domingo, 30 de enero de 2022

Ejercicio 3C - Esperanza

 

SEÑORA, ESTO SE LO ARREGLO YO

“Señora, eso se lo arreglo yo” Nada más escuchar estas palabras, sentí que mis problemas se solucionaban. Las pronunció Manuel, el instalador. Un señor de unos cuarenta y tantos años, de piel curtida por el sol y manos ajadas por el trabajo. Más que hablar, parecía que reñía. Lo hacía en un tono tosco que espantaba, pero que al mismo tiempo, me dejó un rastro de sinceridad que hizo que me decantara por la solución que me ofreció.

Mis padres, que ya contaban con más de setenta años, pasaron el verano pasado en mi nuevo piso de la playa. A los pocos días de su estancia, mi madre me dijo que la cocina era especialmente calurosa. Al caer la tarde, el sol entraba por el ventanal como una llama que encendía las paredes y el suelo. Sin pensármelo dos veces, me fui a un almacén de electrodomésticos y compré un aire acondicionado con la instalación incluida.

Tengo que decir que yo vivo a unos ciento cincuenta kilómetros del piso de la playa, cosa que no fue problema porque el almacén, donde lo compré, tenía sucursal en ambas ubicaciones.

Mi madre se alegró  cuando le anuncie la compra. El aparato llegó el día indicado, al igual que los instaladores. El problema surgió con la ubicación. La cocina daba a un patio comunitario donde no se podía colocar la máquina exterior. Tras hablar con el presidente de la comunidad, llegué a la conclusión de que sería mejor instalarlo bajo la ventana de la habitación más próxima a la cocina que daba a la fachada principal. Pero en este caso, al estar más lejos el aparato exterior del interior, tuve que comprar otra máquina a la que no afectara esa distancia. No hubo problema, el almacén aceptó el cambio con un sobre coste de 300€. Manuel, el instalador volvió la semana siguiente y en su tono tosco, pero fiable, me dijo: “señora esto se lo arreglo yo”. “Eso espero” contesté.

El lunes siguiente, a media mañana, me llama mi madre para decirme que Manuel dice que debería llevar el desagüe de la máquina al  bajante general. Lo pensé brevemente, me pareció buena idea y di mi aprobación a los 100€ que tendría que sumar. A última hora de la mañana me volvió a llamar mi madre para decirme que se habían roto unos azulejos y que volverían al día siguiente para reponerlos.

Esa noche pensé que ya puestos, me gustaría cambiar la distribución de la instalación de las tuberías de agua en la cocina. Así aprovecharía mejor los escasos ocho metros cuadrados que ocupaba. Manuel me dio un presupuesto de 1000€, cantidad que me pareció ajustada por lo que también di mi visto bueno. Mis padres se fueron porque se les hizo incómodo vivir con los ruidos y el polvo que se levantaba.

El fin de semana siguiente fui a la playa para comprar los azulejos y hablar con Manuel. Prometió un plazo de ejecución de un mes, me pareció razonable y me volví ilusionada con la reforma y porque confiaba en sus palabras.

Dos semanas después me llamó Manuel para decirme que al cambiar las tuberías debería también cambiar los enchufes y que el presupuesto eran 300€ más. Acepté porque no cabía otra, necesitaba un enchufe al lado de la toma de agua de la lavadora y del friegaplatos. Pero me empezaban a fastidiar estos añadidos con los que yo no contaba y además, es que me sentía en sus manos.  Desconocía los pasos que lleva la ejecución de una obra y empecé a temer las llamadas de Manuel

Con las nuevas partidas, la fecha de terminación de los arreglos se trasladó al mes de octubre. Me tranquilicé pensando que para la primavera, época en la que me gusta disfrutarlo, estaría terminado e incluso instalados los nuevos muebles de la cocina. Cada dos fines de semana me acercaba para supervisar la obra y pagar a Manuel que me esperaba como un amante fiel. No esperaba verlo allí, nada más abrirse la puerta del ascensor, ni mucho menos que me asaltara el olor a colonia barata con que había saturado el rellano. Se había puesto una camisa perfectamente planchada y un pantalón azul impecable, pero sus ademanes no habían cambiado. Me saludó con amabilidad. Al entrar en casa enseguida empezó a hablar sobre lo que había hecho, hablaba, me enseñaba y me seguía hablando hasta que, cansada de su tono tosco y alto, le pagué para que mis oídos, mi olfato y mi razón descansaran de aquella catarata que me aturdía.

El día siguiente lo dediqué a limpiar, a limpiar y a limpiar, no me explicaba cómo un piso tan pequeño podía acumular tanto. También repasé el estado de los arreglos. Nada estaba rematado, a los azulejos le faltaba la lechada, la ventana que había descolgado, no me explico por qué, estaba sin sellar por la parte de fuera y los enchufes parecían dos bailaores flamenco doblados, cada uno para un lado. Por la tarde me llamó Manuel. Antes de descolgar, mi ánimo reapareció enérgico, tenía ganas de gritarle. Cuando descolgué, con su tosca voz me invitaba a cenar frente al mar, en un restaurante de un amigo suyo. Me quedé en silencio oliendo a colonia barata. Alegué que estaba muy cansada y me fui a pasear por la playa para olvidarme de Manuel.

En el mes de noviembre todo seguía igual. La huella de sus manos sucias estaban marcadas en todas las paredes. No sabía cuándo iba a terminar y además tenía que añadir un presupuesto para la pintura de toda la casa. No se me olvida la frase: “Señora, esto se lo arreglo yo”.

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