EDUCACION FISICA
El patio del colegio de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro estaba
lleno de gritos, risas, carreras y sudor, era la hora del recreo. En el lugar que
le correspondía al último curso de Primaria, Patri se encontraba rodeada por el
grupo de Aitana. Una Aitana que en realidad se llamaba Mª Ángeles y era la
única que hablaba de toda la pandilla de las Kawaiis.
— Ya sabes… Seguro que, a ti, Orco supernerd, se te
ocurre algo. Si lo haces bien te dejamos tranquila y a lo mejor… —sonrió
mientras la señalaba con el dedo—a lo mejor hasta te dejamos estar con nosotras
en el recreo.
— Vale —fue lo único que contestó Patri.
— Recuerda, el examen final de recuperación es el
lunes, arréglatelas como puedas, pero no la queremos ver por aquí. —le insistió
Aitana, la niña más mona de la reunión de niñas monas, hija además de la guapísima
presidenta del Ampa.
Patri se había incorporado al colegio ya empezado
el curso y era la diana preferida de las Kawaiis y de su capitana. Sus padres
habían tenido un rápido divorcio y ella y su hermana mayor se habían vuelto a
España con su madre. Adiós a Berlín, a sus amigas, a su cole, y a su otra
lengua. Todo su mundo desmoronado en pocos meses, sin conocer el motivo. Su
hermana pudo incorporarse de libre oyente a la Facultad de Telecomunicaciones,
pero ella solo había encontrado plaza en ese colegio. Le había rogado a su
madre estudiar sin matrícula en el colegio alemán o en su casa a distancia, pero
se había negado. «Hemos buscado y rebuscado. No hay otra alternativa para este
curso. Empezaré a buscar para el siguiente. Te lo prometo». La niña tenía todas
las condiciones para sufrir las burlas y algo por parte de Aitana y de su camarilla.
Con sus once años, era mucho más alta que el resto de la clase, su pelo muy
corto y rizado contrastaba con las largas y cuidadas melenas de las Kawaiis,
una de las señas de identidad del grupo. Hablaba varios idiomas y su español
tenía un fuerte acento alemán, era una nerd en tecnologías y matemáticas, pero
sobre todo y ante todo era la nueva y la rarita, la Orco decidieron llamarla.
Patri no tenía ningún interés en compartir el
recreo con ellas, pero quería que la dejaran en paz, que dejaran de señalarla y
reírse, que no pusieran caramelos pegajosos en su asiento, que no la esperaran
en la salida para jugar al balón con su mochila, que no les tuviera que regalar
todos los días el bocadillo, no soportaba que le ensuciaran sus libros y sus
cuadernos. Ella que era la primera en entregar las tareas, ahora no podía
concentrarse y las llevaba muy atrasadas. Quizás podría haber aguantado un poco
más, el final de curso estaba cerca, pero cuando le robaron el cuaderno y
arrancaron la hoja donde había escrito una poesía de amor a Susana, la profe de
tecnologías, ya no tuvo escapatoria. A las humillaciones diarias, se sumarían
las copias del poema y su distribución el próximo lunes por todo el colegio. No
tuvo más remedio que aceptar el encargo, hay que entenderla.
Tenía que conseguir que la profesora de Educación
Física, también llamada la Mierder, no realizara el examen final de
recuperación. Todas las Kawaiis habían suspendido su asignatura y sus
posibilidades de aprobar en esas pruebas eran nulas. Hasta la guapísima presidenta
del Ampa había intentado intervenir, pero la educadora se mantuvo firme en los
suspensos. La pandilla sabía que, de no acudir la maestra el día del examen, la
única opción posible era un aprobado general para toda la clase. Patri tenía
remordimientos por haber aceptado el chantaje, en realidad esa profesora le molaba;
era una antigua triatleta de brazos musculosos, con el culo y el pecho plano. Estaba
casada con el profesor de Literatura y había aterrizado a principios del curso en
el colegio, ahora el matrimonio vivía en la misma calle de la niña.
La mujer no había dado clases nunca y parecía creer
que entrenaba a futuras olímpicas y olímpicos. «Calentando, calentando, tobillos,
rodillas, más rápido. Vamos, vamos, ahora tres vueltas a la pista. Rápido,
rápido. Cambio de ritmo. Ya, ya…». Y así toda la hora de clase, sin descansos. A
Patri no le importaba, incluso se divertía en las competiciones, estaba
acostumbrada a salir con su padre a disfrutar de grandes caminatas y paseos en
bici por los bosques de los alrededores de Berlín. Sin embargo, para las niñas
monas esa clase era la hora de la tortura, sudaban y sudaban, sus melenas con
el brillo y el volumen perdido se quedaban pegadas a sus caras rojas, sus
graciosos y coquetos movimientos diarios se convertían en espasmos de
moribundas cuando llevaban la mitad de la clase. Y, después del enorme
esfuerzo, ni siquiera conseguían aprobar. Quizás también habría que ser un poco
indulgentes con ellas.
