VACACIONES DE NAVIDAD
El 2 de enero es un día en el que los trenes de noche hacía Madrid no suelen estar muy llenos y en el vagón solo estábamos un matrimonio de la edad de mis padres, aproximadamente, y yo.
No podía aguantar con mi familia más días, y mentí diciendo que tenía un examen justo el día que empezaban las clases y que debía volverme ya, porque necesitaba estudiar en la biblioteca de la facultad para consultar algunos libros.
Mis compañeros me preguntaron a dónde iba y porqué me volvía a mitad de las vacaciones. Se lo expliqué, pero como no tenía ninguna gana de más conversación con unos desconocidos, aprovechando que no había nadie más en el vagón, di las buenas noches al matrimonio, me tumbé, ocupando los cuatro asientos de mi lado y me hice la dormida.
Creyéndome dormida, pronto empezaron a conversar libremente.
—Ves como esta chica también tiene que volverse antes de terminar las vacaciones por los exámenes, ella tiene sólo uno, Ivan nos dijo que se examinaba de varias asignaturas nada más volver, por eso ha preferido quedarse en Madrid —le dijo la mujer al marido.
—Muy crédula eres tú. Si sólo se queda a estudiar ¿para qué nos ha pedido que le hiciéramos una transferencia de cinco mil pesetas?
—Hay Ramón, que desconfiado eres, ya nos dijo que era para fotocopias, y para un nuevo libro que debía comprar.
—Bueno, ya veremos si a final de curso sus notas son acordes a su esfuerzo.
—Ya verás que sorpresa se va a llevar cuando nos vea, y la alegría de tener la comida hecha y la ropa lavada y planchada.
Yo pensaba que sorpresa, seguro que se llevaría, ¡y tanto!, pero alegría, creo que muy poca. Yo había estado a punto de hacer lo mismo, pero cómo mis padres ya tienen muchas tablas porque tengo dos hermanos mayores que, durante la carrera, hicieron muchas veces cosas similares, no se lo iban a tragar. Dudaba si iba a conseguir adelantar la vuelta sólo unos días, pero ha colado, sobre todo porque es mi primer año en la universidad y, aún, no les he dado motivos para que duden.
—Ramón, cuando lleguemos a casa de tu hermano, dejamos las maletas y nos vamos inmediatamente a casa de Iván. Es una faena que el piso al que se ha mudado no tenga teléfono —comentó la madre.
—Ya, no tiene teléfono, supongo que es algo bastante premeditado. Y espero que lo que nos dijo de que la dirección la sabe su tío, sea cierto, porque ¿no me digas que no es extraño que no nos la haya dado a nosotros?
—¡Y dale, Ramón, que desconfiado eres!, ¿para qué queremos saberla nosotros si no estamos en Madrid?
—Ya veremos, porque, cuando se ha sido cocinero antes que fraile…
Me hubiera gustado preguntar el nombre completo su hijo y a qué facultad iba, tenía curiosidad por conocer la situación real.
Terminé por dormirme de verdad y al entrar en la estación del Norte en Madrid, esta mañana, he recordado parte de un sueño que tuve anoche, en el que veía a mi padre trabajando de cocinero, pero luego, de repente, nos daba la bendición a mis hermanos y a mí, con un hábito de franciscano.
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