miércoles, 2 de febrero de 2022

EJERCICIO 3B. CREATIVIDAD (II): ESCENA TEATRAL CON ESTRUCTURA FIJADA – ANTONIO GALLOSO

 

SI NO CONFÍAS

Por Antonio Galloso

 

PERSONAJES

(por orden de aparición)

 

BRUNO

AMAIA

 

La acción tiene lugar en una calle de un municipio urbano español, frente al portal de una vivienda unifamiliar adosada. Época actual.

?

 

Calle Armonía. La rúa, de superficie adoquinada, está bañada por un sol primaveral que otorga al lugar una amplia luminosidad. Toda la hilera de viviendas constituye un complejo urbanístico compuesto de adosados adyacentes el uno del otro. Por toda la extensión de la susodicha calle hay naranjos plantados a una distancia equitativa. En ese instante, ningún convecino transita por allí. Todo está en calma.

 

(BRUNO, un chaval veinteañero de apariencia desarrapada, vestido con una sudadera ancha y unos pantalones de chándal, se guarece bajo la sombra de un naranjo frente al portal del adosado número 24, sentado en el pavimento y apoyado contra el tronco. Impasible, observa con despreocupación su teléfono móvil, deslizando el dedo de abajo arriba sobre la pantalla. De cuando en cuando, parece escribir en él, para después dejarlo en el suelo y escrudiñar de seguido a sus espaldas, igualmente indiferente, la entrada de una vivienda un tanto alejada, fuera de escena. Repentinamente aparece AMAIA, una chica atractiva y coqueta. Por sus gestos y su tono de voz, denota una euforia y entusiasmo mayúsculos. BRUNO se incorpora, olvidando el móvil junto al naranjo.)

AMAIA.— (Dirigiéndose a alguien desde donde ha venido.) ¡Sí, mamá! ¡Ahora vengo! ¡Voy a celebrarlo! ¡Todavía no me lo creo! (Se vuelve, topándose con BRUNO. Sobresaltada.) ¡Ah, Bruno! ¿Qué haces aquí? (Recuperándose.) Te pensaba en el lugar de siempre.

BRUNO.— Me has dicho por teléfono que era importante, así que he preferido venir a buscarte.

AMAIA.— Pues avísame, bobo; no fuera a ser que te vea mi madre. De verdad, siempre de tan pocas palabras…

BRUNO.— ¿No me das un beso?

AMAIA.— Claro. (Beso discreto.)

BRUNO.— Cuéntame, ¿qué es eso tan importante y cómo es que estás tan contenta?

AMAIA.— Ay, eso. No te lo vas a creer, Bruno. Estamos de celebración en casa, porque… ¡he conseguido el trabajo de mis sueños en San Francisco! (De nuevo, alborozada.) ¡Estados Unidos! ¿No es maravilloso? (BRUNO se sorprende, pero contenido.) Imagínate: Amaia Pereira, archiconocida arquitecta del prestigioso estudio Gensler. Estoy que…

BRUNO.— ¿Y qué pasa con nosotros?

AMAIA.— (Breve pausa.) Creo que ahora mismo es más adecuado decir: «¡Cómo me alegro, cariño!», ¿no?

BRUNO.— Me alegro mucho por ti, (resaltando la palabra con su tono de voz.) cariño, sí. Pero creo que te estoy preguntando algo que también es importante. Al menos para mí.  

AMAIA.— Y para mí. Yo también pensaba hablarte sobre ello, porque…

BRUNO.— ¿Quieres cortar?

AMAIA.— N-No. No. ¡No! ¡Claro que no, bobo! Pero sí que tenemos que hablar sobre ello, ¿no te parece?

BRUNO.— Si quieres que me vaya contigo, mi respuesta es sí. Te qui…

AMAIA.— Eso, sí… Verás, mi madre.

BRUNO.— ¿Me vas a decir que tenemos complicaciones de nuevo, también con esto, por lo que vaya a opinar tu madre?

AMAIA.— He intentado planteárselo en algún momento, pero ya sabes lo que opina sobre lo nuestro… Sobre ti.

BRUNO.— (Con ademán de hacer mutis.) Pues en vista de la situación, es buen momento para que cambie de opinión, ¿no crees?

AMAIA.— ¿Dónde vas? ¿Qué pretendes hacer? ¿Liarla en casa? Si no te puede ni ver.

BRUNO.— Amaia, te vas a ir fuera de España. Y, si te conozco bien, ibas a sugerirme llevar una relación a distancia. Y la respuesta es no. No puedo. Mi pareja es una persona a la que abrazar, tocar, sentir y amar; no la pantalla de un móvil.

AMAIA.— (Lo toma de la muñeca, e intenta arrastrarlo hacia ella.) Bruno, espe…

BRUNO.— (Se desase del agarre de AMAIA con un movimiento brusco.) Llevo tres años de relación esperando a que mi querida suegra acepte que su hija sale con un chico al que desprecia sin llegar a conocerle siquiera, tan solo por no tener sus mismas preferencias pijas y ridículas de ciudadana aburguesada. (Hace mutis.)

