domingo, 23 de enero de 2022

EJERCICIO 2C Andrea Sanz

 LENGUAJE CROMÁTICO 


Una tarde de verano, tras una larga llantina, me quedé dormida bajo el liquidambar de mi jardín, al amparo de su sombra. Poco después me desperté sobresaltada por numerosos picotazos de insectos voladores que desaparecieron, veloces, con mi primer movimiento. Sentía una sensación horrible, mezcla de dolor y picor como nunca había sentido con otra picadura y entré en casa para aplicar alguna crema calmante. Poco a poco se fue apoderando de mí una sensación de inestabilidad, potenciada por un zumbido sordo y una distorsión de los objetos y, especialmente, de sus colores. Me dio tiempo a llamar a mi madre antes de perder el conocimiento.

Desperté en lo que me pareció una habitación de hospital, pero muy extraña.

No reconocía los objetos debido a una distorsión en su tamaño y en sus colores. Pronto fui consciente de que la diferencia de tamaño era debido al cambio que se había producido en mí. Subí a lo alto de la almohada y me observé atentamente. Mi altura era, aproximadamente de un centímetro. De pronto sentí una vibración en mi espalda y, sin necesidad de girar la cabeza, pude ver unas alas doradas que vibraban a un ritmo veloz. Sin premeditación, me lancé por los aires, volando con elegancia. Atravesé una puerta abierta y llegué al cuarto de baño. Colocada frente al espejo pude observarme atentamente. Mi cuerpo era como un insecto, cabeza, tórax y abdomen. El  tórax era azul tornasolado, de un tono totalmente nuevo para mí. De sus laterales salían tres pares de patas nacaradas con articulaciones de aspecto robótico bien engrasadas. Mí abdomen era delgado y curvado hacia arriba en el final, de manera que no tocaba el suelo en ningún momento. Se veía segmentado en franjas que alternaban un amarillo metalizado con un naranja mate. En la cabeza destacaban dos grandes ojos compuestos, color ámbar, cuya belleza me fascinó y cuya eficacia me dejaba estupefacta desde hacía rato. En el centro de la cabeza, formando una línea de delante a atrás, una fila de ojos simples, ocelos azul fosforescentes, completaban mi elaborado aparato visual. Por delante del primer ocelo aparecía, larga y portentosa, mi aguda probóscide, preparada para absorber la primera sangre que tuviera a mi disposición —me había convertido en insecto, pero mi probóscide garantizaba que seguía siendo hembra—. Mis antenas repararon en la vibración producida al abrirse la puerta de la habitación y yo reparé en ellas. Impresionantes, recubiertas de una pelusa color fucsia matizado, suaves como suspiros, adornaban mi cabeza que ya era una maravilla. Me escondí dentro de un rollo de papel higiénico, no fueran a entrar en el cuarto de baño y me sorprendieran.

Todos hablaban alto, apresuradamente y quitándose la palabra unos a otros, lo que me impedía entender con claridad lo que decían. Entre tanto galimatías, deduje que, con las picaduras, alguna especie de insecto había introducido en mí su material genético y yo había sufrido una metamorfosis. Nadie se explicaba cómo había desaparecido de la habitación si me habían dejado bien sedada para que no pudiera ver el aspecto que iba adquiriendo.

Aproveché el momento en el que todos salieron, para desaparecer volando por la ventana que estaba abierta.

Volé haciendo piruetas durante horas. El mundo me emocionaba, nada tenía que ver con mis percepciones anteriores. Lo más llamativo era la gama de colores de la que podía disfrutar. No puedo contar con palabras humanas sus tonos, porque jamás los había visto, no tenía nombres para designarlos. Llegué a una zona de huertas con unos soberbios ejemplares de algarrobos, y en una rama estaban charlando otros dos ejemplares femeninos. Me acogieron cordialmente y pronto me sumé a su conversación. Me sorprendía el cambio de color en diferentes partes del cuerpo según lo que estuvieran diciendo y el tono que utilizaban. No necesité estar con ellas mucho tiempo para aprender que cuando se enfadaban su abdomen empalidecía y su cara variaba en distintos tonos de rojo, más vivo cuanto más intenso era el enfado. Con un ejemplar de macho que pasó por delante comprobé que la vanidad hacía que todos sus colores despidieran destellos morados y con la soberbia apareciese un halo dorado alrededor de las cabezas.

Unos cerdos rollizos se acercaron a frotar sus lomos contra nuestro árbol y nos preparamos a que llegara el momento oportuno para comer. Los cerdos tenían un color marfil con alguna evanescencia lila, pero lo que más me impresionó fue la nitidez de su sistema circulatorio subcutáneo, que se veía perfectamente dibujado en color morado. No costaría nada acertar en una vena bien repleta en la primera picadura.

Después de comer, estábamos las tres un poco adormiladas cuando llegó un grandioso ejemplar macho. Yo no sabía que entre insectos también se producían flechazos, pero me enamoré al instante. Como no tenía mucha confianza aún con mis nuevas amigas no dije nada y decidí esperar a ver si él se decidía por alguna. Él hacía piruetas, iba y venía una y otra vez y tenía cambios de color constantes, aunque yo estaba tan embelesada, admirándole, que no presté mucha atención a los detalles.

Una de mis amigas desplegó las alas y, de repente, dijo

  —Vamos a otro sitio.

Yo dudé un poco, pero las acompañé, necesitaba quien me enseñara en mi nueva vida. En cuanto nos posamos en otro árbol, las dos, rojas como la grana, dijeron:

  —¡Habrase visto semejante papanatas! Si es más vanidoso, se deslumbra con sus propios destellos. Solo quería copular, no paraban de salirle puntos negros en el final de su abdomen. Además, vaya mierda de puntos, eran súper pequeños, ese te haría una fecundación tan birria que difícilmente sobreviviría alguna decena de ejemplares.

Siguieron enumerando defectos de mi enamorado y a mí me fue cambiando el color de las antenas del fucsia al marrón, por tristeza, como me explicaron más tarde. No me podía creer que iba a ser tan tonta de insecto como lo había sido de humana. Otra vez me la iban a dar con queso.

4 comentarios:

  1. Relato fantástico muy divertido. Pero no veo barroco. Na de na.

    ResponderEliminar
  2. Andrea!!!! Qué derroche de imaginación!!!
    Me encanta!

    ResponderEliminar
  3. Me ha gustado mucho y a mí sí me parece barroco. La acumulación de detalles, la riqueza del léxico...

    ResponderEliminar
  4. Una metamorfosis mucho más estética que la de la cucaracha de Kafka, jajaja. Derroche de colores, "ocelos azul fosforescentes"...,y sensaciones, también con sus toques de humor "una fecundación tan birria"... He disfrutado mucho leyéndolo.

    ResponderEliminar