Un tropiezo.
La tradición de varias familias como la de Juan era que
continuaran sus estudios en un internado antes de ir a la universidad. La
de Maite pensaba lo mismo y, sin demora, en compañía de sus padres, a comienzos
de otoño durmió por primera vez fuera de casa.
Los progenitores de Juan, al igual que él, se interesaban por las
letras. Plenamente consciente de lo que quería aprobó todos los cursos con excelentes
notas. La familia de Maite poseía conocimientos adquiridos del trabajo duro,
con apenas estudios. Por esto que eligiera ciencias puras les parecía
fascinante.
Entre letras y ciencias, Juan y ella poco habían coincidido,
salvo en el pasillo cuando entraban o salían de clase o algún café con sus
respectivos grupos de amigos, a los que adoraban y con los que se sentían
felices.
Al aproximarse el final del último año y las celebraciones
acabaron, él se fue a vivir a Madrid para empezar periodismo. Ella a Sevilla a
realizar los estudios de medicina.
Todos los antiguos alumnos sabían que, cada cierto tiempo, se
reunían para recordar vivencias, reencontrarse con amigos y saludar a los
profesores. Años anteriores no pudieron asistir. Por fortuna, aquel año lo
consiguieron.
El esfuerzo valía la pena al cumplir las Bodas de Plata.
Tras veinticinco años sin verse, la euforia se apoderó de la mayoría de ellos, calmada
por el inicio de la celebración de la eucaristía, acontecimiento inicial de
todos los eventos de un colegio religioso.
Maite se sentó en los primeros bancos de la capilla, donde
el olor de sus grandes muros neogóticos, la luz que penetraba por las elevadas
y bellas vidrieras ojivales, la melodía del órgano, tocado en el coro por el
mismo músico, que resonaba por la planta de Cruz Latina, la nave central y el
crucero, la llevaron a sopesar la idea de quedarse allí por horas.
Juan permaneció de pie todo el tiempo. Sintió cómo las
canciones aborrecidas antaño, ahora parecían música que lo acariciaba,
salía al exterior del templo e invadía aquel gran complejo de tres alturas
realizado en ladrillo, articulado en torno a dos amplios patios unidos entre sí
por el espacioso pasillo.
El programa de actos continuaba con un paseo por el
edificio. El piso inferior era para clases, sala de visita y la capilla. El
principal para clausura y enfermería, y el último para dormitorios. Las
reformas de los últimos años le habían dado un aspecto más actual.
Maite sintió una paz interior en la zona de retiro donde el
clima de recogimiento, silencio, oración la llevaron a la búsqueda de la unión
mística con Dios, y su cercanía a la enfermería. ¿Y sí propusiera trabajar allí?
Juan desconocía ese área por la existencia del impedimento de
que personas ajenas a la orden pudieran entrar, peor aún en época adolescente. Pensó,
que tal vez, podría ser uno más de los monjes que habitaban allí. De un modo
misterioso se vio a sí mismo escribiendo junto a ellos.
Más reflexivos, en el pasillo que daba a las habitaciones, Juan
tropezó con Maite. La que había pasado desapercibida entonces, le impresionó
con su perfume de Carolina Herrera. Ella tampoco se había fijado en él durante
el instituto y no lo hubiera hecho ese día si el chico no tropieza y le rompe el asa
del bolso marrón de mano.
El extasis del momento realizó el milagro de minimizar lo sucedido entre risas y, porque sabía que su padre lo arreglaría con gusto.
Continuaron la visita hacia el ala norte, donde la azulejería
y el artesanado de la escalera permanecían intactos desde 1.924 y 1932. Juan se descubrió mirando a Maite para coincidir con la mirada de ella, quien se apartó para observar las obras pictóricas barrocas restauradas.
Salieron del edificio hacia las nuevas pistas de atletismo
y, como no, uno de los principales tesoros de los exteriores del centro, sus
jardines. La envergadura de los pinos, las plantas agrupadas por especies y
colores determinaron los sueños de estos dos jóvenes.
Juan llevaba tiempo pensando en abandonar su trabajo por estrés.
Las jornadas le parecían incansables y, la vuelta al colegio le hizo pensar en
ser sacerdote por unos minutos. Ahora dudaba en comprar un terreno con los ahorros
de estos años. Pondría un jardín parecido a aquel, si bien, los pinos nunca le
parecieron una buena opción porque prefería frutales.
