martes, 15 de febrero de 2022

EJERCICIO 5 C) RELATO ESPACIOS Aurora Palomo

EJERCICIO 5 C) RELATO  Aurora Palomo


EXCURSIONES



Emocionada estaba llenando el macuto. Mañana, como cada  junio las cinco amigas nos íbamos  de acampada a la Sierra de Cazorla. Era el viaje de aventuras que esperaba con ilusión cada año. Después de siete horas de camino, llegamos a la zona donde siempre acampábamos y montamos las tiendas. Cansadas nos tomamos una sopa y nos acostamos. 

A la mañana siguiente, apareció el guarda forestal de esa zona. Nos dijo que allí no se podía acampar, pero como cada año, lo convencimos y nos quedamos. Todos los días por la mañana, venía a ver cómo estábamos. Nos comentaba dónde podíamos ir. Durante una semana nos sentíamos unidas a aquel universo de flores, plantas, animales, aromas, éramos una con él, la brisa en la piel, el sol en nuestros cuerpos, el sonido del agua fluyendo en las pozas, la tierra acogiéndonos.

Estábamos dispuestas a disfrutar de la naturaleza. A veces encontrábamos una senda de animales que subía a un pico y allí íbamos escalando riscos hasta la cumbre. Lo peligroso era bajar esas rocas que habíamos subido casi sin esfuerzo.  

Uno de los días  fuimos a explorar el embalse de Valdeflores. Llegamos en coche a las inmediaciones, a través de una pista forestal, de las miles que atraviesan la reserva natural. Era de tierra amarillenta y ascendía entre la espesura de bosques de pinos ancestrales. A lo lejos en las cumbres de las montañas saltaban de riscos en riscos las cabras montesas con sus grandes cuernos enrollados en sí mismos. Comenzamos a andar  por una senda en la que había  huellas de  ciervos, gamos, cabras y  camas de jabalíes. Era su camino hacia el agua del pantano, que calmaba su sed. En nuestro camino nos encontramos una manada de gamos y algunos muflones que desaparecieron al instante. Hasta allí llegamos. Un letrero avisaba: Prohibido Bañarse.  Prohibido Pescar.

Era un pantano pequeño, en lo alto de la montaña, lo recorrimos en poco tiempo, avistando en el agua truchas que nadaban tranquilamente en las orillas. En un costado encontramos el túnel que nos había dicho el guarda, con una acequia alimentada por el agua del pantano, entramos en él. Estaba oscuro, de vez en cuando un pequeño ventanuco daba luz y después de media hora llegamos al final del pasadizo. Cuando salimos a la luz, la vista era impresionante, enfrente de nosotras había unas cuevas horadadas  en la montaña, hondonadas, picos y agujas de piedra caliza amarillenta y negra. 

Abajo se encontraba  la subestación de electricidad del río Borosa. Bajamos hasta ella. Cuando llegamos al río,  el guarda forestal que nos esperaba (allí donde íbamos siempre había uno), nos comentó que las cuevas eran de la era cuaternaria. El camino de vuelta después de comer el bocadillo, fue arduo y algo peligroso, pues el camino para subir era de piedras sueltas y resbaladizas.

Un día hermoso que comentábamos alrededor del fuego de campamento (con un cubo lleno de agua al lado), que teníamos en el centro de las tiendas de campaña. En el silencio de la noche las luciérnagas comenzaban a brillar, como si fueran estrellas caídas del cielo. Los gamos eran los animales más atrevidos, llegaban a beber al lado de las tiendas. Acampábamos cerca del nacimiento del río Guadalquivir, en la zona de los Llanos. Ahora está prohibido acampar allí, solo lo permiten en el camping.  

  Cinco años seguidos fuimos al corazón de  Cazorla.  Cada año se apuntaban más amigos a venir con nosotras. Conocimos parajes extraordinarios, a personas entrañables y amables y comimos buen manjar de la zona. El último año, el guarda nos comentó que sería imposible acampar allí si volvíamos, pues  iban a prohibir la acampada libre.  No hemos vuelto a la Sierra de Cazorla.

En lo profundo de nuestros corazones agradecemos estos días de libertad.


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