LA PELUQUERÍA
Cuando se anunció por megafonía que la próxima parada era la
suya, Jerez de la Frontera, María, con desgana, se levantó del asiento, estiró
el brazo para recoger la bolsa de viaje y empezó a caminar hacia la puerta
mientras el tren aminoraba la marcha. Miró el reloj, eran las siete menos
cinco, había llegado puntual. Su hermana estaría esperándola en la estación. Por
fin iban a pasar un fin de semana juntas.
Agitó el brazo y apresuró la marcha cuando la vio. No es que
hiciera mucho que no se veían, a lo mejor desde las pasadas Navidades, pero eso
de pasar dos días las dos solas, ni se acordaba. Se abrazaron y besaron antes
de emprender camino a casa.
―Me gustaría tomar un café. Sentarnos en una terraza y
respirar el aire cálido de este avance de primavera que nos ha regalado la
tarde ―dijo
María a su hermana.
―Vamos, aquí al lado hay una estupenda ¿Qué tal el viaje? ―preguntó
Victoria.
―Pues no te lo vas a creer, pero venía tan interesada en la
conversación que traían los que estaban sentados detrás de mí, que me ha dado
hasta coraje tenerme que bajar.
―Ya estoy intrigada.
―Verás, no es que sea interesante, pero era la forma…
bueno, también el fondo, todo, realmente sí, creo que todo era interesante.
―Pero… ¿no me lo vas a contar?
―Tranquila, relájate que tenemos todo un fin de semana por
delante, sin obligaciones, para deleitarnos en lo que queramos. Qué ganitas
tenía de hacer esto.
―Todo eso está muy bien, pero me has dejado con la miel en
los labios y no te veo por la labor de contarme la conversación.
―Hija que impaciencia.
―Déjalo, te voy a
contar la que he escuchado en la peluquería esta mañana, que por cierto, no me
has dicho nada.
―Estás guapísima, como siempre.
―Pues estaba hablando la peluquera que me estaba peinando con
otra, de una clienta que entró sin mascarilla. Le dijeron que se marchara
porque dentro del local era obligatorio su uso. A lo que contestó que no había justificación
científica que avalara llevarlas y que su uso prolongado podría provocar
enfermedades a largo plazo. Le dijeron que no podían atenderla y que hiciera el
favor de salir. Pero para su sorpresa, sacó una mascarilla del bolso y se la
puso.
―Anda ya…
―Te sigo contando: La clienta, después de que la peluquera
que la atendía le dijera que era un martirio estar todo el día con ella puesta,
admitió que no se había vacunado, ni ella, ni nadie de su familia, pero que estaban
tomando dióxido de cloro, que al parecer es lejía.
―Nooo
―Pues dijo que era lo único capaz de curar al virus que nos
estaban transmitiendo a través de las antenas de 5G. La peluquera simuló como
pudo su sorpresa y la clienta siguió contándole que la vacuna es una falsa, a
través de la cual te inoculan un microchip fabricado por Bill Gates por orden
del Gobierno americano, para controlar a la población y establecer un nuevo
orden mundial. La peluquera que ya no pudo más, le dijo que no eso no podía ser
verdad. A lo que la clienta le contestó que no había evidencias del virus,
porque a los que morían no les hacían la autopsia.
―¿Te imaginas hacerle la autopsia a todos? Si no hay
médicos ni para atender a los vivos. Sigue, sigue.
―La señora, al parecer, se explayó y siguió diciendo que
confiaba más en su sistema inmune que en las autoridades; y que ella estaba
tranquila porque tenía la defensa del dióxido de cloro. Así que si lo pillaba, no iba a morir y además lo
veía conveniente porque se inmunizaría por vía natural.
―¡Madre mía del amor hermoso!
―Añadió que los test son falsos y por tanto los resultados
también lo son. Y que si, como ha sido el caso, alguien le ordena ponerse la mascarilla lo
hará, pero que en cuanto salga a la calle se la quita.
―¿Convenció a la peluquera?
―Que va, las peluqueras se llevaban las manos a la cabeza,
sorprendidas de que alguien pudiera decir tanta tontería junta.
―Menos mal, todavía quedamos algunos cuerdos.
―Por cierto, ponte la mascarilla que ya hemos terminado el
café. Voy a pagar y nos vamos que nos queda un fin de semana de ponernos al día
de todas nuestra cosas.
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