AMAIA.— ¡Bruno! (Para sí, mirando a su derredor con nerviosismo.) ¡Y que nunca pueda contarle nada abiertamente! Es que, de ver… (Advierte el teléfono móvil de BRUNO junto al naranjo. Lo recoge y comprueba que sea de él. Indiferente.) Cómo no: otra vez se le ha vuelto a olvidar el móvil. (Teclea la pantalla táctil y desbloquea el dispositivo, observando la pantalla. De súbito, el gesto de su cara se troca en un rictus de estupefacción. Desliza, ahora ella, el dedo sobre la pantalla de arriba abajo. Lee algo. El contenido que escruta va agravando su expresión. Vuelve BRUNO, mohíno, intentando contener el llanto con presunta virilidad. AMAIA, en cambio, se dirige a él con ira incipiente.) ¿Y bien?

BRUNO.— Lo que se esperaba. Toda tu familia de copas, comiendo y celebrando. Eso se ha acabado en el momento en el que he entrado, por supuesto. En cuanto tu madre se ha abalanzado sobre mí. (Se enjuga las pocas lágrimas que ha podido derramar.)

AMAIA.— (Apercibe su llanto.) ¿Qué te pasa? (Impresionada.) ¿Estás… llorando?

BRUNO.— (Encubriendo su voz rota.) No, para nada. (Silencio. Aplacador.) ¿Cuándo pensabas contarme que me estabas engañando con otro?

AMAIA.— (Atónita.) Yo… Esto… ¿Qu-Qué? (Airada, mostrándole la pantalla de su móvil.) Eso mismo te quiero preguntar yo a ti. ¿Qué haces hablando con tu exnovia? Me prometiste que no le volverías a dirigir la palabra.

BRUNO.— Yo no te he prometido eso. Y ya te dije una vez que tú no tienes que prohibirme absolutamente nada. Mejor sé sincera y corrobórame lo que me ha dicho tu puñetera madre y lo que tú no has tenido coño de confesarme.

AMAIA.— ¿De qué…? ¿De qué hablas?

BRUNO.— Siempre tartamudeas cuando mientes.

AMAIA.— (A la defensiva.) Yo no estoy mintiendo en nada. Más bien, ¿por qué no hablamos de ti? Siempre con esa cara de muerto, de no sentir ni el aire fresco que te da en la cara. ¡Y oye! Resulta que tienes suficiente sentimientos para dos personas a la vez.

BRUNO.— Me llevo bien con ella. Ella se preocupa por mí, no me desprecia (con ironía.) como otras perosnas; y yo mantengo una conversación tan tranquilamente cuando surge. Pero no te engaño. «Piensa el ladrón que todos son de su condición», ¿no? De todos los estadounidenses arquitectos que pueden vivir allí; de todas las personas capacitadas para ese puesto… ¿por qué te llaman a ti?

AMAIA.— Porque valgo mucho, ¿quizás?

BRUNO.— Y el jefe actual de ese estudio no tiene nada que ver. Porque tu pu… Tu madre me acaba de decir que te vas a vivir y trabajar con él. Y que qué bueno que por fin hayas sentado la cabeza y hayas decidido mandarme a la mierda.

AMAIA.— ¡Es un compañero! Un amigo. ¡Amigo, sí! Si que es cierto que he podido acceder al trabajo de mis sueños gracias a que él ha movido sus hilos. Pero no tengo ninguna relación sentimental con él. No me he vendido. ¡No soy ninguna puta! Que te quede claro. (Pausa.) Voy a hablar con mi madre.

BRUNO.— Claro, tú no decidas nunca por ti misma.

AMAIA.— Que te den. (Le vuelve la espalda e inicia la marcha.)

BRUNO.— ¡Amaia!

AMAIA.— (Actitud dramática.) ¿Qué? (Pausa.) ¿Piensas pedirme disculpas ahora? Pues que sepas que…

BRUNO.— El móvil.

AMAIA.— (Se voltea hacia BRUNO.) ¿Cómo?

BRUNO.— Que me devuelvas el móvil. No tengo que disculparme por nada. Más bien tienes que disculparte tú.

AMAIA.— (Se acerca a él y se lo devuelve con desabrimiento.) Tranquilo, no pensaba llevármelo para enseñarle nada a mi madre. No quiero que te tome más odio del que te tiene. (Hace amago de marcharse, pero se queda clavada en el sitio, inquieta. Largo silencio.)

BRUNO.— (Sereno.) ¿Me quieres?

AMAIA.— Yo…

BRUNO.— Dime si me quieres.

AMAIA.— Yo… te quiero.

BRUNO.— (Vuelve a recoger su característica actitud impasible.) Entonces todo irá bien.

AMAIA.— Sí. Todo irá bien.

(AMAIA sale de escena en dirección a su casa. Bruno, por su parte, vuelve a recostarse sobre el tronco del naranjo, sentado en el adoquinado de la calle, y observa nuevamente su móvil.)

 

TELÓN

No hay comentarios:

Publicar un comentario