SI NO CONFÍAS
Por Antonio
Galloso
PERSONAJES
(por orden de aparición)
BRUNO
AMAIA
La acción tiene lugar en una calle de un municipio urbano español,
frente al portal de una vivienda unifamiliar adosada. Época actual.
⁓?⁓
Calle Armonía.
La rúa, de superficie adoquinada, está bañada por un sol primaveral que otorga
al lugar una amplia luminosidad. Toda la hilera de viviendas constituye un
complejo urbanístico compuesto de adosados adyacentes el uno del otro. Por toda
la extensión de la susodicha calle hay naranjos plantados a una distancia equitativa.
En ese instante, ningún convecino transita por allí. Todo está en calma.
(BRUNO, un chaval veinteañero
de apariencia desarrapada, vestido con una sudadera ancha y unos pantalones de
chándal, se guarece bajo la sombra de un naranjo frente al portal del adosado número
24, sentado en el pavimento y apoyado contra el tronco. Impasible, observa con
despreocupación su teléfono móvil, deslizando el dedo de abajo arriba sobre la
pantalla. De cuando en cuando, parece escribir en él, para después dejarlo en
el suelo y escrudiñar de seguido a sus espaldas, igualmente indiferente, la entrada
de una vivienda un tanto alejada, fuera de escena. Repentinamente aparece AMAIA,
una chica atractiva y coqueta. Por sus gestos y su tono de voz, denota una
euforia y entusiasmo mayúsculos. BRUNO se incorpora, olvidando el móvil junto
al naranjo.)
AMAIA.— (Dirigiéndose a alguien desde donde ha
venido.) ¡Sí, mamá! ¡Ahora vengo! ¡Voy a celebrarlo! ¡Todavía no me lo creo!
(Se vuelve, topándose con BRUNO. Sobresaltada.) ¡Ah, Bruno! ¿Qué haces
aquí? (Recuperándose.) Te pensaba en el lugar de siempre.
BRUNO.— Me has
dicho por teléfono que era importante, así que he preferido venir a buscarte.
AMAIA.— Pues
avísame, bobo; no fuera a ser que te vea mi madre. De verdad, siempre de tan
pocas palabras…
BRUNO.— ¿No me
das un beso?
AMAIA.— Claro. (Beso
discreto.)
BRUNO.— Cuéntame,
¿qué es eso tan importante y cómo es que estás tan contenta?
AMAIA.— Ay, eso.
No te lo vas a creer, Bruno. Estamos de celebración en casa, porque… ¡he
conseguido el trabajo de mis sueños en San Francisco! (De nuevo,
alborozada.) ¡Estados Unidos! ¿No es maravilloso? (BRUNO se sorprende,
pero contenido.) Imagínate: Amaia Pereira, archiconocida arquitecta del
prestigioso estudio Gensler. Estoy que…
BRUNO.— ¿Y qué
pasa con nosotros?
AMAIA.— (Breve
pausa.) Creo que ahora mismo es más adecuado decir: «¡Cómo me alegro,
cariño!», ¿no?
BRUNO.— Me
alegro mucho por ti, (resaltando la palabra con su tono de voz.) cariño,
sí. Pero creo que te estoy preguntando algo que también es importante. Al menos
para mí.
AMAIA.— Y para
mí. Yo también pensaba hablarte sobre ello, porque…
BRUNO.— ¿Quieres
cortar?
AMAIA.— N-No. No.
¡No! ¡Claro que no, bobo! Pero sí que tenemos que hablar sobre ello, ¿no te
parece?
BRUNO.— Si
quieres que me vaya contigo, mi respuesta es sí. Te qui…
AMAIA.— Eso, sí…
Verás, mi madre.
BRUNO.— ¿Me vas
a decir que tenemos complicaciones de nuevo, también con esto, por lo que vaya
a opinar tu madre?
AMAIA.— He
intentado planteárselo en algún momento, pero ya sabes lo que opina sobre lo
nuestro… Sobre ti.
BRUNO.— (Con
ademán de hacer mutis.) Pues en vista de la situación, es buen momento para
que cambie de opinión, ¿no crees?
AMAIA.— ¿Dónde
vas? ¿Qué pretendes hacer? ¿Liarla en casa? Si no te puede ni ver.
BRUNO.— Amaia,
te vas a ir fuera de España. Y, si te conozco bien, ibas a sugerirme llevar una
relación a distancia. Y la respuesta es no. No puedo. Mi pareja es una persona
a la que abrazar, tocar, sentir y amar; no la pantalla de un móvil.
AMAIA.— (Lo toma
de la muñeca, e intenta arrastrarlo hacia ella.) Bruno, espe…
BRUNO.— (Se
desase del agarre de AMAIA con un movimiento brusco.) Llevo tres años de
relación esperando a que mi querida suegra acepte que su hija sale con un chico
al que desprecia sin llegar a conocerle siquiera, tan solo por no tener sus
mismas preferencias pijas y ridículas de ciudadana aburguesada. (Hace mutis.)
AMAIA.— ¡Bruno!
