EL SEÑOR AMAZON
El Sr. Amazon tuvo un sueño en la niñez. Imaginaba la plateada luna colgada en la bóveda celeste, tapada a veces por un rebaño de ovejas o por una cortina de cuentas de hierro, cuando iniciaba su transcurrir en el redondo mundo compuesto en su mayor parte de liquido elemento donde habitaba, como un onírico edén exento de congresistas y de reuniones urgentes.
Sería un mundo de residencias de plastilina coloreada, dulces como las gominolas o ácidas como las lenguas de colores de los cumpleaños. Sobre troncos de palulu, unas nubes de algodón verde manzana se desternillarían de risa al compás del viento. Todos los habitantes serían tiernos infantes o zascandiles turbulentos dedicados al ocio deleitoso; los cuerpos esbeltos, de goma base marfil, podrían doblarse gracias a los alambres insertados en el interior respetando escrupulosamente el corazón de melocotón en almíbar; y, por supuesto, serían adictos al yoga y al contorsionismo, pero no serían capaces de saltar; comerían grageas tornasoladas de carne de cebú, trucha escabechada y espinacas con bechamel; y, al respirar, exhalarían unas turbulencias rosadas que subirían al firmamento en forma de pamelas rosas como protección para las tormentas y los rayos que el sol, enemigo acérrimo de la luna, les enviaba seis o siete veces en el transcurso del día.
Cuando el Sr. Amazon alcanzó la edad adulta y dormía en un colchón en que las plumas habían sido sustituidas por dólares, decidió construir un cohete espacial para visitar su mundo de ensueño. Contrató a los mejores soñadores del planeta y juntos ensamblaron un artefacto de acero con alas de cisne blanco y cola de pavo real macho con ganas de juerga.
Estaba dispuesto a que le acogieran como a un igual y reflexionó largamente acerca de los obsequios con los que los agasajaría. En un duermevela que le sobrevino cuando se hallaba tumbado bajo el sauce llorón compañero de su piscina de chorro continuo que casi no utilizaba porque no era capaz de tomar nunca la salida, tuvo una maravillosa idea. Llenaría la cápsula con la comida preferida de sus sobrinos, hijos de la oronda mujer en que se había convertido su hermana comiendo sin parar m&ms y kit kats.
Bandejas llenas de macarrones con tomate, envueltas en plástico transparente, volaron entonces por la cápsula en cuanto el Sr. Amazon se descuidaba. Es lo que él consideraba que debería ser el pedido estrella de los niños siderales.
Al aterrizar por primera vez, un enjambre de X blancas de dos metros rematadas por globos violetas con cuatro margaritas en lugar de ojos y boca, salieron de un edificio monstruoso similar a una colmena y rodearon la nave profiriendo un ulular como el ruido del mar en las caracolas. ”¿Serán niños, hombres, mujeres, homo, trans? ¿Les tendré que llamar señor, señora o señore? El Sr. Amazon decidió que se había equivocado en su apreciación infantil, pero que le resultarían igualmente agradables y pacíficos. Y así fue. Se sentaron en circulo doblando la x por la mitad, apartaron con mimo una de las margaritas, y procedieron a ingerir, bulímicos, los macarrones.
Pasado el tiempo, cada vez que aluniza, un enjambre de X violeta se aproxima; con el cambio de régimen han cambiado de color; sus brazos se alargan más de un metro deseosos de enganchar las bandejas de manduca; las puntas de los dedos relucen de excitación y expulsan una baba verdosa por las margaritas sonrientes.
Comen despacio, saboreando con deleite la pasta “al dente”. Al mezclarse el tomate con la tonalidad del liquido de la deglución, penetra en los gráciles cuerpos creando una luminosidad amarilla que marca todo el tracto intestinal en forma de ADN que, cual escalera de caracol, envuelve el alambre que, ese sí existe como imaginaba el Sr.Amazon y los soporta. Y ahora ya botan y rebotan, dan saltos mortales, se retuercen llenos de energía, la energía que su insípida comida de grageas no les facilitaba.
Desde hace algún tiempo, en cada viaje de vuelta a la tierra, cuando alcanzan la edad adulta, se basculan para entrar en la nave del pavo real y aterrizan en el extraño planeta del Sr. Amazon.
Inmediatamente pasan a pertenecer a la plantilla del Circo del Sol.
Ay, que tu has leído el texto de Zapata sobre la visibilidad. Yo creo que cumple perfectamente lo de crear un universos abigarrado. La frase final es genial.
ResponderEliminarQue bonito. Me recuerda a mis relatos, pero este mucho más guay
ResponderEliminarMadre mía! Cuanta imaginación bien articulada! Qué bueno!
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