lunes, 31 de enero de 2022

EJERCICIO 3C. AGUSTÍN VELASCO. CREATIVIDAD. RELATO

 

HISTORIAS QUE NADIE COMPRA
Por Agustín Velasco
 
Con un gesto parco, él le ofrece que se siente y ella evita hacerlo en el butacón granate, demasiado parecido al que había en casas de sus padres. Las arrugas y las grietas que entelarañan la polipiel le devuelven la imagen de su padre clavando las uñas en los brazos del sillón. Esta noche no quiere volver a aquella casa en la que las miradas avisaban del peligro. Este hombre que le ha abierto la puerta de su hogar es muy distinto a su padre. Sus uñas están limpias y sus párpados se precipitan en pendiente por los extremos de su rostro cargando a sus ojos de tristeza.
No pareces puta, le dice él a la vez que le ofrece algo de beber y ella le cuenta una verdad a medias. Que junto al alta del hospital, con muy poca distancia, le entregaron los papeles del divorcio y el finiquito de su trabajo. Ambos le cogieron por sorpresa. Nada que ver con el infarto, que llevaba ya tiempo avisándola. No le desvela que es periodista y le ahorra la escena en la que el director del periódico comenzó la cantinela de sabes que los medios no estamos en el mejor momento. Aún se pregunta cómo no lo había visto venir con la cascada de despidos que se habían ido sucediendo a su alrededor. Ahora le parece un juego de prestidigitación la forma en que la puso de patitas en la calle brindándole, en paralelo, un futuro incierto como freelance. Esta es tu casa, siempre escucharé tus propuestas. Pero todos sus mails desde entonces habían sido devueltos con un habría que darle una vuelta, piensa en cosas que no podamos cubrir desde redacción.
Lo de su marido, le confiesa, sí lo podría haber intuido. Ambos se habían ido deslizando sigilosamente hacia los márgenes de ese matrimonio en el que ya solo coincidían a la hora de dormir. Así que ahora estaba sola y sin trabajo. A él, que no deja de frotarse las manos y asentir, le parece que es motivo suficiente para hacerse puta y buscar clientes en los chats de internet. Ella parece cómoda, pero palpa un peligro mudo que reside en las mentiras: Ella no es puta, ni sabría defenderse llegado el caso. Y sigue siendo periodista, que es por lo que está allí. Trata de no perder de vista su objetivo. Su sentido común le grita que se vaya, que no merece la pena, pero sin embargo se sienta en un sofá verde y le acepta una copa. Con la yema de los dedos mantiene el contacto con su bolso.
Él le señala un pequeño estudio que hay en un extremo del salón y le confiesa que es aparejador pero que también está en paro. Mi nombre real es Joaquín. Ella le pregunta si siempre usa el chat para buscar sexo. Tiene miedo que la periodista aflore de una forma muy evidente. Él no responde y le habla de H. G. Wells, lo ha leído casi todo, su favorito es El hombre invisible, las distopías también le interesan. La fantasía no es un género que me interese, dice ella lacónica, y la conversación cae en una zanja de la que le cuenta salir.
Cuando quieras empezamos, le apremia ella. Le molesta esa falta de determinación de él. No pareces puta, repite él con los ojos fijos en su bebida. Ella piensa que quizás haya sido un error no haberse disfrazado: Una blusa escotada, una falda corta y ajustada, el prototipo de milf calentorra con el que los hombres se masturban pensando en lo perverso que se puede llegar a ocultarse en lo cotidiano. Tengo cincuenta y dos años, trato de ser coherente. Él afirma con la cabeza, como si la entendiera, y le explica con la voz rota, con una incipiente afonía, que no tienen porqué follar. Aunque no lo hagamos me tienes que pagar igual. No sabe si la ofende más que no le inspire deseo a ese hombre tan anodino o que se cumpla el estereotipo de putero que solo busca hablar. No quiere que su artículo se cimente sobre un cliché. De pronto le aterra haber cruzado esa barrera en que se deja de despertar deseo en los hombres. Claro, pagaré. Ella se pone en pie, suelta su copa y le tiende la mano. Pues yo prefiero ganarme el dinero. Es lo único que ha tenido claro desde pequeña. Ver cómo tu madre se hace diminuta cuando tu padre hunde las uñas en los brazos del sillón, ha sido la mejor escuela para comprender qué tipo de mujer no se quiere llegar a ser de ningún modo.


