lunes, 14 de febrero de 2022

5C.-Relato MªCarmen Gamero

 

Un tropiezo.

La tradición de varias familias como la de Juan era que continuaran sus estudios en un internado antes de ir a la universidad. La de Maite pensaba lo mismo y, sin demora, en compañía de sus padres, a comienzos de otoño durmió por primera vez fuera de casa.

Los progenitores de Juan, al igual que él, se interesaban por las letras. Plenamente consciente de lo que quería aprobó todos los cursos con excelentes notas. La familia de Maite poseía conocimientos adquiridos del trabajo duro, con apenas estudios. Por esto que eligiera ciencias puras les parecía fascinante.

Entre letras y ciencias, Juan y ella poco habían coincidido, salvo en el pasillo cuando entraban o salían de clase o algún café con sus respectivos grupos de amigos, a los que adoraban y con los que se sentían felices.

Al aproximarse el final del último año y las celebraciones acabaron, él se fue a vivir a Madrid para empezar periodismo. Ella a Sevilla a realizar los estudios de medicina.

Todos los antiguos alumnos sabían que, cada cierto tiempo, se reunían para recordar vivencias, reencontrarse con amigos y saludar a los profesores. Años anteriores no pudieron asistir. Por fortuna, aquel año lo consiguieron.

El esfuerzo valía la pena al cumplir las Bodas de Plata. Tras veinticinco años sin verse, la euforia se apoderó de la mayoría de ellos, calmada por el inicio de la celebración de la eucaristía, acontecimiento inicial de todos los eventos de un colegio religioso.

Maite se sentó en los primeros bancos de la capilla, donde el olor de sus grandes muros neogóticos, la luz que penetraba por las elevadas y bellas vidrieras ojivales, la melodía del órgano, tocado en el coro por el mismo músico, que resonaba por la planta de Cruz Latina, la nave central y el crucero, la llevaron a sopesar la idea de quedarse allí por horas.

Juan permaneció de pie todo el tiempo. Sintió cómo las canciones aborrecidas antaño, ahora parecían música que lo acariciaba, salía al exterior del templo e invadía aquel gran complejo de tres alturas realizado en ladrillo, articulado en torno a dos amplios patios unidos entre sí por el espacioso pasillo.

El programa de actos continuaba con un paseo por el edificio. El piso inferior era para clases, sala de visita y la capilla. El principal para clausura y enfermería, y el último para dormitorios. Las reformas de los últimos años le habían dado un aspecto más actual.

Maite sintió una paz interior en la zona de retiro donde el clima de recogimiento, silencio, oración la llevaron a la búsqueda de la unión mística con Dios, y su cercanía a la enfermería. ¿Y sí propusiera trabajar allí?

Juan desconocía ese área por la existencia del impedimento de que personas ajenas a la orden pudieran entrar, peor aún en época adolescente. Pensó, que tal vez, podría ser uno más de los monjes que habitaban allí. De un modo misterioso se vio a sí mismo escribiendo junto a ellos.

Más reflexivos, en el pasillo que daba a las habitaciones, Juan tropezó con Maite. La que había pasado desapercibida entonces, le impresionó con su perfume de Carolina Herrera. Ella tampoco se había fijado en él durante el instituto y no lo hubiera hecho ese día si el chico no tropieza y le rompe el asa del bolso marrón de mano.

El extasis del momento realizó el milagro de minimizar lo sucedido entre risas y,   porque sabía que su padre lo arreglaría con gusto. 

Continuaron la visita hacia el ala norte, donde la azulejería y el artesanado de la escalera permanecían intactos desde 1.924 y 1932. Juan se descubrió mirando a Maite para coincidir con la mirada de ella, quien se apartó para observar las obras pictóricas barrocas restauradas.

Salieron del edificio hacia las nuevas pistas de atletismo y, como no, uno de los principales tesoros de los exteriores del centro, sus jardines. La envergadura de los pinos, las plantas agrupadas por especies y colores determinaron los sueños de estos dos jóvenes.

Juan llevaba tiempo pensando en abandonar su trabajo por estrés. Las jornadas le parecían incansables y, la vuelta al colegio le hizo pensar en ser sacerdote por unos minutos. Ahora dudaba en comprar un terreno con los ahorros de estos años. Pondría un jardín parecido a aquel, si bien, los pinos nunca le parecieron una buena opción porque prefería frutales.

