LA CASA SIN HISTORIA
Erase que se era una señoritinga muy remilgada que siempre iba en coche y siempre mojada, pero no era la lengua, era Doña Roberta Flac y Muntaner. Roberta era joven aturullada, mujer esplendida y anciana gruñona. Llevaba gafas de abuela y se ponía moño, un rato, porque en seguida su pelo nervioso se escapaba en llamaradas y se le metía en los ojos y en las orejas y le hacía cosquillas en el cuello. Y vuelta a empezar: lo agarraba, lo retorcía y se hacía el moño. Los mechones se reían a carcajadas y se ahuecaban y se le disparaban como guacamayos amazónicos
Vivía en la casa que su padre le regaló con motivo de su trigésimo cumpleaños. Aquella mañana la llamó a su despacho y puso en sus manos las llaves de la casa y un cofre con una piedra singular. Una piedra de agua con un agujero limpiamente horadado en el centro. Una piedra de color ocre, suave en la mano, del tamaño de la palma. “Construye tu vida en torno a esta piedra. Escucha su historia y cuéntale la tuya. Luego escribe. Escribe sin medida, sin puntos ni comas. Escribe con la lava ardiente que mana incesante de los volcanes de ultramar. Escribe con el rayo y con el relámpago, con el trueno y con las primeras gotas de la tormenta sobre la verde alfombra bordada de campánulas doradas. Escribe para que nadie olvide lo que fuimos y lo que somos y lo que seremos por los siglos de los siglos.” dijo y se fue.
La casa de Roberta era la casa del sol naciente y de la luna errante. Estaba construida con cantos rodados en ríos de aguas furiosas, con espejos que reflejaban lo inexistente, con maderas de sándalo e incienso, de sequoias traídas de islas desaparecidas en la bruma de los tiempos, con hojas azules de flores de cardamomo y azafrán. La casa de Roberta era refugio abierto, hogar intemporal y cueva primigenia. Inmensos espacios con columnas y recovecos, pasillos que se deslizan en espirales rectilíneas sin encontrar destino.
Al atravesar la gran puerta se abría un salón sideral de donde salían escalinatas de palacio para hacer entradas triunfales. La de la izquierda bajaba, aquella del centro se retorcía para acabar en el jardín colgante y esa pequeña desembocaba en una nueva escalera que conducía a una ventana por la que se accedía a una nueva sala. Eran escaleras sin principio ni final. Nunca se llegaba a saber si se estaba subiendo o bajando, ni adonde se llegaría. Roberta amaba las escaleras. Veía en ellas símbolos y significados esotéricos a los que no podía poner palabras ni razones.
También amaba las ventanas. Todas las ventanas, las cuadradas, las redondas, las de arco de medio punto y las ojivales. Las ventanas árabes y las medievales. Le gustaban con contraventanas o abiertas al aire sin cristales, con cortinas de encaje o cubiertas de grandes cortinones de terciopelo. Por eso la casa que construyo estaba llena de ventanas hasta cinco o seis ventanas en la misma pared. Ventanas con paisaje y ventanas ciegas. Ventanas increíbles y ventanas ridículas. Ventanas espejo donde se reflejaba el mundo real y el inventado.
En el jardín bailaban los gnomos y las hadas descubiertos detrás de un macizo de hortensias o escondidos tras unas prímulas amarillas y puede ser que estuviesen cerca del laurel o entre las raices del tejo que dominaba el lugar. También había narcisos ahogados en el estanque, jacintos y tulipanes, margaritas. Pequeñas violetas crecían entre las piedras del sendero que parecía conducir al invernadero o quizá al piso de arriba o al sótano o a la terraza. Ningún camino llegaba a donde debía y nadie sabia a donde debía llegar.
En la casa de Roberta no se veía el mar, pero se olía la sal y a veces llegaban retazos de espuma y algas. El sol helado y el aire cálido hacían brotar preciosos corales en las orillas del estanque azul donde se refugiaban las sirenas jugando al parchís con las ranas y con los peces rojos. En la casa de Roberta los jilgueros cantaban por bulerías y los gorriones, operas y los ruiseñores, tocatas y fugas aladas.
