domingo, 13 de febrero de 2022

Ejercicio 5C- RELATO- Marta Sanz

 

INCOMPRENSIÓN

 

Envueltos en la incomprensión y el desacuerdo, Thomas y Alice decidieron arraigarse en un territorio perdido de la América profunda. No tenían familia. Compraron unos acres desérticos poblados de matojos y grandes rocas, distanciándose unos pocos kilómetros de la civilización. Madejas de hierba seca les recibieron.

 

Como, en realidad, eran ambos personas enérgicas y trabajadoras se construyeron, echando mano de parte de los ahorros y con su solo esfuerzo, una acogedora cabaña de madera; lo mínimo indispensable para su ascético modo de vida. En el pueblo más cercano adquirieron un sombrero negro de vaquero con un cordón rojo y una camisa de franela haciendo cuadros con los mismos colores para él y un atuendo idéntico para ella. Estaban dispuestos a intentar unirse y a integrarse en el ambiente.

 

Poco después se pusieron a buscar agua. Les habían hablado de un riachuelo subterráneo y movidos por su fe en que ahora todo iba a salir bien, quisieron creerlo. Como todas las personas positivas, tuvieron suerte; al cabo de los meses, su finca dispuso de un pozo. Los pocos habitantes de los alrededores comenzaron a observarles con suspicacia y a reírse de ellos. “Pasará, nos acogerán, nos adaptaremos al ambiente”

 

A continuación, siguiendo con la meta que se habían marcado, labraron mano a mano un huerto con tomates, lechugas, coles, brócolis, coliflores, zanahorias. Cada día era más amplio ya que disponían de mucho espacio entre las rocas. Crearon un vergel. Plantaron frutales que esparcían un aroma embriagador. La burla de los lugareños, en cambio, cada día era más ácida y se tornó en resentimiento. Los tacharon de personas con suerte sin querer asumir su valía y su esfuerzo continuo. Los vecinos se convencieron de que algo de todo aquello debería haberles pertenecido y los robos comenzaron. Entonces, Thomas tuvo que comprar una escopeta para disuadir a los ladrones. Alice no estuvo de acuerdo, pero terminó aceptando que era preferible que los le temieran.

 

En cambio, no ocurría lo mismo con los mirones de otros territorios que, atraídos por los comentarios propagados, llegaban de todas partes a visitar el gran huerto entre rocas. Dejaban vagar a los niños por las tomateras, en los surcos húmedos de los sembrados, pisoteando las cosechas en cuanto se descuidaban. Arrancaban la fruta sin madurar.

 

No era cuestión de emprenderla a balazos con seres indefensos. Así es que cercaron con vallas electrificadas sus cosechas para proteger sus bienes y su intimidad.

 

A Alice se le ocurrió la idea de cobrar una pequeña tarifa de entrada con lo que poco a poco fueron recuperando lo invertido y paseaban sonrientes entre los visitantes. Vendían sus frutas y verduras a un precio asequible.

 

Pero la inquina de sus vecinos aumentaba en la misma proporción que su recaudación. De noche, los envidiosos del lugar cavaban hoyos en la entrada que llenaban de agua para que el lodo dificultara el acceso al huerto.

 

Y la rabia de la jauría fue en aumento. Murmuraban en los oídos de los turistas anécdotas terribles sobre Thomas, infundios lujuriosos sobre Alice; narraban hechos truculentos que ambos habían perpetrado en otros territorios. Finalmente la emprendieron a pedradas contra la cabaña.

 

Una mañana observaron que la pareja cargaba sus escasas pertenencias en la destartalada furgoneta en la que vinieron. Apilaron en el maletero alguna caja con tomates, brócolis y zanahorias, algunas manzanas y un canasto con naranjas y emprendieron camino de nuevo. Los pueblerinos expectantes no los veían regresar y se fueron acercando, cada día más audaces. Al entrar en la cabaña, les llamó la atención los sombreros vaqueros y las camisas de cuadros que habían quedado colgando de un clavo en la pared.

 

Thomas y Alice, de común acuerdo, regresaron unidos a su antiguo hogar.

 

La incomprensión y una cierta desgana reinó de nuevo en aquel territorio de la América profunda.

 

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