martes, 1 de febrero de 2022

ejercicio 3c alfonso

 

El día más largo

La luna aún no quiere irse y Enero me obsequia con sus gélidas acaricias invernales. Son las cinco de la mañana y espero a un cliente. El cual ha contratado mis servicios de detective, para todo el día.

La gran ciudad empieza a  despertar, vehículos, gente, empiezan a movilizarse por la ciudad. Piso fuerte el suelo, mis pies enmudecen. Pero un coche parece querer detenerse, ¿será la persona que ha contratado mis servicios

Se baja del vehículo un hombre de estatura media, ojos negros y penetrantes con cara de pocos amigos y con voz engolada me dice.

-Soy Henri, tu misión consiste: en  conducir el coche y hacer pocas preguntas.

No contesto y subo al coche. Un vehículo negro con lunas tintadas. Me acomodo en el asiento,  lo observo  por el espejo retrovisor y mirando esa faz curtida por los años, a la vez que pregunto.

-¿Dónde nos dirigimos?, señor Henri.

-Visitaremos, varios lugares, yo te iré indicando –responde.

Llegamos al primer lugar indicado. Baja despacio del vehículo, se dirige a una tasca y mientras entrabamos, me comenta en voz baja.

-Aquí hice mi primer negocio, robe la recaudación del día.

Ya dentro y habiendo cogido asiento, pedimos dos escuetos cafés.  Mientras Henri no deja de observar cada rincón del poco recomendable lugar.

No termina de tomarse el café y ya desea irse, alza la voz.

-“chico, la cuenta”.

Llama la atención a un joven, que ha servidos los cafés. Mientras abandonábamos el lugar, vi que le daba una nutrida propina y el camarero pronto la hizo desaparecer.

De nuevo ya estamos hacia un nuevo destino, tardamos en llegar, justo en el centro de la ciudad. Aparco a duras penas, bajándonos del coche y señalándome con el dedo, me indica con voz enjuta.

-Esta vez, no me acompañes.

Llevo un rato sentado sobre el capo del coche, cuando aparece y sin dar tiempo a nada,

-Me acabo de hacer, un seguro de vida, ¿igual querías otro? – dice.

-No... No tengo a quien beneficiar –contesto.

Salimos, de aquellas apestadas calles, de vehículos y gente, abandonando  la ciudad y llegamos al cementerio.

En esta ocasión le cuesta trabajo bajar del vehículo, sus pasos se ralentizan. No quería hacer ese camino, pero alguien o algo le obligaban. Se detuvo junto a una tumba, donde se podía leer:” Ana” y tras unos interminables minutos en silencio, le pregunto.

-¿Quién es la persona que aquí descansa?

Pasaron varios minutos y con voz irreconociblemente baja, me contesta.

-Es Ana, a la única persona que logre importarle.

El silencio vuelve a invadir el lugar y tras otros interminables minutos, añade.

-Mi juventud, el afán por los negocios, junto con un trágico accidente me separaron de la persona que me amo y en su lugar conseguí, una eterna soledad

Volvimos al coche, no sin antes volver la vista atrás, como dando un definitivo  adiós.

Ya en el vehículo, vuelvo a mirar por el espejo retrovisor, mientras conducía. Ya no veía a ese miembro duro del hampa, sino a una persona derrotada por los años.

Pronto llegamos a un edificio del ayuntamiento, se trata de una residencia de ancianos, paramos el vehículo y entramos en la lujosa residencia. Nos detenemos en un amplio patio, cubierto el suelo de un  césped verde y recién cortado. Donde descansan sentados un gran número  de ancianos.

No fue difícil, adivinar quién era la persona que el señor Henri buscaba, no paraba de mirar, a una dulce viejecita, pelo blanco, eterna sonrisa.

Tocándole el hombro le pregunto.

-¿Es su madre? Señor Henri.

-Sí, -contesta, pero no podemos acercarnos a ella, piensa que fallecí, o así se lo hice creer, al ingresar en prisión durante 10 largos años (no pude resistir que me viese entre rejas).

Regresamos de nuevo al vehículo, y con las manos en el volante, espere las nuevas instrucciones,  me ordena dirigirme otra vez fuera de la ciudad, me indica coger un camino sin asfaltar. Lo recorrimos durante cierto tiempo, dio tiempo a ocultarse el sol y la noche a darnos su bienvenida,  acariciarnos con su gélida presencia. Me hizo parar en un claro del bosque, cerca del camino. Me pide bajar del coche, donde volví a ver esos ojos penetrantes. Saco un arma del bolsillo y con voz amable.

-Deme su arma, señor detective.

Se la di lentamente sin contestarle, la recoge y me apunta con ella a la vez  que me dice:

-le aconseje que se hiciese un seguro de vida, señor detective.

Me paralizo, al ver el cañón de mi pistola apuntando mi cara, cierro los ojos y “boom” pasan unos segundos, vuelvo a abrir los ojos y en vez de ver mi cara destrozada, veo al señor Henri  tirado en el suelo, presumiblemente muerto. Me ha perdonado la vida en el último momento, “arrepentimiento”,  exculpar sus pecados, la soledad que le ha acompañado toda la vida, o simplemente, que no llegó mi hora

La tranquilidad se apodera del momento, limpio las huellas del coche. Al coger el arma, paso junto al cuerpo de señor Henri, nadie te llorara, tampoco rezaran en tu tumba, tan solo una escueta esquela, en el periódico local. Abandono  ese pensamiento alejándome andando del lugar, en dirección a la gran ciudad.

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