sábado, 19 de febrero de 2022

EJERCICIO 5C AMELIA ALONSO

 

DE HONTANAS A CASTROJERIZ

(Estructura Torre????)


A últimos de julio de este año mi marido y yo teníamos previsto hacer una ruta en bicicleta por las Landas, pero a última hora las cosas se torcieron. Un par de compañeros de su oficina dieron positivo en covid y a él le suspendieron las vacaciones y el viaje que con tanta energía habíamos preparado quedó aplazado.

Disponía de una semana libre y no me iba a quedar en casa mirando. Decidí coger la mochila y hacer unos tramos del Camino de Santiago. Ya lo había hecho más veces. Es un plan fácil: todo el recorrido está señalizado y hay albergues cada pocos kilómetros. Si no se ha entrenado hay que empezar con pocos kilómetros al día para ir aumentando según se tengan los pies más hechos. Mi plan era hacer el tramo Nájera – Frómista, luego desviarme por el Canal de Castilla hasta Palencia —en total unos 200km— y de allí volver en tren a casa.

El primer día hice noche en Azofra a unos 10km de Nájera, el segundo en el histórico albergue hospital de Santo Domingo de la Calzada. No pude dormir en San Juan de Ortega como me hubiese gustado, pero en Atapuerca me invitaron a visitar la excavación y más tarde en Rabé después de atravesar Burgos disfruté de una cena popular con velada de teatro al aire libre. Algunas etapas las hice sola con mis pensamientos y otras en compañía de peregrinos de distintos pelajes. Así llegué a Hontanas.

En el albergue de Hontanas no había muchos huéspedes y pude elegir una litera baja cercana a la puerta. Después de ducharme, lavar las ropas y cuidar de mis pies, dejé mi mochila y mis zapatillas ocupando mi cama y me fui a pasar el resto del día en la piscina del pueblo donde tuve ocasión de comer, nadar, leer, poner al día mi diario de viaje y charlar con otros peregrinos.

Cuando volví al albergue encontré mi cama ocupada. Un tipo de aspecto descuidado se había tumbado en mi litera. Mis cosas estaban por el suelo.

Oiga, esa cama es mía —le dije con bastante educación.

Cuando he llegado no había nadie y ahora estoy yo —gruñó.

He dejado mis cosas ocupando la cama —insistí.

Ahora estoy yo —repitió y se dio media vuelta dándome la espalda.

Su actitud, esa manera de ignorarme, me hizo ponerme de muy mal genio. Había literas libres, podía irme a cualquier otra, pero no era eso. Yo tenía razón. Quería disculpas, explicaciones. Quería que me hiciese caso, que reconociese su culpa. Quería mi litera y mis cosas en su sitio. Frustrada y rabiosa me puse a zarandear la litera cada vez con más fuerza repitiendo a gritos que esa era mi cama. En esas acudió el hospitalero trató de tranquilizarme y tomándome con firmeza del brazo me condujo fuera de la habitación. Me dio la razón en todo y me sugirió que dejase estar el asunto. En compensación me ofreció un dormitorio privado con baño. En el camino y después de cinco días durmiendo con desconocidos eso era todo un lujo que acepté.

Me metí desnuda entre las sabanas limpias y traté de dormir. Me fue imposible. No paraba de darle vueltas a lo ocurrido. La cara del estúpido gilipollas que me había quitado la cama no se me iba de la cabeza. Me sentía humillada. El tipo se había salido con la suya. Todo había sido una bajada de pantalones. Algo dormiría, pero con un sueño demasiado ligero como para descansar. Al final con los ojos como platos, consciente de que no iba a dormir más decidí que lo mejor era marcharme y seguir el camino. Así evitaría ver al imbécil por la mañana o coincidir con él en algún tramo. No sabía que hora era —en estas salidas me gustaba desconectar y no llevaba móvil—, pero no podía faltar mucho para el amanecer. Ya había salido de noche en otras ocasiones. Me gustaba andar en la oscuridad y ver salir el sol acompañada de gorriones, cigüeñas en los prados, ranas en los charcos, algún conejo y en una ocasión un ciervo que me miraba tan asombrado como yo a él. Me vestí, me coloqué el frontal y salí de allí.

Puede que mi error fuese elegir el atajo campo a través en lugar de seguir por la carretera. En su momento valoré que así evitaría encontrarme con algún vehículo sin apenas visibilidad y siempre es más agradable andar por la naturaleza que por el asfalto. La senda que había tomado no tenia perdida y en principio me pareció más segura.

