lunes, 21 de febrero de 2022

Ejercicio 6C - Iluminada

 

Iluminada

Para Poliedro 2 – Ejercicio 6 C

                                                     La duda

Chaqueta y camisa blanca, pajarita y pantalón negro, Adrián mimaba su uniforme y su aspecto. Como camarero desde la adolescencia, desarrolló una fina percepción. Actitudes, manías, atuendos, gestos, tenían para él significados que para los menos observadores pasaban inadvertidos. Cuando salía por las mañanas decía a su mujer "cariño, dame un beso, que me voy a la universidad”.

Y, desde que habían hablado del tema, en los últimos días, su mujer le decía “a ver cuando miramos eso de la hipoteca, que estamos como piojos en costura; pásate por el banco”, “vale, vale, veré quien me cambia el turno”.

Llevaba algunos años en el Novelty, en plena Plaza Mayor. La mezcla del olor a café añejo y reciente impregnaba las flores de lis del papel de las paredes, las sillas de rejilla con sus mesas de forja y mármol, y las maderas del zócalo. Las tazas y platillos, con el sello dorado de la casa, mostraban el trajín padecido con roces en los bordes. En las horas de más afluencia, el humo danzaba entre el pelo y los abrigos  para luego flotar sobre las cabezas y pegarse al techo. Solo alguien como Adrián podía percibir la presencia de alguna cucaracha atrevida camuflada en la oscuridad del rodapié que circundaba el recinto.

En una mañana tranquila de enero, entró una mujer rastreando la sala  con la mirada y se sentó en una de las mesas orilladas, próxima a la entrada de los camareros al buffet. Se quitó el abrigo y lo colocó en una de las sillas. Adrián reparó en su vestido marrón entallado con un ribete beige en el cuello, collar de perlas y largas piernas que terminaban en unos zapatos tipo salón de charol y de punta redondeada. No era cliente habitual.

Seguidamente, antes de que pudiera acercarse para atenderla, entró un señor de aspecto ajetreado, el abrigo colgado del brazo, traje milrayas y corbata, gafas de montura gruesa y de coronilla escasa. Saludó a la mujer. Ella se incorporó en el asiento, enderezó la espalda, adelantando el busto y muy sonriente le tendió la mano. El hombre centrando su mirada en ella, trastabilló con la silla, no sabiendo donde colocar el maletín, lo soltó en el suelo, apoyado en la pata de la mesa. Adrián se acercó esperando a que se acomodaran y pensó “a este se le va a caer la baba”

“Bienvenidos. ¿Qué van a tomar?“ Ella: “Para mí un té con limón, por favor” Él: “a mí tráigame un café solo; ah ¿y por casualidad tendrían una aspirina y un vaso de agua?” “Desde luego, enseguida les sirvo”. Según se daba la vuelta para entregar el pedido alcanzó a escuchar:

-       ¿Es que no se encuentra bien?

-       No, no. Es solo el trabajo que se acumula, ya sabe, una mañana complicada. Pero ahora estoy aquí y me vendrá bien este paréntesis, en el banco no solemos atender fuera, como le comenté, pero la vi tan preocupada que no me pude negar, Disculpe el breve retraso, pero me entretuvo un cliente”

-       No, no se preocupe, al contrario, le agradezco que haya venido, sé que no suele atender fuera del banco; he sido yo que en mi nerviosismo me he adelantado un poco.

Con la diligencia habitual el camarero se acercó con lo pedido y pretendiendo escuchar la conversación, les atendió con parsimonia. Después en actitud de atención al entorno se apostó en la entrada del buffet.

“… le planteo mi situación, no le quiero tomar mucho tiempo Ud. es un profesional tan ocupado e importante…Cuánto le agradezco su atención… Mire quiero comprar un pequeño apartamento porque quiero separarme, esto es privado, le pido mucha discreción, mi marido aun no lo sabe… necesito un préstamo y sé que para algunos clientes los intereses son más bajos, quería planteárselo por si me podía incluir entre ellos… Ud como director ¿podrá hacer alguna excepción? – extendió la mano para quitarle una pelusilla imaginaria en la solapa de la chaqueta, él dio un respingo casi imperceptible y sonrió.

“Bueno,… - empezó a decir y carraspeó – las cosas no son tan sencillas, le he preparado los papeles con cifras abiertas porque no sabía… como me dijo, a falta de nuestras firmas… los intereses los marca el banco – volvió a carraspear-   sí es verdad que en ciertas circunstancias tengo un margen y poder de decisión…en su caso…” “En mi caso, yo se lo agradecería muchísimo; cuando quiera podríamos acercarnos a ver el apartamento y así me da su opinión; pienso zanjar la deuda en cuanto me divorcie; será entonces cuando tenga liquidez”. “En ese caso… tendré que sopesar cómo”.

En la pequeña mesa era fácil el entrechocar de piernas, con poca intención bastaba; y ella buscó que ocurriera. “Disculpe, es tan cómodo hablar con Ud que me he distendido; tiene un don tranquilizador poco común. Mi situación me tiene inquieta y preocupada, necesito ir preparando cuanto antes estos asuntos; me entiende ¿verdad?”

Adrián, estaba concentrado en la conversación mirando al infinito, cuando un compañero con mal tono le reclamó. Con susto y fastidio corrió a atender lo que le solicitaban, tratando de estirar todo lo posible su audición y el rabillo del ojo.. En una de las idas y venidas con la bandeja alcanzó a ver que hacían sitio en la mesa para firmar unos papeles. Ella se mostró emocionada y posó su mano en la del hombre mirándole a los ojos. Adrián volvió a pensar “a que se le cae la baba de verdad”. Vio al hombre sonriente levantó el brazo y le hizo una señal, mientras fue recogiendo sus cosas y le dio la mano a la mujer. Ella retuvo la sostuvo entre las suyas, mirándole a los ojos. Él pagó y se fue, volviendo a enredarse con la pata de la silla sin soltarse de su mirada.

Ella se quedó, al momento entró un hombre alto con una ceja partida por una pequeña cicatriz que se interrumpía para continuar en una fina línea por debajo del ojo hasta la nariz. Vestía una cazadora algo desgastada. La saludó con un beso. Adrián se acercó en cuanto pudo. Pidieron dos copas de vino. Apenas hablaron. Chocaron las copas y sonrieron. Pidieron la cuenta y salieron cogidos del brazo.

Esa tarde, cuando Adrián acabó su turno se fue a casa; por el camino pensaba “¡Qué forma de conseguirlo! Con mucha cara y poco riesgo. ¡Qué bien nos vendría una hipoteca a bajo precio! Pero… ¡Qué pena! Yo nunca podría plantearle esa ocurrencia a mi mujer. ¿O sí? Le comento la anécdota, quien sabe…”

 

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