Sin embargo, Roberta no daba con la historia que relataban estas paredes, estas escaleras y ventanales. No encontraba hilo de Ariadna para caminar por el laberinto, ni palabras que explicasen estos jardines colgados de telas de araña. Buscaba en los rincones y debajo de las alfombras voladoras y detrás de las cortinas de gasa rosada. En los cajones de las aparadores y en las vitrinas y entre los cojines de plumas de los sillones y en sus orejas inmensas. Y no encontraba.
Así que se conformaba coleccionando poemas ajenos, fabulas extrañas, novelas bárbaras y cuentos de hadas y de los otros. Los guardaba en cajas de cartón forradas con papel de regalo de colores que ataba con cordeles y cintas porque había historias traviesas que se escapaban cuando menos se lo esperaba y montaban escándalos corriendo por la casa y confundiéndose unas con otras. Cuando esto ocurría, se enfadaba y huracanes salían de su pequeña nariz y de sus ojos, la noche más terrorífica y gruñía enseñando los dientes y frunciendo el ceño y era tal la potencia de su voz que todas las historias volvían atropelladas a su lugar. A Roberta le sentaba fatal enfadarse, le daba ardor de estomago y le producía insomnio pero no podía tolerar tamaña desfachatez por parte de esas descaradas.
Aquella tarde de marzo había sido especialmente terrible. Cuando sentada en su sillón preferido se disponía a comerse su ración diaria de pasteles de nata remojados en cacao, se produjo el tumulto. Los cherokees, Toro Sentado y Jerónimo escaparon de la reserva. Blancanieves no paraba de llorar porque el Último Mohicano le había hecho burla y Pulgarcita estaba jugando a ser la más lenta del mundo. Tarzán daba alaridos desde el palo de mesana de barco de Moby Dick, llamando a sus gorilas que se estaban comiendo la casita de chocolate ante la pasividad de la bruja malvada que los contemplaba fascinada. Jane, Rebeca y la Dama de las Camelias estaba peleandose como barriobajeras por un sombrero de plumas. Mari Popins que daba paraguazos a diestro y siniestro, había roto la urna de cristal de los fantasmas y vampiros y en medio de ese caos antológico llamaron al timbre.
Estaba casi decidida a abrir la puerta, pero no lo hizo. Una vez más no lo hizo. No quería más paquetes con nuevas historias, cuentos y anécdotas. La humanidad se había vuelto loca. La gente no paraba de escribir y escribir y escribir... ¿Qué iba a ser de ella? ¿Cuándo acabaría esta producción vehemente, incoherente? ¿No se rebelarían algún dichoso día las palabras, negándose a ser ordenadas y reordenadas para construir vanos mundos fantásticos que asfixiasen a la pobre Roberta? No abriría la puerta. No dejaría que nadie más entrase ni saliese de su mansión.
Profundamente abatida abandonó el refrigerio, ignoró la innegable necesidad de poner orden y se refugió en el lecho, enorme, blando, mullido, acogedor. Se arrebujo en el edredón de plumas de ganso y cerró los ojos. Decidió enfermarse un rato. Largo o corto. Ya se vería. Quería dormir para que las agujas del reloj girasen y despertar cuando ese desastroso día hubiese terminado, pero el tiempo, que también andaba angustiado, estaba atascado en la misma eterna merienda de locos donde el sombrerero, la liebre y el lirón tomaban el té de las seis. El reloj de cuco y el de pared y el carillón y hasta el de la torre daban las seis, las seis y las seis y las seis campanadas.
Y de repente lo supo. Fue un látido fuera de lugar, un ritmo perdido. Lo supo. El cuento de las zapatillas rojas no estaba. Había conseguido escaparse gracias al tumulto organizado por esos malditos indios del tres al cuarto —esa niña perversa nunca estuvo contenta con el maldito final de su cuento—. Y además en su huida danzante se había llevado la piedra horadada, la piedra de agua de la memoria, la piedra angular de su casa y de su vida. Cuando la cogiese se iba a enterar, se le iban a quitar las ganas de bailotear de historia en historia para siempre.