No llevaba más de 15 minutos andando cuando la linterna del frontal empezó a fallar. Era una noche sin luna. El arbolado, sin ser excesivo ocultaba la poca luz que podía llegar del pueblo y sin linterna mis pasos eran vacilantes. Descubrí que apagándola unos minutos, cuando la volvía a encender alumbraba algo mejor durante un rato. El camino de arenisca resaltaba en la oscuridad y poco a poco empecé a caminar con más confianza usando la luz a intervalos.

Entonces empecé a escuchar ruidos, a mi lado, por detrás, como roces entre la hierba, movimientos en las ramas de las moreras y los brezos. Si paraba los sonidos paraban pero cuando empezaba a andar volvían. Quise creer que eran mis pasos o algún animalillo asustado, pero seguía escuchando un aliento, una respiración junto a mí. Aquello empezaba a pesar en mi ánimo. Las sombras de los quejigos, las rocas que se me figuraban extraños a la vera del camino me hacían desear correr, correr como alma que se lleva el diablo. No me podía permitir ese lujo porque seguía teniendo el problema de la linterna. De todas maneras no podía faltar mucho para el amanecer. Traté de caminar mas deprisa para dejar atrás el encinar y retomar la carretera cuanto antes. Miré al cielo buscando algo de sosiego. Las luces parpadeantes de las estrellas estampadas en aquella inmensidad negra me ayudaron a respirar profundo. Me obligué a ignorar el aliento que me rodeaba y a seguir andando con aparente tranquilidad aunque sujetase el bastón como hacha de guerra.

Por fin llegué a un pequeño alto desde donde se intuía la carretera. Ansiaba el encuentro con la civilización, pero no era eso lo que descubrí. Allí me esperaban unas ruinas de una piedra más negra que la noche que me rodeaba. Se adivinaban un claustro, un gran portalón gótico y una torre de aguja oscura. La imagen no era tranquilizadora.. Confieso que me asustaba seguir en dirección a aquel lugar, pero no había otra. Volver atrás quedaba descartado. Quedarme allí quieta envuelta en sombras hasta el amanecer, todavía era peor. Las presencias, sonidos, alientos o lo que fueran me seguían rodeando.

Recé. Lo tengo que confesar. Recé como una niña, rece pidiendo protección pidiendo un milagro de los ángeles, de los santos, de dios y de la virgen. Recé para que se acabase la pesadilla. Y seguí hacia adelante. Las ruinas cada vez estaban más cerca, se hacían mas imponentes, mas sombrías. No imaginaba como podría atravesarlas sin sucumbir al pánico.

Entonces se abrió una puerta y se encendió una luz en una caseta que hasta entonces me había pasado desapercibida. Un instante fue suficiente para darme esperanza. Si empezaba a haber movimiento era porque faltaba poco para la salida del sol. Ahora sí podía caminar con rapidez, con rotundidad, acelerando el paso, clavando el bastón en la tierra. Cruce bajo el portón y atravesé las ruinas. Clareaba y se empezaba sentir el movimiento del día.

Sin mas problemas alcancé Castrojeriz y me senté en el murete que rodeaba la iglesia de Nuestra Señora del Manzano, a esperar que abriesen el café cercano. Me fumé un merecido cigarro contemplando la hechura clara y acogedora de aquella plaza, la tranquilizadora iglesia bajo el cielo azulísimo de lo que prometía ser un caluroso día de verano.

Mientras descansaba se me acercó un vejete madrugador que señalando con la cachava hacia Hontanas y lo que había sido mi recorrido me preguntó burlón

¿Qué, morena, has visto los fuegos de San Anton?

No. No sé que es eso le contesté desconcertada.

Pues tienes cara de haberlos visto y hasta de haber andado con ellos dijo y riéndose con toda su boca desdentada al aire continuó su paseo mañanero.

Comenté aquella experiencia con otros caminantes, peregrinos o no. Unos me dijeron que fueron imaginaciones provocadas por la falta de sueño o por el desagradable incidente del albergue. Otros supusieron que verdaderamente había alguien en la senda, algún otro peregrino tan asustado como yo o incluso el tipo del albergue que por cierto no volví a ver. Un brasileño, muy versado en leyendas del camino, me contó que las ruinas que había atravesado eran las del antiguo monasterio de San Antón, donde los monjes se dedicaban a cuidar de los enfermos de fuego de San Antón. Esta enfermedad, causada por comer pan hecho con cereal contaminado de cornezuelo, provocaba alucinaciones, grandes dolores y gangrena. Durante muchos años el único remedio que se conocía era peregrinar a Santiago y acogerse en el Hospital del convento donde curaban a los enfermos con pan candeal. Al cambiar de alimentación la enfermedad remitía. Muy interesante la exposición histórica, pero no acababa de explicar lo que yo había sentido.

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