BAJO LA INDIFERENCIA PLOMIZA DEL CIELO
La mañana promete: el sol brilla en este primer día de otoño y el olor del café y de la tostada me invitan a disfrutar del desayuno. De pronto el sonido del teléfono irrumpe en la tranquilidad del salón. Es Juan, el guionista y realizador de la serie televisiva de la que soy protagonista desde hace tres temporadas. Hablamos de cuestiones sin importancia y de repente me suelta:
“Oye, por cierto, Enrique, vas a morir en esta temporada. Pronto, además.”
En un instante el creador de “Oficina Central” me acaba de asesinar. Bueno, en realidad, acaba de asesinar al máximo responsable del DSN, el Departamento de la Seguridad Nacional, Pedro López Ordóñez, al que interpreto.
Recibo la noticia como un puñetazo en el estómago.
En la mesa, el desayuno se ha enfriado.
Me desplomo en el tresillo. No estoy preparado para dejar a Pedro López Ordóñez con el que convivo desde hace más de tres años, día tras día, para abandonarlo así de pronto. O para que me abandone.
Cuántas veces, me he sorprendido, frente al espejo del baño por la mañana, diciéndome en voz alta, “Pedro, pero, ¡qué mala cara tienes hoy” o preguntándole “Oye, Pedro, tú esto, ¿cómo lo ves?”.
Es que a Pedro López Ordóñez lo llevo muy adentro.
Pero ahora sé que voy a desaparecer. ¡Me han cortado la hierba bajo los pies!
No estoy preparado.
En los días siguientes, intento distraerme, yendo al cine o viendo a los amigos pero la vida se ha vuelto insípida. Me duele que el mundo siga girando sin inmutarse cuando yo siento el aliento gélido de la muerte en la nuca en cada momento. Las sombras se van alargando.
Pedro López Ordóñez tiene una vida que a mí me llena. Soy el jefe pero no mando porque sí. Me hago respetar y coordino a todo el equipo con la autoridad que me corresponde, pero con mucha mano izquierda. Todos me quieren y lo noto. Sentir el afecto de los tuyos no tiene precio. Siempre he soñado con tener un jefe así. Y ahora soy ese jefe.
Llego cada mañana al estudio donde me espera Marina, mi mano derecha, la jefa de mi gabinete. Leo en sus ojos aprecio, hasta podría decir cariño. Valora mucho mi trabajo en el Departamento de la Seguridad Nacional, me admira. Incluso hay días en que me pregunto si no habrá algo más por su parte. Creo que sí.
En el momento del maquillaje, en el espejo surge Pedro, con su bigote “morse” que a pesar de mi traje azul marino y mi corbata de rayas me da un aire campechano. Y este parpadeo insistente, muy estudiado, que delata mi perplejidad en situaciones de tensión. Y la elevación repetida de hombros al sopesar distintos modos de zanjar un dilema. Estos gestos los ensayé repetidas veces cuando Pedro entró en mi vida. Me parecía que expresaban bien su vulnerabilidad en momentos claves porque tras esa fachada de hombre seguro de sí mismo y de las decisiones que tomo, escondo una fragilidad que me vuelve muy humano. Y creo que es esta cercanía la que aprecian mis subordinados.
Acudo a las siguientes sesiones de rodaje con el estómago en un puño. Nadie parece estar al tanto del destino que me espera en breve. Las bromas son las de siempre pero quizás me invitan más a menudo a tomar un trago después del trabajo, sí. Y las palmaditas en el hombro, como de consuelo, se multiplican. En el fondo creo que están enterados pero que no lo comentan para no herirme. Me saben frágil y me protegen. Soy un jefe querido.
De pronto pienso con amargura que todos me van a sobrevivir. Los miro mientras se mueven con soltura y alegría en el plató y cada una de sus risas me hiere como una cuchillada. Se ve que ellos no temen el futuro. Respiran la vida a pleno pulmón mientras yo, ya estoy boqueando. Noto que, sin pretenderlo, me están expulsando de sus vidas.