Maite siguió su paseo con el grupo de amigos hasta que vio, al lado de la fuente de piedra con peces de colores, a Juan que parecía en trance. Se acercó sin hacer ruido y paró a varios metros de él. Minutos después decidió rodear con disimulo el borde y mirar como nadaban aquellos diminutos seres.

Los dos coordinaron la mirada siguiendo el juego del verde con aletas naranjas, hasta que coincidieron. Los ojos azules de Maite le cautivaron más que su perfume. Ella sonrió nerviosa y continuó su visita hacia la zona de la mezquita.

Si, una mezquita en un colegio católico. Durante algún tiempo, se usó como hospital militar para atender a los soldados marroquíes procedentes de los frentes de guerra próximos y para los actos de culto de los soldados musulmanes, se construyó una en uno de sus patios.

De eso sabía Maite, interesada por la medicina. Esperó a que llegara el resto y se dispuso a contar la historia. La había estudiado bien por la curiosidad que le despertaba. Supo que la concentración le fallaba cuando no vio a Juan  en el grupo.

Terminó el relato y se sentó en un banco de hierro dispuesto bajo un grandioso pino que parecía querer tapar el sol todos los días. El canto de los pájaros le hizo cerrar los ojos y pensar que podría continuar a ejercer su profesión en un área rural o, al menos, vivir en el campo si no aceptaban su trabajo como médico en el colegio.

El resto de los antiguos alumnos se alejó, menos Juan que le puso una mano en el hombro derecho.

—Hola, ¿estás bien?

—Sí. Disfrutaba de la pequeña brisa y el sonido de la naturaleza.

—Me pasó lo mismo con los peces. 

—¿En qué clase estuviste?

—En letras. Hice periodismo

—Yo Medicina.

—¡Vamos! Nos perderemos de los demás.

—De acuerdo.

—¿Qué es de tu vida? ¿Te has casado?

—No, no.

—Yo tampoco. Creo que así tendré la oportunidad de comprar algo para dedicarme al campo, pensaré qué hacer. La calma la perdí en la ciudad.

El paso por el jazmín chino, con agradable aroma que inundaba el espacio, las flores, unas en hélices y otras en estrellas hechizaron a los dos. Aún más cuando las petunias con delicadas flores en forma de trompeta los hizo mirarse de una forma diferente.

—Quiero vivir entre hibiscos y helechos— dijo Juan.

—Yo plantaré plantas medicinales. Estudiaré todo sobre ellas para mejorar la calidad de vida de los que trato.

Él se daba cuenta de que Maite lo escuchaba cada vez más perpleja. El cuerpo de la chica, antes en tensión, se había ido relajando, así como su semblante. Fascinado también por ella, albergó la esperanza de que la visita tomara una deriva aún más excitante.

La invitó a pasear por la parte rehabilitada. Sabía que este tipo de jardines son fantásticos porque cuentan con un camino de piedra que aporta un romanticismo especial. Ya era imposible superar la fuerza de atracción que sentía y, simulando el mismo empujón que le había arrancado el asa, la besó.

Al terminar la jornada, el intercambio de teléfonos parecía lo normal entre la mayoría de los asistentes. Sin embargo, había transformado los sueños e ilusiones de dos desconocidos hasta entonces. Aquel acontecimiento trascendental cambió el orden.

Juan y Maite tuvieron varios encuentros durante el siguiente año. Una tarde recibió en su correo electrónico un archivo que él le había enviado:

 

Contigo he aprendido el aumento de los cálculos matemáticos,

descubrí el número huesecillos de los pies.

Detecté las cuatro válvulas del corazón y,

los infinitos poros en tu cuerpo al atardecer. 

 

Desde entonces, ninguno de los dos desistió en su empeño por vivir en la naturaleza juntos. Cuando se contempla el firmamento en una noche estrellada, se hace difícil imaginar que dos personas alejadas físicamente estén unidas observando la misma estrella y, que no sólo brilla en él, en realidad, esa transformación es el final típico de dos personas que se aman. La indivisibilidad, una obra recibida con entusiasmo.

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