domingo, 16 de enero de 2022

EJERCICIO 1-C RELATO GENEVIÈVE (SONIA) CORCELLE

 

“La infancia es a veces un paraíso perdido, pero otras, es un infierno de mierda”

                                                                                      Mario Benedetti

 

 

 

Reinaba un extraño silencio cuando me desperté aquella mañana. No parecía un día como los demás. Al levantar la persiana de mi dormitorio, no pude contener un grito de sorpresa ante el auténtico paisaje de postal que descubrí detrás de los cristales. La nieve lo recubría todo dándole a la calle una atmósfera irreal que la rescataba de su banalidad. Me quedé un buen rato pegada a la ventana. Tenía seis años y nunca había visto nevar.

Oí el clic del teléfono que alguien acababa de colgar y luego cómo se abría la puerta del dormitorio de mis padres. Por las pisadas supe que era él quien bajaba a la cocina. “¿ Has visto cómo ha nevado esta noche, Papá? Es una maravilla”, le dije sobreexcitada. " Es verdad, la nieve lo embellece todo" me contestó con un tono curiosamente más triste que el habitual. "Podríamos ir a dar un paseo hasta el parque, tú y yo", me propuso inesperadamente “¿ Y mamá ?” “ Sigue descansando”, me respondió, desviando la mirada hacia los tejados que reflejaban la luminosidad intensa de esa mañana de diciembre.

Lo inesperado de la propuesta me llenó de alegría: compartir con él a solas el placer de esa mañana nevada despertó en mí un sentimiento de complicidad que nunca había experimentado. Mi padre era un hombre muy serio, enfrascado en su trabajo, que dedicaba poco tiempo a la familia.

“¡Vamos, Boby!” dije al descolgar la correa. El perro, meneando nerviosamente el rabo, ya nos esperaba en la puerta. Mi padre la cerró muy despacio y nos encaminamos hacia la arboleda cercana que llamábamos El pinar. Boby corría frenéticamente, dejando en la blancura del suelo la huella de sus alocadas carreras. Yo miraba asombrada a cada paso cómo había cambiado nuestro paisaje cotidiano.

Caminábamos en silencio. Nuestras pisadas, de tamaño muy desigual,  dibujaban senderos paralelos. ¡Me sentía tan bien! Recuerdo que pensé: “ ¡que ese paseo no termine nunca”!

Mi padre iba formando bolas de nieve que lanzaba con fuerza contra los troncos de los árboles. Ahora lo veía como el niño que fue y del que yo nada sabía. Seguíamos caminando en silencio. Él solo carraspeaba de vez en cuando sin levantar la mirada del suelo. Yo, para no romper la magia de esos instantes, tampoco dije nada. Pero poco a poco sentí que algo fallaba. Lo miré de reojo. Ahora él iba estrellando las bolas de nieve con una rabia que distorsionaba la expresión de su cara.

                  De pronto se paró y me dijo de sopetón: “mamá está enferma, muy  gravemente enferma”.

“No puede ser verdad”, “No puede ser verdad” . Me aferré a esa frase; mi mente la repetía como un conjuro mientras mi mundo se tambaleaba de golpe. Me fallaron las piernas. Me senté en un tocón, con la mirada perdida hacia la blancura que nos rodeaba. Y de repente, Boby alzó la pata trasera y vi cómo, en un instante, la nieve quedó manchada de amarillo.

 

4 comentarios:

  1. Qué maravilla y qué tristeza. La contraposición entre el maravilloso paisaje, aunque helado, y el suceso es muy buena. Y el final con el amarillo sobre el blanco de la nieve, magistral. Enhorabuena. Me ha encantado.

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  2. Tus relatos son siempre profundos los mires por donde los mires.

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  3. Maravilloso. Una triste delicia. Enhorabuena, me parece formidable.

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