HISTORIAS QUE NADIE COMPRA
Por Agustín Velasco
Con un gesto parco, él le
ofrece que se siente y ella evita hacerlo en el butacón granate, demasiado
parecido al que había en casas de sus padres. Las arrugas y las grietas que
entelarañan la polipiel le devuelven la imagen de su padre clavando las uñas en
los brazos del sillón. Esta noche no quiere volver a aquella casa en la que las
miradas avisaban del peligro. Este hombre que le ha abierto la puerta de su hogar
es muy distinto a su padre. Sus uñas están limpias y sus párpados se precipitan
en pendiente por los extremos de su rostro cargando a sus ojos de tristeza.
No
pareces puta, le dice él a la vez que le ofrece algo de beber y ella le
cuenta una verdad a medias. Que junto al alta del hospital, con muy poca
distancia, le entregaron los papeles del divorcio y el finiquito de su trabajo.
Ambos le cogieron por sorpresa. Nada que ver con el infarto, que llevaba ya
tiempo avisándola. No le desvela que es periodista y le ahorra la escena en la
que el director del periódico comenzó la cantinela de sabes que los medios
no estamos en el mejor momento. Aún se pregunta cómo no lo había visto
venir con la cascada de despidos que se habían ido sucediendo a su alrededor. Ahora
le parece un juego de prestidigitación la forma en que la puso de patitas en la
calle brindándole, en paralelo, un futuro incierto como freelance. Esta es
tu casa, siempre escucharé tus propuestas. Pero todos sus mails desde
entonces habían sido devueltos con un habría que darle una vuelta, piensa en
cosas que no podamos cubrir desde redacción.
Lo de su
marido, le confiesa, sí lo podría haber intuido. Ambos se habían ido deslizando
sigilosamente hacia los márgenes de ese matrimonio en el que ya solo coincidían
a la hora de dormir. Así que ahora estaba sola y sin trabajo. A él, que no deja
de frotarse las manos y asentir, le parece que es motivo suficiente para
hacerse puta y buscar clientes en los chats de internet. Ella parece cómoda, pero
palpa un peligro mudo que reside en las mentiras: Ella no es puta, ni sabría
defenderse llegado el caso. Y sigue siendo periodista, que es por lo que
está allí. Trata de no perder de vista su objetivo. Su sentido común le grita
que se vaya, que no merece la pena, pero sin embargo se sienta en un sofá verde
y le acepta una copa. Con la yema de los dedos mantiene el contacto con su
bolso.
Él le
señala un pequeño estudio que hay en un extremo del salón y le confiesa que es
aparejador pero que también está en paro. Mi nombre real es Joaquín.
Ella le pregunta si siempre usa el chat para buscar sexo. Tiene miedo que la
periodista aflore de una forma muy evidente. Él no responde y le habla de H. G.
Wells, lo ha leído casi todo, su favorito es El hombre invisible, las
distopías también le interesan. La fantasía no es un género que me interese,
dice ella lacónica, y la conversación cae en una zanja de la que le cuenta salir.
Cuando
quieras empezamos, le apremia ella. Le molesta esa falta de determinación
de él. No pareces puta, repite él con los ojos fijos en su bebida. Ella piensa
que quizás haya sido un error no haberse disfrazado: Una blusa escotada, una
falda corta y ajustada, el prototipo de milf calentorra con el que los hombres
se masturban pensando en lo perverso que se puede llegar a ocultarse en lo
cotidiano. Tengo cincuenta y dos años, trato de ser coherente. Él afirma
con la cabeza, como si la entendiera, y le explica con la voz rota, con una
incipiente afonía, que no tienen porqué follar. Aunque no lo hagamos me tienes
que pagar igual. No sabe si la ofende más que no le inspire deseo a ese
hombre tan anodino o que se cumpla el estereotipo de putero que solo busca hablar.
No quiere que su artículo se cimente sobre un cliché. De pronto le aterra haber
cruzado esa barrera en que se deja de despertar deseo en los hombres. Claro,
pagaré. Ella se pone en pie, suelta su copa y le tiende la mano. Pues yo
prefiero ganarme el dinero. Es lo único que ha tenido claro desde pequeña.