Observo que insensiblemente voy modificando mis réplicas. No me muestro tan tajante en mis exigencias. Deseo que me echen de menos cuando ya no esté. Además, no es que me lo proponga, pero mi tono melancólico traiciona esa tristeza que me lastra.
No he leído el guion con antelación. No quiero saber.
Pero veo cómo poco a poco, indiferentes al sufrimiento que me destruye, me encaminan hacia un destino que rechazo. Me niego a morir como un héroe, desmantelando en Siria una red de espionaje internacional de gran envergadura o saltando sobre una mina en un encuentro al más alto nivel. Soy un hombre sin ambición que solo quiere vivir.
Me aferro a mi despacho que ya miro con nostalgia entre los decorados. Acaricio en mi mesa de falsa caoba el pisa papeles que aplasta dosieres confidenciales, modifico la orientación del flexo y siento que estos objetos de alguna forma ya se están despidiendo. El tacto del respaldo de mi sillón ahora me resulta más áspero, como si se fuera preparando para acoger la espalda de mi sucesor, porque alguien se tendrá que encargar de dirigir el Departamento de la Seguridad Nacional.
No me puedo imaginar al Usurpador. Seguro que el que pretende suplantarme ya se está preparando porque le habrán avisado, claro. Se levantará por la mañana, feliz y sonriente, y silbará frente al espejo. Mientras, yo me arrastro, cabizbajo.
Seguro que me harán un entierro de primera, a la altura de mi cargo y de mi coraje en la lucha. Habrá lágrimas que harán correr el rímel de Marina. Emocionada, sacará un pañuelo del bolso y golpeará suavemente su mejilla para no estropear el maquillaje. Felipe, mi secretario, será el encargado de pronunciar un solemne discurso que rendirá tributo a mis largos años de servicio al frente del Departamento de la Seguridad Nacional. Posiblemente asistirá, en nombre del Estado, algún representante de la Autoridad Suprema. Ya me está mareando el olor dulzón de la corona de flores. No sé por qué pero las flores de las coronas huelen a muerto.
Y yo no quiero morir.
Además, en Producción son capaces de elegir una de flores artificiales, con eso del escaso presupuesto. Sería de muy mal gusto, desde luego. Ya estoy viendo la cinta de raso morado con la frase en letras plateadas: “Te extrañaremos mucho, tus compañeros”. Me emociono.
Me enterrarán, seguro, porque una incineración carece de la solemnidad de la primera paletada de tierra echada sobre mi ataúd al bajarme al hoyo. A lo mejor a alguno hasta se le ocurra entonces decir la frase “Sit tibi terra levis”, cuando esta tierra, que ya estoy mascando, me pesa como una losa.
Voy perdiendo el apetito, y con él, unos cuantos kilos. Sombras oscuras enmarcan mis ojos, delatando el insomnio y el desconsuelo. Una frase me martillea el cerebro: “No podemos aplazar la hora señalada”.
Me quedan pocos días y noto que ahora me acecha la maldición de la invisibilidad. No paran de tropezar conmigo en el plató, como si no me hubieran visto. Yo ya no existo. Me han borrado.
Mi cuerpo es una envoltura vacía que el viento otoñal lleva a su antojo. En las calles las hojas secas cubren las aceras, pisoteadas por los transeúntes que caminan veloces. Bajo la indiferencia del cielo plomizo, me dan empujones y yo me voy tambaleando.
Para el último episodio de mi vida ni siquiera han contado conmigo. Me han sustituido por un monigote cuando caigo fulminado por un explosivo de mucha potencia, en una escena de gran impacto visual que hubiera sido mi momento de gloria.
Me emocioné con la despedida de los compañeros en el cementerio. Fue hermosa. La tengo grabada y me la paso una y otra vez. Pero cuando veo mi tumba con el nombre inscrito en el mármol, me abruma la soledad.
Ya no me miro en el espejo porque no hay nadie en el espejo.
No soy más que un nombre en los títulos de crédito que desfilan a toda velocidad en la pantalla oscura y me arrastran río abajo.
“No te olvidaremos nunca”, rezaba la cinta de la corona mortuoria.
Intento consolarme pensando que nunca es mucho tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario