EL ESPEJO
En principio fue el silencio.
Las tierras
altas se abrían al abismo en forma de una grandiosa herradura. Una herradura
que, para los yoparas, marcaba el fin del mundo conocido. Yvi, la tierra,
estaba exhausta, era la época de sequía, no brotaba vida nueva de ella. Resecas
estaban las mamas, hueros y vacíos los huevos, con flores muertas las
bromelias, toda la selva agonizaba. Pero este ciclo, por fin, ya se acercaba
con paso firme a su final.
Cuando llegó el
día marcado por Tupá, el creador del sol, a la hora de la mañana donde la luna
se desvanece, Guiraporu, la diosa de la lluvia y las tormentas, despertó al
Agua Grande, como ocurría de forma inmutable desde el inicio de los tiempos.
Las gotas comenzaron
a derramarse sobre las grietas doloridas de Yvi, que bebieron hasta saciarse y más aún. La tierra vomitó y el
agua se tiñó de color chocolate. La corteza
se rompió en incontables caminos por los que ríos, arroyos y cenagales dibujaron
mil laberintos. Cortinas de agua se precipitaban en infinitas cascadas desde
las tierras altas hasta el precipicio, se peleaban con las paredes rocosas, rebotaban
en pequeñas mesetas o caían directamente perdiéndose en el fondo de la sima. Los
violentos remolinos arropados en el pegajoso barro arrastraban las palmeras caídas,
los troncos muertos y las piedras arrancadas. La tromba de agua, al precipitarse en el
interminable tajo, paría una bruma de espuma que guerreaba hasta el cielo, abajo
agradecido resucitaba el mar verde de la selva.
Pasaron tres
lunas y nacido el tiempo de la mañana donde el sol aparece, es el momento de la
Gran Ceremonia, la despedida del período de lluvias. Entre las tempestades una
pequeña pasarela de madera, que llega hasta el salto del diablo, se ha mantenido
rugiente y victoriosa frente al diluvio. Una pasarela eternamente suspendida
por dos fuertes troncos de palo rosa. Sobre ella se inicia el ritual como ha venido
sucediendo desde que la tierra es tierra. Pero en este ahora, en este lugar, un terrible
acto va a ocurrir, un acto que cambiará para siempre este universo.
El yaguareté de
manchas negras con su ensordecedor rugido anuncia el principio de la liturgia. Matzdai,
la muchacha elegida, la más bonita de entre los yoparás, emerge orgullosa desde
la jungla y se sitúa en el pasillo de madera. Una figura con pinturas rojas, animales
de la selva recorriendo su cuerpo, pies descalzos, pelo negro en dos trenzas anudado,
una cinta en su frente coronada por las plumas del guacamayo. Una muchacha
entre una lluvia que se despide, con los brazos extendidos hacia la bruma.
Los monos carayá,
acostados entre las ramas de los ceibos, ocupan su sitio en silencio. Las
bandadas de vencejos sagrados cruzan las espesas cortinas de agua y, en
silencio, abandonan sus nidos en las rocas y sobrevuelan a la elegida. En el cortejo los largos hocicos de los coaties,
la siguen en silencio. A dos palmitos de distancia, con las bocas cuajadas de
colmillos se arrastran, en silencio, los yacarés de los pantanos. Las mariposas
de puntos naranjas revolotean alrededor de las trenzas. Cuando Matzdai está a
tres pasos del borde del abismo aparece el gran chamán, el tucán de gran pico amarillo
y un arco iris baja de las nubes descansando en el mismo borde de la sima.
Ahora el ciclo
tendría que repetirse, igual que se repite, inalterable, desde que la memoria
existe. La muchacha daría los tres últimos pasos en una danza tribal. Con una
sonrisa, sin mirar hacia las profundidades, caminaría hacía el frente y se
perdería en el color rojo del arco iris, se perdería hacia
el infinito.
