lunes, 24 de enero de 2022

EJERCICIO 2C- CUENTO - Rocío de Juan

LA TUMBA DE HUESO

La historia de la Tumba de Hueso solo aparece mencionada en el tercer pliego del testamento de Ptolemius, sobrino de Ptolomeo XII, tío de la futura Cleopatra VII, futura consorte de Marco Antonio y amante de Julio César, pero que en sí mismo no fue nadie. Se le consideró un lunático y vivió recluido en una torre, donde cada noche espiaba las estrellas gracias a una lente especial que le acercaba a ellas y durante el día enviaba palomas mensajeras que le permitieron establecer relaciones con otros sabios como él y cartografiar las maravillas que a la mayoría pasaban desapercibidas.

Mi padre, descendiente de uno de los sabios con los que se carteaba Ptolemius, consiguió una copia del pliego, única prueba escrita de la existencia de aquel particular osario. Y juntos nos adentramos en lo que parecía una leyenda que incitaba tanto al horror como a la lástima.

El rey de Lobra se muere. La ciudad ayuna. Los animales no abrevan. Los árboles no se riegan. Los niños no reciben el pecho. Solo se oyen los desfiles de plañideros recorrer las calles alternando llanto y loas por el rey. Sus dos hijos deben competir en la preparación de un mausoleo. Ambos llegaron al mundo al mismo tiempo, nunca ha quedado establecido quién es el primogénito. La elección recaerá en aquel que construya la tumba del agrado del monarca. El príncipe Bima N’Bem es alto, hermoso, inteligente. El príncipe Yun N’Bem es retraído, poco agraciado, nadie conoce sus pensamientos.

El primero contrata arquitectos orientales expertos en jardines, diseña una estructura con fuentes en su interior, utiliza marfil, alabastro, oro batido, oro cobrizo y púrpura de Casio. En su interior el incienso se eleva hacia el cielo de modo constante, el sonido argentino del agua apacigua los sentidos. El rey queda muy complacido por la obra del príncipe Bima.

Durante semanas pregunta al príncipe Yun, pero este le pide más tiempo. «Tiempo es lo que no tengo», le advierte su padre. Sin embargo, sí que averigua que su hijo ha hecho venir a doce artesanos dementes para ayudarle. Finalmente, cuando el rey está tan enfermo que deben transportarle en una litera, el príncipe Yun N’Bem le permite visitar su obra. Medio reclinado en su transportín, aparta las cortinas, y contempla una superficie espejeante de hueso pulido, donde no hay ventanas, solo una inmensa puerta. La arcada, en su parte superior, está formada por tres arquivoltas de calaveras; su hijo le explica que una se corresponde a hombres, otra a mujeres, la tercera a bebés. Las columnas son un exquisito entramado de huesos. «Espera a ver el interior», le dice el hijo, «hay un estancia con una gran cama de dosel, un harén, un salón del trono, una sala para recibir visitas… Una réplica en pequeño del palacio. Y todo hecho con huesos humanos».

Llegado ese momento, el rey le mira con espanto. El edificio, en efecto, es gigantesco, lo que explica la tardanza en culminarlo. Su blancura le ciega, tiene una belleza tan sobrenatural como terrible. Pero no entiende, no logra comprender la mirada febril de su hijo. «Y de quién… ¿de quiénes?». «¡Ah», dice el príncipe, «esa es la gran pregunta, ¿verdad? ¿Cuánto tiempo hace que no escucháis a los plañideros?, ¿o a los niños?, ¿o a cualquier otro de vuestros súbditos? Les obligasteis a hacer ayuno por vuestra enfermedad, y ahí están —hace un ademán hacia el mausoleo— en la Tumba de Hueso que os he construido, esperando serviros también en ese otro mundo que tan seguro estáis de gozar».

El rey quiere decir algo más pero se ahoga, quizá haya sido la impresión de ver el destino de su pueblo, quizás la fruta envenenada que su hijo, el príncipe Bima N’Bem, dejó entre las delicias del palanquín, para asegurarse de que su hermano no le ganaba la competición en el último momento. Suponemos que enterrarían al monarca en la tumba lujosa de Bima, la que, años más tarde, rapiñarían los pueblos vecinos. La Tumba de Hueso, como el destino de cualquier mortal, terminó siendo ceniza y olvido, pero no del todo: queda su recuerdo en este pliego, mantener su memoria es parte de mi legado.                                      

                                                                                                                                              Ptolemius

2 comentarios:

  1. Lo de leyenda me lo has copiado. Por suerte escribes mucho mejor jjj. Este va a publicar

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Barroco no me parece. Aunq mi criterio es flojo xq ya ni sé q es barroco

      Eliminar