La supernerd, aunque no se lo mereciera la maestra, comenzó a espiarla ese mismo viernes por la tarde. Para evitar que la descubriera se puso unas gafas de sol enormes que eran de su madre. Esa tarde la siguió desde el colegio hasta el supermercado. Se ocultó detrás de las estanterías de yogurts y pudo vigilar la cesta que llevaba: tres manojos de brócolis, aguacates de distinta dureza, bolsas de canónigos, manojos de zanahorias, endivias, dos mallas de patatas, tomates pequeños y grande, cebollas moradas, manzanas de varios colores, una caja de fresas, todas las clases de frutos secos, varios litros de zumo natural de naranja y… nada de whisky, ni ginebra, nada de alcohol, ni una cerveza. La chiquilla estaba cansada, le dolían los pies y no había descubierto nada chungo, ni siquiera era alcohólica. Además, con la compra tan grande que había hecho, no parecía que tuviera planes de salir a ningún restaurante. El plan de introducirle algo chungo en la comida o en la bebida para que acabara en el hospital quedaba descartado. Cuando llegó a su casa, mosqueada por el fracaso, se encontró un mensaje de Aitana: «Holi, ¿Alguna novedad? Recuerda… tienes hasta el domingo, si no ya sabes…», y acababa con un emoji de un hacha ensangrentada. Esa noche tuvo varias pesadillas, en una de ellas soñó que era un enorme brócoli y que la profesora se la comía mientras que las Kawaiis y Susana se revolcaban de risa en un suelo lleno de macarrones con tomate. Recordó entonces que la maestra los días que hacía guardia en el comedor iba mesa por mesa: «comida sin conservantes, ni colorantes, ni grasas saturadas …», como un papagayo lo repetía en las tutorías, en los claustros, hasta que logró que sustituyeran los macarrones con tomate, uno de sus platos preferidos, por asquerosas verduras a la plancha. Eso tampoco la hizo muy popular, era normal que le cogieran manía, la culpa era solo suya.
Hasta la tarde del sábado no pudo continuar la tarea
de vigilancia. Esta vez además de las gafas de sol, pudo llevar el móvil que
solo le dejaban utilizar el fin de semana. La mujer entró en la farmacia y la
niña sonrió, una farmacia tenía más posibilidades que una frutería. Quizás
comprara anticonceptivos o mejor todavía, la píldora del día después. En un
colegio tan católico, tan devoto, tan piadoso, esa compra sería un superescándalo
y Patri lo aprovecharía para una encerrona. Se camufló entre una columna y una estantería
con biberones. Preparó la cámara del móvil y contuvo la respiración para no
perder una palabra, estaba convencida que tenía un snap. «Sonia, ¿me das una
caja de tampones? De 20, por favor», le escuchó decir con voz apagada. «Aquí
tienes. Anímate y ten paciencia. Ya
llegará», contestó la dependienta. La niña le hizo varias fotos, aunque no
sabía para qué. Después la profesora volvió a su piso y Patri se desesperó. Hoy tampoco, nada que chivar, ningún secreto,
ninguna mierda oculta y el sábado se acababa. Tenía que ponerse con los deberes
atrasados, no había hecho nada todavía, no podía bajar las notas, su madre no
la dejaría pasar las vacaciones en Alemania, no podría ver a su padre y preguntarle,
además la poesía rularía por todo el colegio y todo por culpa de la Mierder,
por sus brócolis y sus ejercicios. Quizás podría tunear una de las fotos de la
farmacia, añadirle una receta…colgarla en alguna red social, o coger los
somníferos de la mesilla de su madre y encontrar una oportunidad para enviarla
al hospital…algo, algo tenía que hacer y pronto.
