domingo, 16 de enero de 2022

Ejercicio 1B - Monólogo - Esperanza

 

La tarifa de la luz

Es sábado, cuando vivía con mis padres era el día de limpieza de la casa. Mi madre había organizado y distribuido cada función entre los hermanos de una forma tan clara y exhaustiva que no fue posible zafarnos de ninguna de las tareas que nos asignaron. Y hoy me pregunto si no me transfundió en la sangre esas obligaciones. El caso es que estuve un tiempo en que me lo tomaba con más relajo, pero cuando vino lo de la subida de la luz, con sus tramos horarios, se me despertó la obligación. Y aquí estoy, ni me he lavado la cara porque tengo que poner una lavadora y después otra. Bueno, voy a poner un poco de música, al menos se me hará menos pesado. Cada vez que pienso en las palabras de mis padres, cuando saqué la plaza de ingeniera en la más prestigiosa empresa de este país, me da la risa. Ellos se pensaron que mi vida se había arreglado porque con el buen sueldo que cobraría no tendría  problemas económicos. Pero claro, no contaban con que mi salario tiene que cubrir un  alquiler que alcanza la mitad de lo que gano, porque no estoy dispuesta a vivir en un suburbio. Vivir en el centro es caro, lo asumo y con resto tengo que subsistir todo el mes, además de pagarme el gimnasio y las clases de chelo a las que no estoy dispuesta a renunciar. Mis compañeros, cuando me quejo, me dicen que podría compartir piso ¿y por qué no? me pregunto cuando me cogen despistada, pero la respuesta me sale sola: no quiero compartir las mierdas de los demás, quiero mi cuarto de baño limpio, al igual que la cocina, el frigorífico o las sartenes. Qué ¡madre mía lo que yo he visto en esos pisos compartidos cuando era estudiante! Así que hoy sábado, día de descanso para el resto de los mortales, me lo paso limpiando, lavando, tendiendo y cocinando ¿Qué lo podría hacer otro día? Claro que sí, pero no sé si han sido las empresas eléctricas, el gobierno, o los astros;  los que se han confabulado para que el precio de la luz baje los sábados y los domingos. Porque si el precio  barato fuera los lunes y miércoles, aprovecharía esos días para estas tareas y los fines de semana me los pasaría tumbada al sol, bailando, o viajando con Javier. Y es que seré muy ingeniera y los másteres adornarán mi currículum sin dejar hueco, pero me he de llevar la comida porque si como la bazofia que nos sirven en la cafetería, acabaré cebada como un cerdito en poco tiempo.  Y eso que yo no soy mijitas, que yo me ahorro la plancha porque me parece ancestral. Si algo se arruga lo vuelvo a lavar para tenderlo en una percha, o lo doblo bien estiradito debajo del cojín del sofá. Después de unos días estará más liso que un azulejo. Mejor no lo pienso, voy a subir el volumen y me meto en faena que luego me llamará Javier para preguntarme si salimos esta noche de marcha. ¡Marcha! Le diré con voz de gato destripado, marcha la que yo he tenido todo el día, ahora lo que me apetece es tirarme en el sofá, ver una peli y acostarme.

2 comentarios:

  1. Que manera más interesante de desplegar un montón de temas a partir de un vehículo tan aparentemente anodino como son las tareas del hogar. Enhorabuena.

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  2. Un monólogo espectacular, me ha encantado. Bravo

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