Iluminada
Para Poliedro 2 – Ejercicio 6 C
Chaqueta y camisa blanca,
pajarita y pantalón negro, Adrián mimaba su uniforme y su aspecto. Como
camarero desde la adolescencia, desarrolló una fina percepción. Actitudes,
manías, atuendos, gestos, tenían para él significados que para los menos
observadores pasaban inadvertidos. Cuando salía por las mañanas decía a su
mujer "cariño, dame un beso, que me voy a la universidad”.
Y, desde que habían hablado
del tema, en los últimos días, su mujer le decía “a ver cuando miramos eso de
la hipoteca, que estamos como piojos en costura; pásate por el banco”, “vale,
vale, veré quien me cambia el turno”.
Llevaba algunos años en el
Novelty, en plena Plaza Mayor. La mezcla del olor a café añejo y reciente
impregnaba las flores de lis del papel de las paredes, las sillas de rejilla
con sus mesas de forja y mármol, y las maderas del zócalo. Las tazas y platillos,
con el sello dorado de la casa, mostraban el trajín padecido con roces en los
bordes. En las horas de más afluencia, el humo danzaba entre el pelo y los
abrigos para luego flotar sobre las
cabezas y pegarse al techo. Solo alguien como Adrián podía percibir la
presencia de alguna cucaracha atrevida camuflada en la oscuridad del rodapié
que circundaba el recinto.
En una mañana tranquila de
enero, entró una mujer rastreando la sala con la mirada y se sentó en una de las mesas
orilladas, próxima a la entrada de los camareros al buffet. Se quitó el abrigo
y lo colocó en una de las sillas. Adrián reparó en su vestido marrón entallado
con un ribete beige en el cuello, collar de perlas y largas piernas que
terminaban en unos zapatos tipo salón de charol y de punta redondeada. No era
cliente habitual.
Seguidamente, antes de que
pudiera acercarse para atenderla, entró un señor de aspecto ajetreado, el
abrigo colgado del brazo, traje milrayas y corbata, gafas de montura gruesa y
de coronilla escasa. Saludó a la mujer. Ella se incorporó en el asiento,
enderezó la espalda, adelantando el busto y muy sonriente le tendió la mano. El
hombre centrando su mirada en ella, trastabilló con la silla, no sabiendo donde
colocar el maletín, lo soltó en el suelo, apoyado en la pata de la mesa. Adrián
se acercó esperando a que se acomodaran y pensó “a este se le va a caer la
baba”
“Bienvenidos. ¿Qué van a
tomar?“ Ella: “Para mí un té con limón, por favor” Él: “a mí tráigame un café
solo; ah ¿y por casualidad tendrían una aspirina y un vaso de agua?” “Desde
luego, enseguida les sirvo”. Según se daba la vuelta para entregar el pedido
alcanzó a escuchar:
-
¿Es que no se encuentra bien?
-
No, no. Es solo el trabajo que se acumula, ya
sabe, una mañana complicada. Pero ahora estoy aquí y me vendrá bien este
paréntesis, en el banco no solemos atender fuera, como le comenté, pero la vi
tan preocupada que no me pude negar, Disculpe el breve retraso, pero me
entretuvo un cliente”
-
No, no se preocupe, al contrario, le agradezco
que haya venido, sé que no suele atender fuera del banco; he sido yo que en mi
nerviosismo me he adelantado un poco.
Con la diligencia habitual el
camarero se acercó con lo pedido y pretendiendo escuchar la conversación, les
atendió con parsimonia. Después en actitud de atención al entorno se apostó en
la entrada del buffet.
“… le planteo mi situación, no
le quiero tomar mucho tiempo Ud. es un profesional tan ocupado e importante…Cuánto
le agradezco su atención… Mire quiero comprar un pequeño apartamento porque
quiero separarme, esto es privado, le pido mucha discreción, mi marido aun no
lo sabe… necesito un préstamo y sé que para algunos clientes los intereses son
más bajos, quería planteárselo por si me podía incluir entre ellos… Ud como
director ¿podrá hacer alguna excepción? – extendió la mano para quitarle una
pelusilla imaginaria en la solapa de la chaqueta, él dio un respingo casi
imperceptible y sonrió.
“Bueno,… - empezó a decir y
carraspeó – las cosas no son tan sencillas, le he preparado los papeles con
cifras abiertas porque no sabía… como me dijo, a falta de nuestras firmas… los
intereses los marca el banco – volvió a carraspear- sí es verdad que en ciertas circunstancias
tengo un margen y poder de decisión…en su caso…” “En mi caso, yo se lo
agradecería muchísimo; cuando quiera podríamos acercarnos a ver el apartamento
y así me da su opinión; pienso zanjar la deuda en cuanto me divorcie; será
entonces cuando tenga liquidez”. “En ese caso… tendré que sopesar cómo”.
En la pequeña mesa era fácil
el entrechocar de piernas, con poca intención bastaba; y ella buscó que
ocurriera. “Disculpe, es tan cómodo hablar con Ud que me he distendido; tiene
un don tranquilizador poco común. Mi situación me tiene inquieta y preocupada,
necesito ir preparando cuanto antes estos asuntos; me entiende ¿verdad?”
Adrián, estaba concentrado en
la conversación mirando al infinito, cuando un compañero con mal tono le
reclamó. Con susto y fastidio corrió a atender lo que le solicitaban, tratando
de estirar todo lo posible su audición y el rabillo del ojo.. En una de las
idas y venidas con la bandeja alcanzó a ver que hacían sitio en la mesa para
firmar unos papeles. Ella se mostró emocionada y posó su mano en la del hombre
mirándole a los ojos. Adrián volvió a pensar “a que se le cae la baba de
verdad”. Vio al hombre sonriente levantó el brazo y le hizo una señal, mientras
fue recogiendo sus cosas y le dio la mano a la mujer. Ella retuvo la sostuvo
entre las suyas, mirándole a los ojos. Él pagó y se fue, volviendo a enredarse
con la pata de la silla sin soltarse de su mirada.
Ella se quedó, al momento
entró un hombre alto con una ceja partida por una pequeña cicatriz que se
interrumpía para continuar en una fina línea por debajo del ojo hasta la nariz.
Vestía una cazadora algo desgastada. La saludó con un beso. Adrián se acercó en
cuanto pudo. Pidieron dos copas de vino. Apenas hablaron. Chocaron las copas y
sonrieron. Pidieron la cuenta y salieron cogidos del brazo.
Esa tarde, cuando Adrián acabó
su turno se fue a casa; por el camino pensaba “¡Qué forma de conseguirlo! Con
mucha cara y poco riesgo. ¡Qué bien nos vendría una hipoteca a bajo precio!
Pero… ¡Qué pena! Yo nunca podría plantearle esa ocurrencia a mi mujer. ¿O sí?
Le comento la anécdota, quien sabe…”
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