miércoles, 26 de enero de 2022

EJERCICIO 2C. AGUSTÍN VELASCO. BARROQUISMO. RELATO.

 
EL MOSAICO DEL UMBRAL
 
Stephen descubrió la llave en una caja ovalada de madera, labrada con un centenar de manos que se cerraban unas sobre otras en incontables apretones, fuertes, como los que sellan un pacto de Estado o de silencio. Era una caja descomunal teniendo en cuenta el tamaño de aquella pequeña llave, lo único que contenía, que tan siquiera tenía pinta de antigua. La caja estaba detrás de las carpetas donde su padre guardaba el testamento, los papeles del banco, las escrituras de la casa y las pólizas de seguro, y bajo ella había un sobre que le pasó desapercibido al principio. En él, cuando lo terminó abriendo, encontró sólo cuatro palabras escritas con la letra cursiva y alargada de su padre. Hijo, recuerda la leyenda. Se refería al cuento que le contaba por las noches, siempre el mismo, para entretenerle mientras cenaba, porque Stephen había sido un niño bastante complicado con el tema de la comida. Hizo memoria:
 
Y un reino se alzará. Llegará el día en que El Advenido cruzará el umbral de teselas de cristal. Cuando ponga el primer pie sobre ellas, la tierra temblará acompañada con el rumor del cántico de los ángeles, que harán que todos los seres sobre la faz de mundo tiemblen de pena y lloren hasta que sus almas queden secas. Cuando el segundo pie cruce el umbral y toque el mosaico de cristal, el árbol dibujado en él despertará, y todo lo construido por el hombre quedará reducido a escombros. Será entonces cuando se alce Shitan, la ciudad final, la ciudad de la esperanza, el refugio de los superviventes.
        Los hombres de la tierra peregrinarán hasta esa ciudad que se alzará alrededor del mosaico de cristal con el Árbol del Destino como emblema. Una nueva floresta, exuberante y poderosa, reclamará su lugar en ese nuevo mundo, creciendo colosal para que los hombres hagan de ella su nuevo hogar. Los árboles serán gruesos y altos como rascacielos, y sus ramas se abrazarán creando nuevos caminos en lo alto. Hombres y mujeres tallarán en su madera su hogar y se alimentarán de sus frutos, abundantes y sabrosos.
        Los ríos se volverán dóciles al recobrar sus cursos y sus cristalinas aguas brindarán el olvido a aquellos que logren sobrevivir al Gran Derrumbe. Sus cauces servirán al hombre para navegar grandes distancias en barcazas construidas con el trenzado de verdes lianas.
        Los individuos vivirán en harmonía y tomarán sus aderezos de la flora con respeto. Ellos se ceñirán mantos tejidos con las briznas refulgentes de las plantas más delicadas y resistentes. Las mujeres se engalanarán con las plumas arcoíris de las nuevas especies que emergerán en este nuevo mundo. No habrá que temer del león ni de la serpiente, pues todos los animales buscarán la caricia y compañía de su nuevo amigo, el ser humano.
        Una vez al año, coincidiendo con el Gran Derrumbe, hombres y mujeres de esta nueva tierra vestirán sus mejores galas y peregrinarán a la morada del Advenido, que alzará su trono sobre el mosaico de cristal, y repartirá su bendición sobre todos aquellos que reconozcan su grandeza. Pero, ¡ay de aquellos que no vean la bondad de este nuevo mundo!, esos no contarán con la bondad de la naturaleza que tornará el agua ponzoñosa para su sed y a los animales voraces antes su presencia.
 
Aquel cántico había quedado fijado en su subconsciente de tan repetido. No estaba seguro de recordarlo completo, y ya no estaba su padre para repetirle aquella cantinela invariable que terminaba con la advertencia Todo sucederá tal que así cuando llegue el momento.
        Le preguntó a su madre si sabía qué abría aquella llave que había encontrado, pero le dijo desconocerlo, y la volvió a poner en su sitio.
        Estudió el testamento de su padre y no logró entender el porqué de una clausula tan atípica como aquella que había introducido por la que su hijo no sólo heredaba todas sus posesiones sino la obligación de residir en la casa familiar. Era absurdo, nadie podía obligarlo a mudarse allí. Lo que le resultó más extraño aún fue la segunda escritura de propiedad que encontró entre los papeles de su padre.
        ¿Por qué no me habías dicho que la propiedad de al lado es también nuestra? —le preguntó a su madre.
        —No digas cosas absurdas. Esa casa es de un señor que se fue al extranjero. Me lo contó tu padre. Cuando me casé y me instalé aquí, ya estaba cerrada.
        Por lo que Stephen recordaba, de cuando en cuando llegaba el camión de un jardinero que se encargaba de mantener el césped y los arbustos bajo control, pero sin buscarles belleza alguna, sólo los dosmeticaba. Y una vez al año se pintaba la fachada, aunque —ahora que lo pensaba, y desde hasta donde su memoria abarcaba— los pintores nunca entraban en la casa. Llegaban, sacaban sus bártulos, hacían su trabajo y se iban.
        —Si hubiera sido nuestra nos hubiéramos mudado a ella. La casa es más grande y tiene más terreno. ¿No te parece? —zanjó su madre.
 
Aquella tarde, mientras su madre se echaba en la cama un rato, agotada por el trajín del entierro, Stephen se sentó en el sillón que había sido el lugar natural de su padre con la caja de la llave sobre su regazo. Desde allí se observaba la ventana de la sala de estar. El televisor quedaba a su derecha y resultaba incómodo verlo tal y como estaba colocado el butacón. Este parecía colocado para contemplar la ventana y, más allá, la casa colindante, siempre cerrada.
        Con la misteriosa llave en la mano, se aplicó a estudiarla a fondo. En una de sus caras se leía la inscripción Yo soy el guardián y en la opuesta Tú eres el elegido. ¿Qué era aquella excentricidad? ¿Y cómo podía ser que la propiedad de al lado estuviera a nombre de su padre? No fue algo extraño que aquella llave empezara a estar asociada a la casa vecina en el cerebro de Stephen, así que decidió probar suerte.
        Salió, cruzó el jardín, y pasó a la finca colindante por una zona en la que el seto era menos tupido. La casa no parecía abandonada, y sin embargo no lograba recordar que nadie hubiera entrado o salido de ella nunca. Insertó la llave en la cerradura y, para su sorpresa, se deslizo con extrema facilidad. Lo que costó un poco más fue desencajar la madera de la puerta de la del marco, ambas un tanto hinchada por el desuso y la humedad perpetua de aquella zona.
        Sintió una repentina aprensión por allanar de aquella forma un lugar que siempre había creído de otra familia, o al menos no de la suya. Se revistió de determinación y se dispuso a penetrar en ella, pero algo llamó su atención. En el suelo. Un brillo.
        Abrió bien la puerta para iluminar la entrada y allí estaba. Un mosaico de pequeños cristales con la forma de un frondoso árbol que refulgía cuando la luz que se colaba entre el marco de la puerta y el cuerpo de Stephen caía de plano sobre él. Imposible pasar al interior sin pisarlo. Un mosaico. Un árbol. Un umbral.
        Miró de nuevo la llave que tenía en la mano. ¿Era posible? Yo soy el guardián / Tú eres el elegido. ¿Quién era él, el yo o el
 

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