lunes, 7 de febrero de 2022

Ejercicio 4C Purificación Mallén

 LA NUEVA VECINA 

 

En el piso de al lado se ha instalado una nueva vecina, dijo la mujer presumiendo de tener algo nuevo que contarle. 

¿Desde cuándo? Ayer estaba vacío. ¿Y viene sola o acompañada? ¿Lo sabes?, respondió el marido 

Viene sola. Lo sé porque la he visto sola y porque la he oído decírselo al dueño del piso cuando se han despedido. Al parecer, en principio, venía con su pareja, pero se han separado. Ella es profesora de pilates y tiene trabajo. Va a dar clase en un colegio algunas mañanas y en un gimnasio por las tardes, le relata la esposa. 

¿Todo eso le ha contado a su casero?, interroga el marido. 

No. Al casero le dijo que de momento viviría sola y que era profesora. El resto lo he oído por casualidad mientras ella, la nueva vecina, hablaba por teléfono, informa la mujer.


El marido se levanta y pone la oreja junto a la pared del salón, pero no oye nada. 

Es mejor desde el balcón, le indica la mujer. 

Manuel, el dueño del piso, vive de su pequeña pensión y del alquiler de dos pisos propiedad de su mujer. Durante años los alquilaba a estudiantes, pero, descontento de este mercado, reformó sus inmuebles y optó por poner carteles en los colegios e institutos para alquilar sus pisos a profesores, personas formales, según él, con sueldo fijo y que se iban cada año. Esto le daba tranquilidad y casi no tenía que preocuparse de nada.  

Cuando venía al edificio solía saludar al matrimonio, pero en esta ocasión no habría podido por alguna razón, pues le encantaba contarles todo lo que sabía sobre los nuevos vecinos ya que contaba con que el matrimonio era su aliado y que, en caso de ver algo “raro” en el comportamiento de los inquilinos, lo avisarían. 

Pues yo quiero verla. En cuanto sepas que va a salir me lo dices, dice el marido. 

La mujer se va al lavadero que linda con el de la nueva vecina y no escucha nada. Se traslada a la terraza cuya separación con el de la vecina es un mero cristal que, aunque no deja ver nada, sí permite ver siluetas y manchas y, por supuesto, escucharlo todo. 

Como no oye nada, decide montar la guardia en la entrada de su casa acomodándose en una silla mientras lee una revista del corazón de la semana anterior. En cuanto suena la cerradura de la puerta contigua silva y el marido coge la bolsa de basura para salir y hacerse el encontradizo. Ella le abre la puerta y casi se le escapa la vecina porque coge las escaleras muy deprisa. Va ataviada con ropa muy ceñida. Tan solo lleva unos leggings y un top.  

A él no le da tiempo de saludarla, aunque sí de observarla. Rápidamente vuelve a casa para contarle a la mujer lo que ha visto, narrándole hasta el color de las zapatillas de la nueva inquilina y la ausencia de calcetines, así como el itinerario que probablemente haya cogido por la dirección que tomó. 

Parece que conoce el barrio, dice la mujer. 

La mujer coge el bolso y sale a comprar con el esposo, que siempre la acompaña a casi todo.  

Compra ropa de footing y pilates. 

Para hacer deporte, le dice al marido. 

Yo no puedo, ya lo sabes, pero me lo contarás todo, ¿verdad?, pregunta el esposo. 

Sabes que sí, amorcito. Responde mecánicamente mirándolo sin decir nada. 

El marido descubre que la vecina está cocinando por el olor a verdura braseada. Se instala en el lavadero y escucha la música que tiene puesta sin saber calificarla pues la desconoce. La música se extingue para escuchar una conversación telefónica. Perfectamente oye risas y una cita. La nueva vecina ha quedado a las ocho con alguien, pero no sabe dónde.  

Se lo cuenta a la mujer y esta se arregla y se perfuma.  

El marido se emociona al verla y monta guardia detrás de la puerta.  

En cuanto oye las llaves de la cerradura silva y acude la mujer disponiéndose a salir para verla. La vecina lleva un vestido de tirantas blanco, como de gasa y va descalza. Huele a perfume del bueno, suave y envolvente, como a dama de noche. Está en la puerta de su casa con dos copas y una sonrisa que invita a entrar.  

La mujer se presenta y le ofrece su casa para cualquier cosa que pueda necesitar. La nueva vecina se lo agradece sin dejar de mirar al ascensor, del que sale un hombre joven y bien parecido con una botella de cava en una mano y una bolsa de papel en la otra. El papel es opaco y no deja ver lo que contiene. La mujer cree que será comida fría o bombones ya que en el descansillo no huele a nada salvo a dama de noche. La vecina deja de atender a la mujer y, como puede, le da las gracias y entra en su casa de la mano del visitante. 

La mujer baja las escaleras andando y no vuelve rápidamente. Se va al supermercado donde compra una botella de cava frío y una barra de labios color buganvilla. 

Entra en casa y el marido está pegado a la pared del salón. Cuando la ve con los labios pintados se va hacia ella y la besa esparciendo todo el carmín por sus labios. Ella pone la botella encima de la mesa que queda cubierta por su sujetador cuando él se lo quita y lo tira hacia el techo. 

Al día siguiente la nueva vecina, vestida para correr, llama a la puerta para presentarse formalmente. La invitan a pasar a tomar un café, pero les dice que ella no toma café sino té de kombucha y que, además, tiene algo de prisa porque tiene entradas para ir al cine y antes quiere correr por el cercano parque durante al menos media hora. 

Nosotros iremos mañana al cine, dice la mujer. 

A ver la que han nominado para los Goya, dice el marido. 

Podemos quedar, dice la vecina. 

De acuerdo, encantados, dice el marido. 

La vecina se marcha y el matrimonio, sin hablar, se arreglan y se van a la calle. Ella compra un perfume nuevo y él te de kombucha con té negro y té de kombucha con té verde. 

Al día siguiente la mujer se viste para hacer deporte. Antes se toma un té y no le parece exquisito, pero tampoco mal. Sale durante una hora. Vuelve sudando. Cuando él la ve, se enamora de sus gotas de sudor y de su cintura descubierta. 

No me importa el sudor, dice besándole el cuello. 

Por la tarde, salen los dos juntos al cine. Cuando termina la función, compran 4 entradas para la semana siguiente ver la película nueva que se estrena. 

A las dos semanas aparece Manolo, el propietario, en su casa. Les pide que cuando la nueva inquilina esté en casa que lo llamen ya que él no la localiza. Les cuenta que necesita el piso para un sobrino y que, si ellos le dicen lo más mínimo negativo sobre la vecina, piensa pedirle que se vaya lo antes posible.  

El marido y la mujer se miran y le comentan que lo avisarán, pero que no es buena idea, que la chica es discreta y respetuosa y que seguro que le cuida bien el inmueble. 

Manolo sale contento de la casa. Al marcharse le pregunta al matrimonio si han estado en un balneario porque ella, con perdón, parece más joven, hasta más alta, diría él. 

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