SEÑORA, ESTO SE LO ARREGLO YO
“Señora, eso se lo arreglo yo” Nada
más escuchar estas palabras, sentí que mis problemas se solucionaban. Las
pronunció Manuel, el instalador. Un señor de unos cuarenta y tantos años, de
piel curtida por el sol y manos ajadas por el trabajo. Más que hablar, parecía
que reñía. Lo hacía en un tono tosco que espantaba, pero que al mismo tiempo, me
dejó un rastro de sinceridad que hizo que me decantara por la solución que me
ofreció.
Mis padres, que ya contaban con
más de setenta años, pasaron el verano pasado en mi nuevo piso de la playa. A
los pocos días de su estancia, mi madre me dijo que la cocina era especialmente
calurosa. Al caer la tarde, el sol entraba por el ventanal como una llama que
encendía las paredes y el suelo. Sin pensármelo dos veces, me fui a un almacén
de electrodomésticos y compré un aire acondicionado con la instalación incluida.
Tengo que decir que yo vivo a
unos ciento cincuenta kilómetros del piso de la playa, cosa que no fue problema
porque el almacén, donde lo compré, tenía sucursal en ambas ubicaciones.
Mi madre se alegró cuando le anuncie la compra. El aparato llegó
el día indicado, al igual que los instaladores. El problema surgió con la
ubicación. La cocina daba a un patio comunitario donde no se podía colocar la
máquina exterior. Tras hablar con el presidente de la comunidad, llegué a la
conclusión de que sería mejor instalarlo bajo la ventana de la habitación más
próxima a la cocina que daba a la fachada principal. Pero en este caso, al
estar más lejos el aparato exterior del interior, tuve que comprar otra máquina
a la que no afectara esa distancia. No hubo problema, el almacén aceptó el
cambio con un sobre coste de 300€. Manuel, el instalador volvió la semana
siguiente y en su tono tosco, pero fiable, me dijo: “señora esto se lo arreglo
yo”. “Eso espero” contesté.
El lunes siguiente, a media
mañana, me llama mi madre para decirme que Manuel dice que debería llevar el
desagüe de la máquina al bajante
general. Lo pensé brevemente, me pareció buena idea y di mi aprobación a los
100€ que tendría que sumar. A última hora de la mañana me volvió a llamar mi
madre para decirme que se habían roto unos azulejos y que volverían al día
siguiente para reponerlos.
Esa noche pensé que ya puestos,
me gustaría cambiar la distribución de la instalación de las tuberías de agua en
la cocina. Así aprovecharía mejor los escasos ocho metros cuadrados que ocupaba.
Manuel me dio un presupuesto de 1000€, cantidad que me pareció ajustada por lo
que también di mi visto bueno. Mis padres se fueron porque se les hizo incómodo
vivir con los ruidos y el polvo que se levantaba.
El fin de semana siguiente fui a
la playa para comprar los azulejos y hablar con Manuel. Prometió un plazo de
ejecución de un mes, me pareció razonable y me volví ilusionada con la reforma y
porque confiaba en sus palabras.
Dos semanas después me llamó
Manuel para decirme que al cambiar las tuberías debería también cambiar los
enchufes y que el presupuesto eran 300€ más. Acepté porque no cabía otra,
necesitaba un enchufe al lado de la toma de agua de la lavadora y del friegaplatos.
Pero me empezaban a fastidiar estos añadidos con los que yo no contaba y además,
es que me sentía en sus manos. Desconocía
los pasos que lleva la ejecución de una obra y empecé a temer las llamadas de
Manuel
Con las nuevas partidas, la fecha
de terminación de los arreglos se trasladó al mes de octubre. Me tranquilicé
pensando que para la primavera, época en la que me gusta disfrutarlo, estaría
terminado e incluso instalados los nuevos muebles de la cocina. Cada dos fines
de semana me acercaba para supervisar la obra y pagar a Manuel que me esperaba
como un amante fiel. No esperaba verlo allí, nada más abrirse la puerta del
ascensor, ni mucho menos que me asaltara el olor a colonia barata con que había
saturado el rellano. Se había puesto una camisa perfectamente planchada y un
pantalón azul impecable, pero sus ademanes no habían cambiado. Me saludó con
amabilidad. Al entrar en casa enseguida empezó a hablar sobre lo que había
hecho, hablaba, me enseñaba y me seguía hablando hasta que, cansada de su tono
tosco y alto, le pagué para que mis oídos, mi olfato y mi razón descansaran de
aquella catarata que me aturdía.
El día siguiente lo dediqué a
limpiar, a limpiar y a limpiar, no me explicaba cómo un piso tan pequeño podía
acumular tanto. También repasé el estado de los arreglos. Nada estaba rematado,
a los azulejos le faltaba la lechada, la ventana que había descolgado, no me
explico por qué, estaba sin sellar por la parte de fuera y los enchufes parecían
dos bailaores flamenco doblados, cada uno para un lado. Por la tarde me llamó
Manuel. Antes de descolgar, mi ánimo reapareció enérgico, tenía ganas de
gritarle. Cuando descolgué, con su tosca voz me invitaba a cenar frente al mar,
en un restaurante de un amigo suyo. Me quedé en silencio oliendo a colonia
barata. Alegué que estaba muy cansada y me fui a pasear por la playa para
olvidarme de Manuel.
En el mes de noviembre todo
seguía igual. La huella de sus manos sucias estaban marcadas en todas las
paredes. No sabía cuándo iba a terminar y además tenía que añadir un
presupuesto para la pintura de toda la casa. No se me olvida la frase: “Señora,
esto se lo arreglo yo”.
Tiene un toque muy Larra. Yo también he hecho obras, no digo más.
ResponderEliminar