El domingo por la mañana era su tiempo límite. Su madre
trabajaba hasta la hora del almuerzo. Esta vez a las gafas de sol y al móvil,
le sumó una gorra con una gran visera, y su bicicleta por si tenía que seguirla
más lejos. A última hora metió en el macuto el kerambit, un cuchillo filipino
que su madre tenía de adorno en el salón. No quería hacerle mucho daño, pero
estaba dispuesta a acabar con la pesadilla. Se emboscó frente a su portal. La mujer
salió acompañando a su marido, el profesor de literatura, y se dieron un beso
de despedida, un beso muy largo en la boca, seguro que con mucha saliva.
Después ella volvió a entrar en el edificio para salir a los pocos minutos. A
Patri le sorprendió su aspecto, llevaba también unas enormes gafas de sol y una
gorra de gran visera, hasta su ropa deportiva era distinta, en lugar de los
tonos fluorescentes que usaba siempre, en las mallas y la camiseta que llevaba
puestas predominaban los tonos grises y neutros.
Cuando la triatleta empezó a correr, la niña se
alegró de llevar la bicicleta. Después de un buen rato pisándole los talones
llegaron a otro barrio. La profesora iba a volver una esquina, y la niña para
no perderla, le dio con fuerza a los pedales. De pronto la otra se paró y ella,
para no ser descubierta, frenó y giró bruscamente el manillar, el resultado fue
una aparatosa caída, con raspaduras en las manos y en las rodillas que le
empezaron a sangrar. Retrocedió rápido maldiciendo una y mil veces a la Mierder.
La educadora permaneció extrañamente detenida en el
mismo sitio y Patri tocó el cuchillo del macuto sin decidirse todavía. Esa espera
duró unos segundos que a la niña le parecieron eternos. Por fin observó cómo
daba la vuelta a la esquina muy despacio y se escondía un poco agachada detrás
de unos contenedores de basura. Solo entonces comprendió que la mujer también vigilaba
a alguien. Eso podía ser malo porque su encargo se ponía más difícil, pero
también podía ser bueno, si estaba escondiendo algo sucio y chungo.
Patri vio como la Mierder se incorporaba un poco justo
cuando un hombre, que reconoció como el marido, salía de una floristería que
había enfrente de los contenedores; en sus manos llevaba un gran ramo de rosas
rojas. Desde el lugar que estaba le pareció que la profe movía los hombros como
si llorara en silencio. Mientras, el marido entraba en la cafetería de enormes
cristaleras que había al final de la calle.
La sangre de las rodillas empezó a resbalarle a
Patri por las piernas y buscó el paquete de pañuelos para limpiarse. Cuando
levantó la cabeza la mujer ya no estaba, sin moverse del sitio los ojos de la
niña se abrieron a tope para buscarla, ahora no podía escaparse, ahora no… Tenía que adentrarse en la calle, exponerse
más, quedaba poco para la hora de comer y por la tarde estaría su madre y se
habría acabado todo, todo el colegio leería su poesía de amor a Susana, no viajaría
a Berlín, no obtendría respuestas de su padre. Tendría que haberlo utilizado. Era
ahora o nunca y eligió arriesgarse. Desmontó
de la bici y siguió muy despacio calle arriba hasta que llegó a la altura de la
cafetería por la acera opuesta. Se detuvo y dirigió su mirada a la gran cristalera,
de pronto una mano salió del portal que tenía detrás, la agarró por los hombros
y le dio la vuelta. «¿Qué haces aquí Patri?, ¿Estás siguiéndome? Llevas así
varios días, ¿verdad? Me pareció verte ayer ¿Por qué? ¿Por qué lo haces?
A Patri se le cayó la bicicleta y cuando iba a
contestarle, la profesora le cerró la boca con la mano «Chisssss, chisssss»,
fue lo único que le escuchó. Después observaron las dos como el marido se
levantaba de la mesa con una gran sonrisa y le daba un largo beso con lengua a
una mujer, al mismo tiempo la abrazaba. Unas lágrimas empezaron a caer sobre el
pelo de Patri, igual que en Berlín cayeron las de su madre, esos lagrimones
eran de …de Carmen, ya no podía llamarla de la otra forma. Solo se le ocurrió
cogerla muy fuerte de la mano. Continuaron mirando como la destinataria del
ramo se sentaba con una gran sonrisa frente a su acompañante y también le
apretaba la mano. En un momento de las carantoñas de la pareja, la cara de la guapísima
mujer se volvió hacia la calle y un grito ahogado se escapó de las gargantas de
las dos espías.
…Como en un
sueño la niña ya se vio el lunes entrando en el colegio con Carmen, hombro con
hombro, como una sola persona, avanzado hacia Aitana dispuesta a arrancarle el
corazón. (Jon Bilbao dixit algo parecido).
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