Sería un instante
sagrado, un instante para honrar a Tupá. El último aliento del silencio dejaría
paso a los tres rugidos del yaguareté, los monos aullarían en coro, los
vencejos volarían tres vueltas sobre la espuma del abismo, el tucán de gran
pico amarillo desaparecería entre las nubes, los coatíes correrían a esconderse
de los cocodrilos, las mariposas de puntos naranjas se perderían en la jungla y
cada uno ocuparía su lugar en estos mundos. Miles de miles de voces de los yoparas
se fundirían en una sola, entonando su canto sagrado. Un canto que rebotaría en
todas las raíces de la selva, en todas las gotas de Guiraporu. Un canto sagrado que se repetiría una y otra vez
hasta que sus gargantas se cerrasen con la noche: Larga vida a Tupá, creador de
sol, larga vida a Yvi, la fecundadora, Gracias, Aguaye.
El ritual
llegaría a su fin y entonces, solo entonces, las nubes preñadas de lluvia
abandonarían estas tierras hasta el siguiente período. Y entonces, solo
entonces, las mamas de las hembras se hincharían, los huevos se llenarían de simientes,
brotarían las flores rojas de los ceibos y las amarillas de los lapachos. La tierra Yvi estallaría de felicidad y con
ella los mundos de los yoparas.
Pero nada de
ello sucedió en este final de la ceremonia. Antes de que Matzdai caminara los
tres últimos pasos, se desplomó un aguacero negro. Guiraporu, la diosa de la
lluvia y el trueno, lejos de desaparecer, estaba presente y enfurecida como
nunca lo había estado desde que los cielos se abrieron. Un gran trueno bajo del
firmamento estremeciendo todos los rincones de la jungla, temblaron los
pequeños palmitos, se agitaron los troncos del palo rosa y la corteza se
estremeció. Acompañando al trueno, en una siniestra hermandad, un gran rayo iluminó
todo el mundo visible cayendo sobre la elegida.
Su cuerpo se
desplomó con un ruido sordo sobre la pasarela y un brillante objeto se le
escapó de la mano abierta; pronto los dos se ahogaron en la lluvia que había regresado
en tromba. En este desenlace no hubo rugidos del yaguareté, no existieron aullidos
de los monos, el tucán y los vencejos sagrados permanecieron inmóviles en el
aire. Por unos segundos el universo se detuvo y solo el incesante aguacero continuó
su trabajo.
Al poco asomaron
entre los verdes selváticos caras pintadas, manos con brazaletes y collares de
semillas, cabezas con tocados de plumas. Se fueron adelantando hasta la primera
madera de la plataforma, se quedaron allí quietos, con el diluvio resbalando
sobre las plumas. Una pluma vencida que se inclinaban pidiendo perdón. De la
multitud se escapa una madre de ojos cansados que corre hacia el cuerpo de la
muchacha. Se queda parada ante ella y empieza a mecerse entonando un canto
fúnebre que es seguido por miles de miles de voces como si fueran una sola. De
pronto sus ojos tropiezan con el objeto brillante como el sol, un objeto que nunca
había sido visto en esos confines, un pequeño espejo que solo podía venir del
averno, de los diablos de cara peluda. La madre acerca su nariz para olerlo,
sus dientes se clavan en él y cuando lo eleva para enseñarlo a la multitud un gran
destello de luz se escapa del espejo y llega hasta la jungla. Miles de miles de arcos se tensan, miles de
miles de flechas se preparan, es entonces cuando la madre recorre los tres
últimos pasos y se precipita hacía un abismo donde ya no descansa ningún arco
iris, hacia un abismo que ya no es vigilado por el chamán de gran pico amarillo,
hacía un abismo sin vencejos sagrados. Al mismo tiempo una avalancha de
flechas, atraviesa la cortina de agua, y se clavan en el cuerpo de Matzdi, la
elegida.
Este
sacrificio no es suficiente para Tupá, el creador del sol. Se ha violado la
justa manera de ser, se ha desobedecido el Teko Pora y Guiraporu, la diosa de
la lluvia y del trueno, no cesa en su cólera durante noches y días, días y
noches, esta vez en un ciclo interminable… Y así es como se inicia el principio
del fin del universo de los yoparas.
Precioso¡¡
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