HIPOCRESÍA
Éramos cuatro compañeras. No nos conocíamos de antes, pero en el curso 2017-2018 coincidimos en la Facultad de Filología porque nos concedieron una beca para trabajar en la Biblioteca. Pronto nos hicimos amigas y compartíamos nuestro tiempo para desayunar en el jardín de la Facultad sobre la hierba, rodeadas de árboles y de alumnos a los que ya sentíamos muy lejanos, muy niños.
Lucía siempre traía una mantita para hacer un pequeño picnic en nuestra media hora libre. La merendilla consistía en un bocadillo y una botella de agua que comprábamos en la cafetería de la Facultad, además de lo que alguna traía extra como caramelos, cacahuetes, patatas y otras chucherías a las que llamábamos “azuquita para el cerebro”.
— Un día de estos le voy a decir lo que pienso al responsable de la Biblioteca —dijo Lucía como quien lanza un petardo y espera a que explote.
— ¿Qué te pasa? —contestamos las tres, casi al unísono, algo extrañadas.
— No deja de decirme lo que tengo que hacer y cómo. Me trata como si fuese retrasada y no sé qué hacer —contestó, poniendo cara de tristeza, pero entusiasmada por nuestro interés.
— ¡Vaya! — le respondí —. Creo que es un poco paternalista. Lástima que lo enfoques así. De todas formas, puedes hablar con él.
— ¿Y qué le digo? — preguntó algo dolida—. ¿Le digo que me trata mal? ¿Le digo que no me gusta que me diga cada día lo que tengo que hacer? ¿Le digo que me tiene harta? ¿Le digo que es tonto?
— Es verdad — intervino Chari—. Tenemos que ser hipócritas en la vida. No podemos ir por ahí diciendo lo que pensamos o lo que sentimos, ni contándole las verdades a la gente.
— Pues yo creo que la sinceridad es una virtud y hay que usarla. Si eres sincero y no hipócrita te irá mejor — sentenció Amelia, la más calladita de todas.
Amelia nos dejó sin palabras. Pronto Lucía cogió su bocadillo y lo devoró como dándose bocados a sí misma. Estaba enfadada y parecía querer comerse a su propia rabia.
— ¿Estás diciendo que hay que ir por la vida diciendo lo que piensas continuamente? — le preguntó con la boca llena.
— Pues claro. Si hablas claro desde el corazón todos entenderán lo que quieres decir — respondió Amelia.
— Me parece que lo he entendido mal. No se trata de ser hipócrita, que lo estoy siendo, sino ¿de decir la verdad “desde el corazón”? — dijo, señalando con el dedo índice a su corazón.
— Estás equivocada Amelia — intervine. No se puede ir diciendo todo lo que piensas. Si lo hiciéramos nos quedaríamos solos. ¿Te imaginas que todas nos dijéramos lo que pensamos de todas, o al jefe, o del trabajo, o de los demás compañeros? Eso impediría la convivencia. Eso no es hipocresía. Hipocresía es otra cosa. Por ejemplo, hipocresía es cuando Lucía le sonríe con aquiescencia al jefe. Es hipocresía porque ella está sintiendo otra cosa muy diferente a lo que muestra con su sonrisa. Pero esa hipocresía es necesaria para convivir, para mantener un trabajo, para seguir teniendo amigos, en fin, para todo.
— No lo veo así. La hipocresía es más grave. Hipocresía es, por ejemplo, ir por la vida de buen cristiano y, mirar para otro lado ante la pobreza, por ejemplo, o cuando un amigo te necesita — explicó Amelia.
— Yo creo que hipócritas somos todos. Nadie va diciendo lo que piensa ni siendo totalmente consecuente con lo que predica o con lo que cree que se identifica más. — replicó Paqui.
— Eso es. Hipócritas somos todos, continuamente. De hecho, si alguna nos hemos dicho en alguna ocasión “hoy tengo un día malo, ni me hables”, hemos pensado “vaya borde” o incluso nos lo hemos dicho, pero entre nosotras que tenemos confianza. ¿No? — dije, mirándolas a todas esperando una respuesta, pero callaron.
Ya habíamos terminado nuestros bocadillos y bebíamos agua. Lucía no estaba más calmada que al principio y continuó con su retahíla de comentarios sobre lo que hacía el jefe y la necesidad que tenía de ser hipócrita.
Nos levantamos sacudiéndonos las hierbas que se habían pegado en nuestra ropa y Lucía recogió su mantita-mantel a la que sacudió y dobló.
— Amelia, la próxima semana te toca a ti traer el mantel para el picnic. Y, por favor, aprende a masticar con la boca cerrada que está muy feo enseñar la comida mientras masticas. Y.… por cierto, tu tic en el ojo te hace parecer a veces una buscona, y otras, parece que tienes un defecto —le dijo Lucía sin pestañear.
Chari y yo nos miramos.
Amelia se quedó atrás, pero ninguna miramos a ver qué pasaba.
Purificación Mallén
Un despliegue de ideas muy interesante. Buen debut. Aunque te digo lo mismo que le he dicho a Esperanza, el ejemplo de esta semana empuja a hacer relatos con una carga teatral muy acusada.
ResponderEliminarSí, te he leído en el grupo. Gracias
EliminarUn tema muy interesante y bien tratado, me ha parecido muy bueno el texto.
ResponderEliminarMuchas gracias¡¡¡
Eliminar