La tarifa de la luz
Es sábado, cuando vivía con mis
padres era el día de limpieza de la casa. Mi madre había organizado y
distribuido cada función entre los hermanos de una forma tan clara y exhaustiva
que no fue posible zafarnos de ninguna de las tareas que nos asignaron. Y hoy
me pregunto si no me transfundió en la sangre esas obligaciones. El caso es que
estuve un tiempo en que me lo tomaba con más relajo, pero cuando vino lo de la
subida de la luz, con sus tramos horarios, se me despertó la obligación. Y aquí
estoy, ni me he lavado la cara porque tengo que poner una lavadora y después
otra. Bueno, voy a poner un poco de música, al menos se me hará menos pesado. Cada
vez que pienso en las palabras de mis padres, cuando saqué la plaza de
ingeniera en la más prestigiosa empresa de este país, me da la risa. Ellos se
pensaron que mi vida se había arreglado porque con el buen sueldo que cobraría no
tendría problemas económicos. Pero
claro, no contaban con que mi salario tiene que cubrir un alquiler que alcanza la mitad de lo que gano,
porque no estoy dispuesta a vivir en un suburbio. Vivir en el centro es caro,
lo asumo y con resto tengo que subsistir todo el mes, además de pagarme el
gimnasio y las clases de chelo a las que no estoy dispuesta a renunciar. Mis
compañeros, cuando me quejo, me dicen que podría compartir piso ¿y por qué no? me
pregunto cuando me cogen despistada, pero la respuesta me sale sola: no quiero
compartir las mierdas de los demás, quiero mi cuarto de baño limpio, al igual
que la cocina, el frigorífico o las sartenes. Qué ¡madre mía lo que yo he visto
en esos pisos compartidos cuando era estudiante! Así que hoy sábado, día de
descanso para el resto de los mortales, me lo paso limpiando, lavando,
tendiendo y cocinando ¿Qué lo podría hacer otro día? Claro que sí, pero no sé
si han sido las empresas eléctricas, el gobierno, o los astros; los que se han confabulado para que el precio de
la luz baje los sábados y los domingos. Porque si el precio barato fuera los lunes y miércoles,
aprovecharía esos días para estas tareas y los fines de semana me los pasaría
tumbada al sol, bailando, o viajando con Javier. Y es que seré muy ingeniera y
los másteres adornarán mi currículum sin dejar hueco, pero me he de llevar la
comida porque si como la bazofia que nos sirven en la cafetería, acabaré cebada
como un cerdito en poco tiempo. Y eso
que yo no soy mijitas, que yo me
ahorro la plancha porque me parece ancestral. Si algo se arruga lo vuelvo a
lavar para tenderlo en una percha, o lo doblo bien estiradito debajo del cojín
del sofá. Después de unos días estará más liso que un azulejo. Mejor no lo
pienso, voy a subir el volumen y me meto en faena que luego me llamará Javier
para preguntarme si salimos esta noche de marcha. ¡Marcha! Le diré con voz de
gato destripado, marcha la que yo he tenido todo el día, ahora lo que me
apetece es tirarme en el sofá, ver una peli y acostarme.
Que manera más interesante de desplegar un montón de temas a partir de un vehículo tan aparentemente anodino como son las tareas del hogar. Enhorabuena.
ResponderEliminarUn monólogo espectacular, me ha encantado. Bravo
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