lunes, 17 de enero de 2022

Ejercicio 1B. Purificación Mallén

 ETIQUETAS 

 

Rocío, una señora de unos 45 años se encuentra en un autobús sentada sola. Lleva abrigo, bolso y bolsa de papel con la compra del pan y bollos. En la siguiente parada una señora entra en el autobús y se sienta al lado de Rocío. Esta, sin mediar palabra, empieza a hablar con su acompañante casual. 

Vivimos en un mundo repleto de etiquetas. ¿Verdad? Y no me refiero a las etiquetas de la ropa, aunque, dicho sea de paso, alguna sea digna de mención por su tamaño. Estoy más que harta de tanta etiqueta. Carecemos de libertad. Si tienes la etiqueta de graciosa, siempre tienes que ser graciosa y no puedes estar nunca seria o con la moral por los suelos, tienes que estar siempre alegre y bromeando. Si te etiquetan de “responsable” nunca puedes emborracharte, por ejemplo. Si eres vegana o vegetariana te catalogan de rarita” o de “especial” o que solo quieres llamar la atención o de amargada porque lo que quieres es estar delgada y por eso comes solo verduras. Te preguntan de dónde tomas la proteína y digo yo: ¿desde cuándo le preocupa a la gente cómo toman los veganos la proteína? Si no estás en las redes sociales te catalogan de “consecuente” a veces, pero la mayoría, de que eres antisocial y que así no te enteras de nada y de que no estás actualizada. La gente te etiqueta por todo: que si te arreglas mucho eres “presumida”, si te arreglas poco o nada de “dejada”, que si vistes moderno “esta qué se creerá, que tiene 20 años”, que si no vas moderna es porque eres una “cateta”. Que si eres celosa, de “tonta”, si eres “liberal”, también de “tonta”. ¡Qué hartura! ¿Por qué opinamos tanto sobre los demás? O, lo que es peor, ¿por qué los catalogamos como si fueran un producto de IKEA? Podríamos hacer catálogos con la gente que nos cruzamos a diario con las etiquetas que les ponemos. Nos sorprendería ser conscientes de todos los juicios que hacemos sobre los demás a diario. Los calificamos sin conocerlos. Yo ya he caído en la cuenta de todo esto. Por ejemplo, el lunes pasado me encontré a mi amiga Mercedes, sí Mercedes, mi compañera del instituto, la que fue novia de media clase cuando estábamos en tercero. Ahora está gordísima pero entonces era un bombón, la verdad. Yo no le dije nada de su tamaño, al contrario, le dije que estaba más guapa que la última vez que la vi porque si le pones etiquetas, que sean positivas, ¿no? Me contó que se había divorciado y pensé “no me extraña, ya no eres la misma que con la que se casó, ballena” pero me callé, por supuesto, y la escuché con empatía. Habló mucho sobre “su ex”, dijo de todo menos bonito y me recordó que siempre había sido el ligón de la clase. “Como tú”, pensé, pero no dije nada, no me gusta etiquetar. No se hartó de descalificarlo. No se daba cuenta de todos los adjetivos negativos que le estaba poniendo no solo a él sino también a la nueva novia, a la suegra, a la cuñada e incluso a los amigos que tenían en común. 

Otro ejemplo me ocurrió esta misma semana. El martes, estando en la cola del supermercado, una señora, que parecía educada y que iba bien vestida, intentó colarse la muy caradura. Después me di cuenta, al observarla, que miraba mucho a su alrededor. Intuí que había robado algo. Al pasar por la caja le hice señas a la cajera y exclamó: “¡Pobrecilla, está fatal! No se dio cuenta, la muy lerda, de que mi señal era por si había robado algo, pero, a lo que voy, la calificó sin conocerla. Yo pensé “con razón eres cajera”. 

Dios me libre de hablar yo de mis amigas, pero mi amiga Teresa siempre etiqueta a los demás para bien. Le encanta ponernos adornos. Cuando habla de su primo Eusebio siempre dice “el que es pediatra y vive en un chalet”; o si habla de Aurora siempre la acompaña de “la que es catedrática de derecho Mercantil”. Supongo que lo hace porque ella no es nada, solo una simple ama de casa, frustrada, que se viste con los logros de los otros. 

Y es que la gente no para de juzgar a los demás sin conocerlos o conociéndolos, como si fueran ellos perfectos y los demás estuviéramos llenos de defectos. 

El autobús para y la señora que la acompaña se baja. Rocío mira el reloj. Son las doce de la mañana todavía. No hay prisa. 

 

 

Purificación Mallén 

7 comentarios:

  1. Muy buen monólogo, repleto de ideas que van dando forma al tema. Por poner un pero, pero que es algo muy subjetivo mío: yo trato de evitar de los "por ejemplo" porque suena forzados en un monólogo. Para mi gusto, es mejor meter los ejemplos pero no decir que son ejemplos.

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  3. Me ha gustado muchísimo. Pero mucho, mucho. Muy bueno, enhorabuena.

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  4. Divertido, ameno, y real como la vida misma!!

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