domingo, 16 de enero de 2022

EJERCICIO 1C AMELIA ALONSO

 

LO PROMETIDO ES DEUDA




Le escribo a usted en relación al articulo titulado “Lo prometido es deuda” que se publicó en la revista Marie Claire (de la que soy lectora habitual) en noviembre de este año. Creo que la historia que voy a contarle le aportará datos que enriquezcan su visión sobre el tema (al menos eso me ha ocurrido a mí).

Trabajo de ayudante para todo (ya sabemos como esta el mundo laboral en la actualidad) en un despacho de abogados que se dedica fundamentalmente a divorcios y separaciones. Habría mucho que contar sobre promesas incumplidas en este ámbito (si no fuese por el secreto profesional, qué mal quedaría la imagen de algunos-as).

El momento más tenso en los divorcios suele ser cuando la pareja se acerca al bufete a firmar los papeles de la sentencia. Es el único momento en que por ley deben coincidir ambos en el mismo espacio y a la misma hora, al menos así lo hacemos nosotros. (He visto de todo: situaciones violentas, tiernas, burlas, llantos, ataques de ansiedad...)

En este caso concreto no esperábamos nada especial. Una pareja de mediana edad, con dos hijos. Situación económica saneada. Divorcio de mutuo acuerdo. El marido había accedido a todas las demandas de la esposa: propiedad del domicilio familiar, de la segunda residencia, custodia de los hijos y pensión de manutención. (Demasiado. Cedió en todo sin abrir la boca. Esto me tendría que haber dado alguna pista)

Tenían cita un martes a las diez de la mañana. Primero llegó él y estuvo sentado en la sala de espera un buen rato. (Lo que hubiese encendido mis luces de alarma, si hubiese habido algo alarmante). Un hombre agradable de unos cuarenta y pico años, con gafas y aspecto un tanto anticuado. Llevaba en bandolera una bolsa de deportes roja y negra, de tamaño mediano, de la cual no se desprendió en ningún momento. Ella llegó corriendo al filo de las diez. Entró como una ráfaga de aire fresco, perfumada un poquito de más. Una mujer atractiva con una melena rojiza muy actual y perfectamente maquillada. Saludó correctamente tanto a su pronto ex-marido como a mí. Y sin más dilaciones (no son convenientes los tiempos muertos ni los silencios embarazosos) les conduje al despacho donde les esperaba mi jefe.

Todo el tramite se desarrollo con rapidez y eficacia, pero al salir, con las prisas por abandonar el escenario final de su fracaso, tropezaron en la puerta. El hombre se apresuró a sujetar con vehemencia su bolsa de deportes. La apretó contra su pecho (como quien protege a un bebé de meses). Y entonces la mujer con cara de incredulidad susurró:

    No me digas que las has traído. No puede ser cierto —elevaba el tono de voz y trataba de atrapar la bolsa de deportes que él protegía con ahínco—. Esto es lo último que podía esperar. Aquí. Hoy también. Estás loco —sollozaba y le golpeaba con los puños sin fuerza—. No te lo voy a perdonar. Sinvergüenza.

El marido, sin contestar, mirando al suelo, encogido, consiguió escapar del ataque, cogió la puerta y se desvaneció por el pasillo, siempre sujetando su bolsa de deportes. Entonces intervine. (Aunque este mal decirlo soy muy buena reconduciendo este tipo de situaciones.) Con suavidad pero con firmeza conduje a la mujer, presa de un ataque de ansiedad, al cuartito del café (donde almorzamos los días de mucho trabajo). Le serví un vaso de agua y la dejé llorar y respirar, con mis manos sobre sus hombros para que no se sintiese sola. Me mantuve en silencio, dándole tiempo. (Mentiría si no dijese que estaba intrigadísima por saber que se suponía que había en la bolsa, pero no podía mostrar mi curiosidad). Y como esperaba ella se desahogó y me lo contó todo.

Su relato era deshilado, incoherente, entremezclado de llantos, falsas carcajadas y silencios, por lo que me tomo la licencia de no transcribirlo literalmente (aunque por supuesto que he sido fiel a todos los sucesos y sentimientos que me expresó).

Su marido era un hombre cabal, honesto y cumplidor donde los haya. La vida matrimonial se había desarrollado sin conflictos importantes. Su suegra era una mujer normal y corriente sin grandes expectativas. No era mujer de iglesias ni de cementerios. Su mayor felicidad era ir de rebajas al Corte Ingles. Madre e hijo no estaban especialmente unidos pero ambos tenían a gala cumplir la palabra dada.

