6C.- Relato
Iker sospechaba que dos de sus compañeros de trabajo, Ángel y Pepe, tramaban algo en la oficina porque evitaban hablar en su presencia o cambiaban el tema de conversación.
Al principio creyó que se debía a una posible nueva relación entre otros dos funcionarios. Después, a un intento de robo, por eso, decidió usar la estrategia que
siempre había soñado: esconderse en un cuarto de baño.
Esa mañana entró, como de costumbre, se sentó en su silla giratoria, llamó a su jefe, le dijo que se sentía enfermo y no terminaria su jornada. Nadie sospechó al aparecer un cartel de averiado en la puerta
de uno de los dos wateres. Cerró la puerta con llave, se
sentó en la cisterna con los pies apoyados en el inodoro y ensayó una postura
de yoga para aguantar el dolor del coxis contra el pulsador del agua.
El primer intento en sugetarse lo hizo resbalar la tapadera, pero el soporte de papel higiénico que se encontraba a su derecha evitó la caída. Con cuidado volvió a su posición inicial y esperó. Una hora contada minuto a minuto, segundo a segundo y, por fin, una pausa.
Los primeros en aparecer fueron ellos que susurraban:
—Debo conseguir el misterio cósmico— dijo Ángel
—Pasas el día dándole vueltas a lo mismo. Te meterás en un
lio—respondió Pepe
—Confío en ti para guardar este secreto
—Pasamos mucho tiempo en el trabajo. Cualquiera nos puede oír.
—Eres la única persona con la que puedo compartirlo.
Al ser interrumpidos por otro compañero, volvieron a sus respectivas mesas. Ángel parecía
ausente, tanto como un adolescente enamorado. Sopesaba las maneras de conseguir su elemento porque el dinero que ganaba
no le permitía muchos excesos.
Iker que permanecía como estatua callejera, empezó a tener
los glúteos congelados, la pierna derecha adormecida y, ganas de usar el
retrete. Aprovechó que todo parecía tranquilo para bajar y estirar las
piernas pegado a la parte posterior del cuarto y evitar se descubierto.
Al oír que la puerta se abría, volvió a lo que parecía su
palo de gallinero. Las conversaciones íntimas en un lugar íntimo lo hizo descubrir que otra compañera salía con el jefe y, que el
cartero estaba enamorado de Pepe.
Antes de la hora de comer, Ángel y su amigo, tras confirmar que permanecían allí solos, entraron en el baño y reanudaron la conversación. En este instante, Iker no soportaba el dolor de sus manos que intentaban mantener el
equilibrio agarrado con las recortadas uñas a las juntas de los azulejos.
—¿Cómo lo vas a hacer? — Le preguntó Pepe
—Pienso varias opciones — respondió Ángel
—Haz lo que quieras sin complicarte la vida
—Robar es una de mis opciones
—¿Qué? ¡Estás loco!
—Dije una de mis opciones. Claro, si el cosmos no se
resiste.
—Sería genial que pudieras madurar una solución.
—Con dinero evitaría madurar nada.
Iker se desesperada al no conseguir saber de qué misterio cósmico se trataba. ¿Sería Ángel un ladrón? Cada vez más
agarrotado, con los dedos de los pies entumecidos, inmoviles, chocando con la parte delantera de los zapatos que una vez le parecieron confortables, se mantenía por la adrenalina del momento. Aumentaba la respiración cuando la intentaba aplacar al respirar como una
embarazada en las clases de parto. Lo siguiente que oyó fué:
—Mañana te acercas, miras, calculas si puedes atacar por
las orejas, dedos o muñecas—Le pidió Pepe.
—Es pronto —Respondió Ángel
—¿Pronto? Si no haces bien los cálculos fracasarás. A menos
que cambies de objetivo
—¡Ni lo sueñes! Debo apuntar bien y acertar en la diana.
—Empiezas la casa por el tejado
—Es lo que quiero y es lo que haré. A él le encanta la
máscara de Tutankamón.
Cuando escuchó esto, Iker casi se cae del gallinero. ¿De
qué se trataba? Todos sabían que le fascinaba la labor de los orfebres egipcios.
Dejó de sentir dolor en las uñas, el coxis parecía una almohada o estaba acorchado
y la nariz parecía absorber todo el torrente de aire que evitaba salir por la
boca. Los dedos de los pies razonaba que permanecian en su sitio al no sentirlos.
—¿Porqué no se lo dices? —Continuó Pepe
—¡No me delates!
—Como quieras. Te vas a gastar el dinero en tu misterio cósmico
—¡Cállate!
—¿Tanto te cuesta decirle que lo amas? Creo que es exagerado
declararte a Iker con un anillo de oro.
—Dicen que cuando regalas oro, no solo estás entregando una
muestra de tu amor, sino también un misterio cósmico porque aún no está claro
de donde proviene.
—Pareces tan cursi.
—Tengo objetivos. Tú, en cambio, un pica flor.
—Volvamos— Recomendó Alberto
Salieron del baño para terminar su jornada laboral. En este
instante, Iker no podía aguantar más, intentó bajarse de la
cisterna, las piernas ya no le respondían. Cayó a la tapa del wáter que resbaló con él y quedo encajado entre el pie del sanitario y el soporte de papel. La mano no conseguía agarrar con fuerzas el reborde del retrete en un intento por incorporarse. Exahusto decidió recostarse en la pared, estirar las piernas y dormir un poco.
Se despertó al oir desconectar la alarma a la mañana siguiente. Se incorporó, quitó el cerrojo con mucho cuidado, despegó el papel de la puerta y, después de lavarse la cara salió como si acabara de llegar.
El aspecto cansado, casi enfermizo, fué una coartada perfecta, tanto que Ángel no se atrevió a molestarlo.
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