con los brazos extendidos hacia la bruma.

Los monos carayá, acostados entre las ramas de los ceibos, ocupan su sitio en silencio. Las bandadas de vencejos sagrados cruzan las espesas cortinas de agua y, en silencio, abandonan sus nidos en las rocas y sobrevuelan a la elegida.  En el cortejo los largos hocicos de los coaties, la siguen en silencio. A dos palmitos de distancia, con las bocas cuajadas de colmillos se arrastran, en silencio, los yacarés de los pantanos. Las mariposas de puntos naranjas revolotean alrededor de las trenzas. Cuando Matzdai está a tres pasos del borde del abismo aparece el gran chamán, el tucán de gran pico amarillo y un arco iris baja de las nubes descansando en el mismo borde de la sima.

Ahora el ciclo tendría que repetirse, igual que se repite, inalterable, desde que la memoria existe. La muchacha daría los tres últimos pasos en una danza tribal. Con una sonrisa, sin mirar hacia las profundidades, caminaría hacía el frente y se perdería en el color rojo del arco iris, se perdería   hacia el infinito.

Sería un instante sagrado, un instante para honrar a Tupá. El último aliento del silencio dejaría paso a los tres rugidos del yaguareté, los monos aullarían en coro, los vencejos volarían tres vueltas sobre la espuma del abismo, el tucán de gran pico amarillo desaparecería entre las nubes, los coatíes correrían a esconderse de los cocodrilos, las mariposas de puntos naranjas se perderían en la jungla y cada uno ocuparía su lugar en estos mundos. Miles de miles de voces de los yoparas se fundirían en una sola, entonando su canto sagrado. Un canto que rebotaría en todas las raíces de la selva, en todas las gotas de Guiraporu.  Un canto sagrado que se repetiría una y otra vez hasta que sus gargantas se cerrasen con la noche: Larga vida a Tupá, creador de sol, larga vida a Yvi, la fecundadora, Gracias, Aguaye.

El ritual llegaría a su fin y entonces, solo entonces, las nubes preñadas de lluvia abandonarían estas tierras hasta el siguiente período. Y entonces, solo entonces, las mamas de las hembras se hincharían, los huevos se llenarían de simientes, brotarían las flores rojas de los ceibos y las amarillas de los lapachos.  La tierra Yvi estallaría de felicidad y con ella los mundos de los yoparas.

Pero nada de ello sucedió en este final de la ceremonia. Antes de que Matzdai caminara los tres últimos pasos, se desplomó un aguacero negro. Guiraporu, la diosa de la lluvia y el trueno, lejos de desaparecer, estaba presente y enfurecida como nunca lo había estado desde que los cielos se abrieron. Un gran trueno bajo del firmamento estremeciendo todos los rincones de la jungla, temblaron los pequeños palmitos, se agitaron los troncos del palo rosa y la corteza se estremeció. Acompañando al trueno, en una siniestra hermandad, un gran rayo iluminó todo el mundo visible cayendo sobre la elegida.

Su cuerpo se desplomó con un ruido sordo sobre la pasarela y un brillante objeto se le escapó de la mano abierta; pronto los dos se ahogaron en la lluvia que había regresado en tromba. En este desenlace no hubo rugidos del yaguareté, no existieron aullidos de los monos, el tucán y los vencejos sagrados permanecieron inmóviles en el aire. Por unos segundos el universo se detuvo y solo el incesante aguacero continuó su trabajo.

Al poco asomaron entre los verdes selváticos caras pintadas, manos con brazaletes y collares de semillas, cabezas con tocados de plumas. Se fueron adelantando hasta la primera madera de la plataforma, se quedaron allí quietos, con el diluvio resbalando sobre las plumas. Una pluma vencida que se inclinaban pidiendo perdón. De la multitud se escapa una madre de ojos cansados que corre hacia el cuerpo de la muchacha. Se queda parada ante ella y empieza a mecerse entonando un canto fúnebre que es seguido por miles de miles de voces como si fueran una sola. De pronto sus ojos tropiezan con el objeto brillante como el sol, un objeto que nunca había sido visto en esos confines, un pequeño espejo que solo podía venir del averno, de los diablos de cara peluda. La madre acerca su nariz para olerlo, sus dientes se clavan en él y cuando lo eleva para enseñarlo a la multitud un gran destello de luz se escapa del espejo y llega hasta la jungla.  Miles de miles de arcos se tensan, miles de miles de flechas se preparan, es entonces cuando la madre recorre los tres últimos pasos y se precipita hacía un abismo donde ya no descansa ningún arco iris, hacia un abismo que ya no es vigilado por el chamán de gran pico amarillo, hacía un abismo sin vencejos sagrados. Al mismo tiempo una avalancha de flechas, atraviesa la cortina de agua, y se clavan en el cuerpo de Matzdi, la elegida.  

Este sacrificio no es suficiente para Tupá, el creador del sol. Se ha violado la justa manera de ser, se ha desobedecido el Teko Pora y Guiraporu, la diosa de la lluvia y del trueno, no cesa en su cólera durante noches y días, días y noches, esta vez en un ciclo interminable… Y así es como se inicia el principio del fin del universo de los yoparas.

 

                         

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