Y ahí viene lo bueno. La anciana (ya un tanto demenciada por lo que parece) en sus últimas voluntades dejó escrito que la incineraran y que esparcieran sus cenizas en el Corte Ingles. (Le debía parecer mas entretenido que le llevasen flores al centro comercial). Cuando marido y mujer leyeron las ultimas voluntades que la abuela había dejado escritas en una carta al efecto, se desternillaron de risa y comentaron que lo mejor sería colocar la urna en un columbario del cementerio local o como mucho preparar un rincón bonito en el jardín de la casa del pueblo (así me lo relató la esposa, aunque los hechos demuestran que el doliente hijo no estaba totalmente de acuerdo). El asunto de las cenizas de la abuela no se volvió a mencionar. Coincidió con una tapa de mucho trabajo, alguna enfermedad de los niños… vamos la vida.

Y en esas que nuestro hombre, sin previo aviso, cambia su trabajo de mecánico en la Seat por un puesto de dependiente del Corte Ingles. Cualquiera se puede imaginar que esto acarreó discusiones, enfados y broncas varias, pero al fin y al cabo, era un matrimonio sólido y aguantó el tirón con el argumento de que si vas a ser más feliz, nos apretaremos el cinturón y tira millas.

Y llegó la campaña navideña, el cambio de expositores, la colocación de los nuevos escaparates y el asunto reventó.

Llevado por su promesa el cumplidor hijo se las había ingeniado para colocar la urna con las cenizas de la abuela en una estantería de difícil acceso en la sección de objetos de regalo. Como dependiente de los almacenes no tuvo dificultades para vigilarla y protegerla durante unos cuantos meses, pero le pillaron. No sé como fue exactamente (la esposa tampoco lo sabía), no sé si la urna se rompió en algún traslado y dejó al descubierto su contenido, o si él, en su afán de esconderla, se descubrió. El caso es que lo echaron (personalmente pienso que fue despido improcedente) y se lo tuvo que contar a su mujer. Su mujer que primero no se lo creía, pensaba que era una broma y que luego entró en cólera, para terminar exigiendo que se pusiera en manos de un médico (psiquiatra, en concreto), pero nada. Al final tomaron  la decisión de divorciarse y así lo habían hecho esta mañana.  Antes de dar por terminado el relato, ahora sí, quiero transcribir sus palabras literales porque creo que permiten una comprensión más honda.

      —No había nada que hacer. No era solo amor filial que también, era honestidad, lealtad, cumplir la palabra dada. ¿Y la honestidad conmigo ? Ser fiel a sus promesas ¿y las que me hizo a mí? Hemos ido a videntes, tarotistas, parasicólogos para contactar o eso, pero nada. Él no cree en esas cosas. He intentado tirar la urna, pero imposible. La tiene vigilada a todas horas. Ha desarrollado un instinto perruno con la dichosa urna. Yo le quiero pero no voy a dejar que una promesa acabe con mi vida. En la salud y en la enfermedad. Entiendo que esta enfermo pero también están mis hijos y estoy yo. Que no. Que no. Tenía dudas. Supongo que siempre se tienen dudas en estos casos, pero cuando le he visto la bolsa… Estaba ahí ¿sabe? La llevaba ahí, siempre encima. Ahora se pasa el día sentado en la cafeteria del Corte Inglés, la lleva de compras, por los probadores… Lo ha visto deprimido, triste... Mi marido no era así. Esa promesa lo está matando.

Y esto es todo. La historia en lo que a mí respecta termina aquí. Espero que le sea útil en este asunto de las promesas.

PD: Por supuesto le ruego que guarde en secreto mi filiación y si en algún momento se siente tentado a utilizar esta información no olvide que yo estoy obligada a la confidencialidad y usted también.

6 comentarios:

  1. Divertida. Lo único que no entiendo el ejercicio

    ResponderEliminar
  2. No estoy muy contenta con lo que me ha salido. A lo mejor lo presento para aquello del relato malo.

    ResponderEliminar
  3. Me ha parecido que está muy bien llevada. Mantiene la intriga y está bien escrita.

    ResponderEliminar
  4. Muy bueno. Sobre todo me gusta el trabajo que has hecho con el narrador y el formato que le has dado al relato en forma de carta de los lectores.

    ResponderEliminar
  5. A mí me ha parecido muy original e interesante. Además me encanta cómo está escrita.

    ResponderEliminar