Se sorprende de poder mirar a la cara a aquel desconocido mientras la penetra silencioso, y que una ternura olvidada aflore en ella. Se puede palpar el esfuerzo que hace él por darle placer. Está en las arrugas de su rostro contraído. Pensó, que cuando todo empezara, ella se alejaría para ver aquella escena desde fuera, con sus ojos de periodista. Pero está presente. Nota cada gota de sudor que resbala por el rostro de él y se estrella sobre su piel, como olas enérgicas contra riscos imperturbables. Le parece una buena frase para otro tipo de texto, no para un artículo sobre prostitución en la red. Identifica una historia en esa cama, la de dos perdedores que se encuentran, pero esa no se la compraría ningún editor.
El cuello de él se tensa, enrojece, las venas se marcan, los poros de su piel se engallinan, su cuerpo tremola. Es un orgasmo mudo. Ella también se ha corrido, hace rato, pero él no se percata. Ni habiéndolo hecho a pelo se hubiera dado cuenta. El pene es muy sensible, pero también muy inconsciente. Podría haber jadeado y dejarle ver que el objetivo se había conseguido, pero lo que ella sienta es irrelevante. Está bajo ese cuerpo como periodista, no como mujer. Y sin embargo, acaricia las cejas de él, recorre sus párpados, subraya el arco de caída que lo hace parecer triste, y quiere creer que es un buen hombre, uno con el que se podría hablar de literatura y salir a cenar, compartir miedos y ver pasar el tiempo. Las buenas intenciones afloran durante el sexo, las ganas de creer lo mejor de quien ha entrado en tus entrañas, porque si no lo creyeras, si pensaras que dejas entrar en ti a cualquier ser vil, ¿en qué te convierte eso? ¿En una puta cualquiera?
Él parece que quiere quedarse en la cama, cuerpo con cuerpo, pero ella se apresura a recuperar su sujetador, y él comprende que tiene que levantarse a buscar el dinero. Lo deja en la mesa para que ella lo coja, como si el entregárselo en la mano le fuera a robar su dignidad. La periodista de pronto se encuentra tratando de desentrañar esa sensación, y recuerda las manos de su padre tendiendo el dinero de la compra, siempre contado, a su madre.
La acompaña a la puerta. A ella le incomoda que sea galante. A su espalda lo oye decir quizás, si te apetece…, pero ella ya ha bajado el primer tramo de escaleras. Lleva su bolso, las llaves de su coche, las medias en un bolsillo, su objetivo cumplido, tristeza, el pelo revuelto, la duda de qué iría a proponerle él, la certeza de no volver a verlo, pero lo que no lleva es un artículo. Cuando arranca el coche, mira hacia el bloque y no es capaz de identificar la ventana del apartamento del sillón granate, y comprende que es posible que el artículo no fuera el principal motivo para quedar con aquel desconocido.

5 comentarios:

  1. Muy bueno el paralelismo con el padre. Muy bueno. Da para pensar y hablar mucho.

    ResponderEliminar
  2. Alumno aventajado. Mi sueño cuando sea mayor.

    ResponderEliminar
  3. UFF Agustín. ¡Qué bien escribes y como consigues poner los pelos de punta! Me gusta lo del " el error de no haberse disfrazado". Es cierto que se actua mejor con el disfraz apropiado.

    ResponderEliminar
  4. Buenísimo, Agustín. Ahora, con las cursivas bien puestas, se lee con más facilidad, pero yo lo entendí igual, incluso sin él NO final. Sí que tuve que leerlo un par de veces, pero creí que era así, pero interpreté que el artículo era el principal motivo, pero, había otros.

    ResponderEliminar