(Para sí, mirando a su derredor con nerviosismo.) ¡Y que nunca pueda
contarle nada abiertamente! Es que, de ver… (Advierte el teléfono móvil de
BRUNO junto al naranjo. Lo recoge y comprueba que sea de él. Indiferente.)
Cómo no: otra vez se le ha vuelto a olvidar el móvil. (Teclea la pantalla
táctil y desbloquea el dispositivo, observando la pantalla. De súbito, el gesto
de su cara se troca en un rictus de estupefacción. Desliza, ahora ella, el dedo
sobre la pantalla de arriba abajo. Lee algo. El contenido que escruta va
agravando su expresión. Vuelve BRUNO, mohíno, intentando contener el llanto con
presunta virilidad. AMAIA, en cambio, se dirige a él con ira incipiente.) ¿Y
bien?
BRUNO.— Lo que se
esperaba. Toda tu familia de copas, comiendo y celebrando. Eso se ha acabado en
el momento en el que he entrado, por supuesto. En cuanto tu madre se ha
abalanzado sobre mí. (Se enjuga las pocas lágrimas que ha podido derramar.)
AMAIA.— (Apercibe
su llanto.) ¿Qué te pasa? (Impresionada.) ¿Estás… llorando?
BRUNO.— (Encubriendo
su voz rota.) No, para nada. (Silencio. Aplacador.) ¿Cuándo pensabas
contarme que me estabas engañando con otro?
AMAIA.— (Atónita.)
Yo… Esto… ¿Qu-Qué? (Airada, mostrándole la pantalla de su móvil.) Eso
mismo te quiero preguntar yo a ti. ¿Qué haces hablando con tu exnovia? Me prometiste
que no le volverías a dirigir la palabra.
BRUNO.— Yo no
te he prometido eso. Y ya te dije una vez que tú no tienes que prohibirme absolutamente
nada. Mejor sé sincera y corrobórame lo que me ha dicho tu puñetera madre y lo
que tú no has tenido coño de confesarme.
AMAIA.— ¿De qué…?
¿De qué hablas?
BRUNO.— Siempre
tartamudeas cuando mientes.
AMAIA.— (A
la defensiva.) Yo no estoy mintiendo en nada. Más bien, ¿por qué no
hablamos de ti? Siempre con esa cara de muerto, de no sentir ni el aire fresco
que te da en la cara. ¡Y oye! Resulta que tienes suficiente sentimientos para
dos personas a la vez.
BRUNO.— Me
llevo bien con ella. Ella se preocupa por mí, no me desprecia (con ironía.)
como otras perosnas; y yo mantengo una conversación tan tranquilamente cuando
surge. Pero no te engaño. «Piensa el ladrón que todos son de su condición»,
¿no? De todos los estadounidenses arquitectos que pueden vivir allí; de todas
las personas capacitadas para ese puesto… ¿por qué te llaman a ti?
AMAIA.— Porque
valgo mucho, ¿quizás?
BRUNO.— Y el
jefe actual de ese estudio no tiene nada que ver. Porque tu pu… Tu madre me acaba
de decir que te vas a vivir y trabajar con él. Y que qué bueno que por fin
hayas sentado la cabeza y hayas decidido mandarme a la mierda.
AMAIA.— ¡Es un
compañero! Un amigo. ¡Amigo, sí! Si que es cierto que he podido acceder al
trabajo de mis sueños gracias a que él ha movido sus hilos. Pero no tengo ninguna
relación sentimental con él. No me he vendido. ¡No soy ninguna puta! Que te
quede claro. (Pausa.) Voy a hablar con mi madre.
BRUNO.— Claro,
tú no decidas nunca por ti misma.
AMAIA.— Que te
den. (Le vuelve la espalda e inicia la marcha.)
BRUNO.— ¡Amaia!
AMAIA.— (Actitud
dramática.) ¿Qué? (Pausa.) ¿Piensas pedirme disculpas ahora? Pues
que sepas que…
BRUNO.— El
móvil.
AMAIA.— (Se voltea
hacia BRUNO.) ¿Cómo?
BRUNO.— Que me
devuelvas el móvil. No tengo que disculparme por nada. Más bien tienes que
disculparte tú.
AMAIA.— (Se
acerca a él y se lo devuelve con desabrimiento.) Tranquilo, no pensaba llevármelo
para enseñarle nada a mi madre. No quiero que te tome más odio del que te
tiene. (Hace amago de marcharse, pero se queda clavada en el sitio, inquieta.
Largo silencio.)
BRUNO.— (Sereno.)
¿Me quieres?
AMAIA.— Yo…
BRUNO.— Dime si
me quieres.
AMAIA.— Yo… te
quiero.
BRUNO.— (Vuelve
a recoger su característica actitud impasible.) Entonces todo irá bien.
AMAIA.— Sí. Todo
irá bien.
(AMAIA
sale de escena en dirección a su casa. Bruno, por su parte, vuelve a recostarse
sobre el tronco del naranjo, sentado en el adoquinado de la calle, y observa
nuevamente su móvil.)
TELÓN
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