NUESTRO NOMBRE
Hace cinco años, gugleando en Internet mi nombre «Rocío
de Juan»
—no
entraremos a si se trataba de un acto de vanidad— descubrí no uno sino dos
hechos terribles. Durante años había creído que cierto dígito del DNI indicaba el
número de personas que se llaman como tú pero pronto se desmintió esa falacia:
se trataba de un simple dígito de control. Sin embargo, sí que existía una
persona —habrá
más, qué duda cabe, pero no entraremos a esa historia—, con la que compartía nombre
y ambos apellidos, y que aparecía en los resultados de mi búsqueda compitiendo
por las primeras posiciones. Ese era el primer hecho terrible. El segundo, ahora
lo explicaré.
En aquella época yo solo tenía tres cuestiones claras: me
encantaba escribir, era imprescindible tener un blog o web con tu nombre —el
cual adquirí en 1&1 a un módico precio de mantenimiento— y que escribir se
trataba de una carrera de fondo donde nunca había que desesperar. Tuve épocas prolíficas
y exitosas y otras, las más, discretas y de secano. Pero la pasión siempre se mantuvo intacta.
Una vez recuperado el cuerpo del escalofrío, revisé de nuevo
la información en el portátil, ampliando el Zoom hasta el 200 % y no había confusión
posible. La otra Rocío de Juan era valenciana —según el INE, una de las
provincias donde más abunda mi apellido, perdón, nuestro apellido, «Juan»— y había
ganado un campeonato de tenis, lo que había hecho que el algoritmo de Google la
catapultase arriba sin necesidad de más méritos. Debía reconocerlo: de nada
servían mis publicaciones en revistas de papel, avaramente atesoradas en carpetas
azules de gomas, o las menciones y accésits en certámenes de pueblos tan
pintorescos como desconocidos, y que si reseñaban el premio lo hacían en el periódico
local. Solo en los últimos años, gracias a la constancia en mantener una web
con relatos y algunos intentos de poesía, Google parecía haberse percatado de
mi existencia.
Con todo y con eso, lo realmente terrible fue descubrir la fotografía
de aquella con la que compartía nombre. Era una década más joven,
de pelo castaño largo, flequillo, ojos oscuros, y miraba sonriente a la cámara.
Me estremecí por la increíble semejanza. Por supuesto, había ligeras diferencias, quizá en aquellas cejas
tan bien depiladas —una década atrás, yo ni siquiera prestaba atención a las mías—, o los
pendientes de perlas chiquitines —durante mucho tiempo odié las perlas, ahora
les voy cogiendo el gusto—, o los dientes tan parejos —yo los tenía como la
torre de Pisa, pero ya había pedido presupuesto a un ortodoncista—. La verdadera disimilitud era que ella parecía triunfar o haber conseguido antes aquello que a su edad yo aún tenía en la
lista de pendientes. En todo caso, lo único en lo que le llevaba delantera era respecto a mi
proyecto secreto: había comenzado un taller de escritura creativa en Valladolid
y estaba resultando muy bien.
A partir de ese momento, gugleaba a diario nuestro nombre. Comprobé
cómo su audacia me desbancaba; el algoritmo dejaba atrás las entradas con mis
tímidos relatos y mis intentos de poesía—, y propulsaba las de mi tocaya, gracias
a las visitas crecientes al blog que se creó tras el campeonato de tenis, donde
se desahogaba hablando de actualidad, deporte, política, ¡sexo!, lo que le
apetecía desayunar por las mañanas y retazos de una idea que dijo que pronto
nos iba a desvelar.
Una noche me escribió Rocío de Juan. Me decía que yo tenía
registrado un dominio que le interesa: www.rociodejuan.com,
y que me lo quería comprar. Sabía que yo era seguidora fan de su blog y está
convencida de que llegaríamos a un acuerdo. «Al fin y al cabo es nuestro
nombre, ¿no? Lo sentirás como algo tuyo, aunque lo desarrolle yo», dijo. «Quiero
dar talleres de escritura creativa», explicó, «eso es lo que os que os quería anunciar
como sorpresa. Todo el mundo dice que tengo buena mano».
No contesté al correo. Me mudé de ciudad. Monté mi empresa. Me dediqué a mi pasión.
La última vez que gugleé nuestro nombre ella estaba en la página 3
de los resultados, pero ni siquiera leí la entrada.
Creo que lo llaman recuperar la autoestima.
Me ha enganchado. Personal y original
ResponderEliminarMuy interesante el efecto transmutación.
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