CAMBIO DE
PAREJA
Nunca había
madrugado tanto como el día que descubrí a mi marido colocándose mis medias frente
al espejo del dormitorio. Aquella noche no había logrado dormir bien, hacía un
calor insoportable y a mi marido no le gustaba tener encendido el aire
acondicionado durante la noche. A las seis de la mañana, tras un breve sueño que
me supo a poco, decidí poner fin a mis intentos sin éxito de descansar y abrí los
ojos. Al girar la cabeza para mirar a mi marido, al que suponía dormido junto a
mí en la cama, lo vi: la espalda desnuda, las piernas embutidas en mis medias
usadas, las que había dejado de cualquier manera en la silla al acostarme. Mi
marido no llevaba nada encima salvo las medias y lo primero que pensé, aún medio
dormida, fue: «¡Qué buen culo!». La admiración me duró poco, el tiempo de procesar toda la escena en su
contexto. ¿Qué coño hacía Pedro poniéndose mis medias?
Fingí seguir dormida y
observar así el comportamiento de mi marido en aquel momento. ¿Qué sería lo
siguiente? ¿Era este algún ritual cotidiano que yo desconocía por completo?
Igual a las medias le seguían mi vestido y el sujetador reductor que tanto me
gustaban y que había llevado el día anterior. Ya puestos… Mi asombro fue mayúsculo
al comprobar mi equivocación: Pedro se estaba vistiendo con los pantalones de su
traje encima de mis medias, seguido por los calcetines y el resto de su
vestimenta para el trabajo.
Lo que más me disgustó no
fue que llevara puestas mis medias, sino que no se dignara a usar ropa interior.
Yo soy muy escrupulosa para según qué cosas. Este detalle tan molesto casi echa
al traste mi intención de espiar a mi marido, a punto estuve de incriminarle por
este motivo. Pero me mordí los labios y continué mirándolo. Había vuelto frente
al espejo, que hacía ángulo muerto con la cama y por tanto no mostraba mi
imagen. En todo momento me había dado la espalda y no se había percatado de que
estaba siendo observado. Mi curiosidad iba en aumento.
Mi marido empezó a pasarse
las manos por el pecho, descolocando la corbata y abriendo accidentalmente uno
de los botones de la camisa. Siempre mirando al espejo. Siempre mirándose a los
ojos. La mano derecha comenzó a bajar hacia el estómago, más abajo, cada vez
más abajo hasta llegar al cinturón. La mano, ya dentro del pantalón, no se
movía. En ese instante, mi marido comenzó a gemir, un gemido de placer, de ardor.
Jamás había visto a mi marido así, ni siquiera cuando teníamos sexo. Estaba excitándose
frente al espejo, él que era la viva imagen del hombre correcto, apropiado y
comedido. No daba crédito a lo que veía.
––Pedro, cómeme entera.
Un susurro, tan solo un
murmullo de tres palabras. Las tres palabras que formaban mi grito de guerra.
La frase que yo siempre decía antes del orgasmo.
Mi marido, como movido
por resortes invisibles, volvió a recomponerse la camisa, la corbata y la
chaqueta, se pasó la mano por el pelo y con paso decidido salió de la
habitación para empezar la jornada. Con mis medias puestas, pero sin mí. Aquel
mismo día tramité los papeles de nuestro divorcio.
Muy chulo. Me ha recordado a ejercicios anteriores de Agustín y A.Castilla x lo del sexo jj
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