No se sabía que hora era, pero estaba muy oscuro. Se echo encima el albornoz de lunares de los momentos difíciles y descalza, empezó por poner un poco de orden. Amordazó a Tarzán, amenazó de muerte definitiva a Blancanieves y a todas las demás damas y damiselas y con toda la paciencia del mundo recolocó en la bombonera de la abuela, los fantasmas y vampiros que se habían desorientado y daban tumbos por la sala asustándose unos de otros.
Luego se preparó para la caza. La dichosa Karen le llevaba mucha ventaja. Se puso las botas de safari, la bufanda de mariposas bordadas y cruzó el umbral. Cruzó el umbral y atravesó el jardín. Atravesó el jardín y penetró en el bosque oscuro. La recibieron los caminos de asfalto, el aire roto y negro, los humos de gasolina y petróleo. La saludaron el cemento hasta las nubes, las avenidas sin horizonte y el bosque eléctrico de metales oxidados. Vagó por calles solitarias, parque envilecidos y plazas vacías. Escuchó el zureo de palomas sucias escondidas en farolones viejos, el aullido de gatos muertos, y el alma dolorida de perros abandonados. Ratas oscuras la observaban en la distancia.
Por fin la encontró. Podía haber sido en el callejón de los Milagros espolvoreada de comino y ras el hanout o en el callejón del Gato jugando a cruzar al otro lado de los espejos, pero fue en la angostura de Rojas, el del Corazón Perdido, donde la vio. Estaba rodeada de cubos de basura y conversaba con alguien que se hallaba dentro del contenedor más grande, donde trataba de meterse ella también, sin mucho éxito.
—Rojas, ayúdame —suplicaba—. Yo también necesito encontrar algo
—Que no —decía la voz cavernosa desde el interior del contenedor—. Ya es difícil encontrar mi corazón entre tanta vísceras sanguinolentas como para que te metas tú también a revolver.
—Por favor, por favor. Te ayudare tengo una piedra mágica que nos iluminará la búsqueda.
—¿Te crees que en todos los años que llevo buscando no he usado piedras mágicas? No sirven de nada. Maldita la hora en que lo entregué. Maldita la hora en que esa zarrapastrosa lo despreció. Mi pobre corazón. Mi pobre corazón.
—Dejate de maldiciones y ayúdame
—Que no. Olvídame maldita pesadilla.
Roberta aprovechó el último fracasado intento de Karen por introducirse en el contenedor y la pescó por los pelos. ¿Y ahora qué? ¿La metía en un barril de alfileres y la echaba a rodar por la cuesta de los Tormentos, la envolvía en la bufanda de mariposas y la devolvía al hogar con un vaso de leche de miel o la dejaba volar y bailar en el cieno de la marisma de la ciudad?
En estas estaba Roberta, cuando Rojas, el del corazón perdido, salio del contenedor. Tenía la mirada de un cachorro de setter inglés huérfano y los rizos también. El agujero de su pecho era tan enorme como el corazón que entregó y seguramente Karen podría refugiarse allí dentro sin problemas, al fin y al cabo era una bailarina flexible y entusiasta.
Amanecía. Roberta pasaba las hojas de las historias otra vez ordenadas. Tomó la piedra recuperada entre sus manos y la acarició. Cerró los ojos y se la llevó a la frente, la hizo rodar por la cara, por los labios, por el cuello. Su tacto fresco y suave calmó la fiebre. Se concentró en la sensación de dureza, en sus perfectos ángulos redondos. Luego, tomándola firmemente con las dos manos, miró por el agujero. Y vio la niebla que rebosaba suavemente desde la cima de Amboto como la leche hervida se rebosa del puchero, al amanecer y con el sol del mediodía. Vio la lluvia y la nieve y el viento jugando con la hojarasca. Reconoció el árbol centenario que cobija el mundo conocido con sus ramas extendidas. Y supo que la primavera sería tan perfecta como deseaba. Supo que el futuro le prometía días blancos y negros, azules, encarnados, dorados. Jugosos como las naranjas dulces, ácidos como el refrescante limón. Fríos para acurrucarse junto al fuego y calurosos para disfrutarlos en el arroyo. Supo que lloraría y reiría, que le dolería y que pasaría. Que algo parecido a la felicidad ocurriría una mañana y en otra se sentiría desgraciada. Y supo que al final encontraría la historia que debía contar.
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