El día más largo
La luna aún no quiere irse y Enero me obsequia con sus
gélidas acaricias invernales. Son las cinco de la mañana y espero a un cliente.
El cual ha contratado mis servicios de detective, para todo el día.
La gran ciudad empieza a
despertar, vehículos, gente, empiezan a movilizarse por la ciudad. Piso
fuerte el suelo, mis pies enmudecen. Pero un coche parece querer detenerse, ¿será
la persona que ha contratado mis servicios
Se baja del vehículo un hombre de estatura media, ojos negros
y penetrantes con cara de pocos amigos y con voz engolada me dice.
-Soy Henri, tu misión consiste: en conducir el coche y hacer pocas preguntas.
No contesto y subo al coche. Un vehículo negro con lunas
tintadas. Me acomodo en el asiento, lo
observo por el espejo retrovisor y
mirando esa faz curtida por los años, a la vez que pregunto.
-¿Dónde nos dirigimos?, señor Henri.
-Visitaremos, varios lugares, yo te iré indicando –responde.
Llegamos al primer lugar indicado. Baja despacio del
vehículo, se dirige a una tasca y mientras entrabamos, me comenta en voz baja.
-Aquí hice mi primer negocio, robe la recaudación del día.
Ya dentro y habiendo cogido asiento, pedimos dos escuetos cafés.
Mientras Henri no deja de observar cada
rincón del poco recomendable lugar.
No termina de tomarse el café y ya desea irse, alza la voz.
-“chico, la cuenta”.
Llama la atención a un joven, que ha servidos los cafés.
Mientras abandonábamos el lugar, vi que le daba una nutrida propina y el
camarero pronto la hizo desaparecer.
De nuevo ya estamos hacia un nuevo destino, tardamos en
llegar, justo en el centro de la ciudad. Aparco a duras penas, bajándonos del
coche y señalándome con el dedo, me indica con voz enjuta.
-Esta vez, no me acompañes.
Llevo un rato sentado sobre el capo del coche, cuando aparece
y sin dar tiempo a nada,
-Me acabo de hacer, un seguro de vida, ¿igual querías otro? –
dice.
-No... No tengo a quien beneficiar –contesto.
Salimos, de aquellas apestadas calles, de vehículos y gente,
abandonando la ciudad y llegamos al
cementerio.
En esta ocasión le cuesta trabajo bajar del vehículo, sus
pasos se ralentizan. No quería hacer ese camino, pero alguien o algo le obligaban.
Se detuvo junto a una tumba, donde se podía leer:” Ana” y tras unos
interminables minutos en silencio, le pregunto.
-¿Quién es la persona que aquí descansa?
Pasaron varios minutos y con voz irreconociblemente baja, me
contesta.
-Es Ana, a la única persona que logre importarle.
El silencio vuelve a invadir el lugar y tras otros interminables
minutos, añade.
-Mi juventud, el afán por los negocios, junto con un trágico
accidente me separaron de la persona que me amo y en su lugar conseguí, una
eterna soledad
Volvimos al coche, no sin antes volver la vista atrás, como
dando un definitivo adiós.
Ya en el vehículo, vuelvo a mirar por el espejo retrovisor,
mientras conducía. Ya no veía a ese miembro duro del hampa, sino a una persona
derrotada por los años.
Pronto llegamos a un edificio del ayuntamiento, se trata de
una residencia de ancianos, paramos el vehículo y entramos en la lujosa
residencia. Nos detenemos en un amplio patio, cubierto el suelo de un césped verde y recién cortado. Donde descansan
sentados un gran número de ancianos.
No fue difícil, adivinar quién era la persona que el señor
Henri buscaba, no paraba de mirar, a una dulce viejecita, pelo blanco, eterna
sonrisa.
Tocándole el hombro le pregunto.
-¿Es su madre? Señor Henri.
-Sí, -contesta, pero no podemos acercarnos a ella, piensa que
fallecí, o así se lo hice creer, al ingresar en prisión durante 10 largos años
(no pude resistir que me viese entre rejas).
Regresamos de nuevo al vehículo, y con las manos en el
volante, espere las nuevas instrucciones,
me ordena dirigirme otra vez fuera de la ciudad, me indica coger un
camino sin asfaltar. Lo recorrimos durante cierto tiempo, dio tiempo a
ocultarse el sol y la noche a darnos su bienvenida, acariciarnos con su gélida presencia. Me hizo
parar en un claro del bosque, cerca del camino. Me pide bajar del coche, donde
volví a ver esos ojos penetrantes. Saco un arma del bolsillo y con voz amable.
-Deme su arma, señor detective.
Se la di lentamente sin contestarle, la recoge y me apunta
con ella a la vez que me dice:
-le aconseje que se hiciese un seguro de vida, señor
detective.
Me paralizo, al ver el cañón de mi pistola apuntando mi cara,
cierro los ojos y “boom” pasan unos segundos, vuelvo a abrir los ojos y en vez
de ver mi cara destrozada, veo al señor Henri
tirado en el suelo, presumiblemente muerto. Me ha perdonado la vida en
el último momento, “arrepentimiento”, exculpar
sus pecados, la soledad que le ha acompañado toda la vida, o simplemente, que
no llegó mi hora
La tranquilidad se apodera del momento, limpio las huellas del
coche. Al coger el arma, paso junto al cuerpo de señor Henri, nadie te llorara,
tampoco rezaran en tu tumba, tan solo una escueta esquela, en el periódico local.
Abandono ese pensamiento alejándome
andando del lugar, en dirección a la gran ciudad.
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