Ver cómo tu madre se hace diminuta cuando tu padre hunde las uñas en los brazos
del sillón, ha sido la mejor escuela para comprender qué tipo de mujer no se
quiere llegar a ser de ningún modo.
Se sorprende de poder mirar a
la cara a aquel desconocido mientras la penetra silencioso, y que una ternura
olvidada aflore en ella. Se puede palpar el esfuerzo que hace él por darle
placer. Está en las arrugas de su rostro contraído. Pensó, que cuando todo
empezara, ella se alejaría para ver aquella escena desde fuera, con sus ojos de
periodista. Pero está presente. Nota cada gota de sudor que resbala por el
rostro de él y se estrella sobre su piel, como olas enérgicas contra riscos
imperturbables. Le parece una buena frase para otro tipo de texto, no para un
artículo sobre prostitución en la red. Identifica una historia en esa cama, la
de dos perdedores que se encuentran, pero esa no se la compraría ningún editor.
El cuello
de él se tensa, enrojece, las venas se marcan, los poros de su piel se
engallinan, su cuerpo tremola. Es un orgasmo mudo. Ella también se ha corrido,
hace rato, pero él no se percata. Ni habiéndolo hecho a pelo se hubiera dado
cuenta. El pene es muy sensible, pero también muy inconsciente. Podría haber
jadeado y dejarle ver que el objetivo se había conseguido, pero lo que ella
sienta es irrelevante. Está bajo ese cuerpo como periodista, no como mujer. Y
sin embargo, acaricia las cejas de él, recorre sus párpados, subraya el arco de
caída que lo hace parecer triste, y quiere creer que es un buen hombre, uno con
el que se podría hablar de literatura y salir a cenar, compartir miedos y ver
pasar el tiempo. Las buenas intenciones afloran durante el sexo, las ganas de
creer lo mejor de quien ha entrado en tus entrañas, porque si no lo creyeras,
si pensaras que dejas entrar en ti a cualquier ser vil, ¿en qué te convierte
eso? ¿En una puta cualquiera?
Él parece
que quiere quedarse en la cama, cuerpo con cuerpo, pero ella se apresura a
recuperar su sujetador, y él comprende que tiene que levantarse a buscar el
dinero. Lo deja en la mesa para que ella lo coja, como si el entregárselo en la
mano le fuera a robar su dignidad. La periodista de pronto se encuentra
tratando de desentrañar esa sensación, y recuerda las manos de su padre
tendiendo el dinero de la compra, siempre contado, a su madre.
La acompaña
a la puerta. A ella le incomoda que sea galante. A su espalda lo oye decir quizás,
si te apetece…, pero ella ya ha bajado el primer tramo de escaleras. Lleva
su bolso, las llaves de su coche, las medias en un bolsillo, su objetivo
cumplido, tristeza, el pelo revuelto, la duda de qué iría a proponerle él, la
certeza de no volver a verlo, pero lo que no lleva es un artículo. Cuando
arranca el coche, mira hacia el bloque y no es capaz de identificar la ventana
del apartamento del sillón granate, y comprende que es posible que el artículo no fuera
el principal motivo para quedar con aquel desconocido.
Muy bueno el paralelismo con el padre. Muy bueno. Da para pensar y hablar mucho.
ResponderEliminarAlumno aventajado. Mi sueño cuando sea mayor.
ResponderEliminarBuenísimo, Agustín.
ResponderEliminarUFF Agustín. ¡Qué bien escribes y como consigues poner los pelos de punta! Me gusta lo del " el error de no haberse disfrazado". Es cierto que se actua mejor con el disfraz apropiado.
ResponderEliminarBuenísimo, Agustín. Ahora, con las cursivas bien puestas, se lee con más facilidad, pero yo lo entendí igual, incluso sin él NO final. Sí que tuve que leerlo un par de veces, pero creí que era así, pero interpreté que el artículo era el principal motivo, pero, había otros.
ResponderEliminar