Maite siguió su paseo con el grupo de amigos hasta que vio,
al lado de la fuente de piedra con peces de colores, a Juan que parecía en
trance. Se acercó sin hacer ruido y paró a varios metros de él. Minutos después
decidió rodear con disimulo el borde y mirar como nadaban aquellos diminutos
seres.
Los dos coordinaron la mirada siguiendo el
juego del verde con aletas naranjas, hasta que coincidieron. Los ojos azules de Maite le
cautivaron más que su perfume. Ella sonrió nerviosa y continuó su visita
hacia la zona de la mezquita.
Si, una mezquita en un colegio católico. Durante algún
tiempo, se usó como hospital militar para atender a los soldados marroquíes
procedentes de los frentes de guerra próximos y para los actos de culto de los
soldados musulmanes, se construyó una en uno de sus patios.
De eso sabía Maite, interesada por la medicina. Esperó a
que llegara el resto y se dispuso a contar la historia. La había estudiado bien
por la curiosidad que le despertaba. Supo que la concentración le fallaba
cuando no vio a Juan en el grupo.
Terminó el relato y se sentó en un banco de hierro dispuesto
bajo un grandioso pino que parecía querer tapar el sol todos los días. El canto de los pájaros le hizo cerrar los ojos y pensar que podría
continuar a ejercer su profesión en un área rural o, al menos, vivir en el
campo si no aceptaban su trabajo como médico en el colegio.
El resto de los antiguos alumnos se alejó, menos Juan que le
puso una mano en el hombro derecho.
—Hola, ¿estás bien?
—Sí. Disfrutaba de la pequeña brisa y el sonido de la
naturaleza.
—Me pasó lo mismo con los peces.
—¿En qué clase estuviste?
—En letras. Hice periodismo
—Yo Medicina.
—¡Vamos! Nos perderemos de los demás.
—De acuerdo.
—¿Qué es de tu vida? ¿Te has casado?
—No, no.
—Yo tampoco. Creo que así tendré la oportunidad de comprar algo para dedicarme al campo, pensaré qué hacer. La calma la perdí en la ciudad.
El paso por el jazmín chino, con agradable aroma que
inundaba el espacio, las flores, unas en hélices y otras en estrellas
hechizaron a los dos. Aún más cuando las
petunias con delicadas flores en forma de trompeta los hizo mirarse de una forma
diferente.
—Quiero vivir entre hibiscos y helechos— dijo Juan.
—Yo plantaré plantas medicinales. Estudiaré todo sobre
ellas para mejorar la calidad de vida de los que trato.
Él se daba cuenta de que Maite lo escuchaba cada vez más
perpleja. El cuerpo de la chica, antes en tensión, se había ido relajando, así
como su semblante. Fascinado también por ella, albergó la esperanza de que la visita
tomara una deriva aún más excitante.
La invitó a pasear por la parte rehabilitada. Sabía que
este tipo de jardines son fantásticos porque cuentan con un camino de piedra
que aporta un romanticismo especial. Ya era imposible superar la fuerza de
atracción que sentía y, simulando el mismo empujón que le había arrancado el
asa, la besó.
Al terminar la jornada, el intercambio de teléfonos parecía
lo normal entre la mayoría de los asistentes. Sin embargo, había transformado
los sueños e ilusiones de dos desconocidos hasta entonces. Aquel acontecimiento
trascendental cambió el orden.
Juan y Maite tuvieron varios encuentros durante el
siguiente año. Una tarde recibió en su correo electrónico un archivo que él le
había enviado:
Contigo he aprendido el
aumento de los cálculos matemáticos,
descubrí el número huesecillos
de los pies.
Detecté las cuatro válvulas
del corazón y,
los infinitos poros en tu cuerpo al atardecer.
Desde entonces, ninguno de los dos desistió en su empeño
por vivir en la naturaleza juntos. Cuando se contempla el firmamento en una
noche estrellada, se hace difícil imaginar que dos personas alejadas físicamente
estén unidas observando la misma estrella y, que no sólo brilla en él, en
realidad, esa transformación es el final típico de dos personas que se aman. La indivisibilidad, una obra recibida con entusiasmo.
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