VISIÓN POLIÉDRICA
Todo empezó antes del anochecer, después de un largo paseo por el campo que me permitió aliviar las tensiones vividas con mi mujer los últimos días. Miré el reloj en mi muñeca. Aunque no tenía excesivas ganas, ya era hora de volver a casa. Recordé que había aparcado el coche en un claro del bosque pero no conseguía ubicarme con precisión y de pronto sentí que perdía las referencias.
Durante un buen rato tuve la impresión de estar dando vueltas porque veía una y otra vez los mismos troncos y las mismas rocas. Con un trozo de piedra caliza marqué cruces en las cortezas pero pronto tuve que rendirme a la evidencia: llevaba un buen rato girando en torno al mismo lugar. Intenté en vano ampliar este círculo en el que me sentía atrapado. Al cabo de un momento comprendí que no tenía escapatoria.
Fue entonces cuando surgió como de la nada una valla que parecía una posible vía de salida. Aunque había un cartel colgado con la advertencia “Prohibido el paso. Peligro de muerte", no lo dudé ni un instante: trepando por los barrotes salté al otro lado. La luz del atardecer de golpe se esfumó.
Tras unos pocos pasos que a pesar de la repentina oscuridad me hicieron recobrar la esperanza, me sentí de nuevo sumido en un entorno inquietante donde se distorsionaban como brazos tortuosos los renegridos troncos de los árboles, atormentados por una fuerza que los retorcía. Y entonces la vi, inmensa silueta oscura erguida contra la luz violeta del poniente. Estaba de espaldas pero cuando se dio la vuelta, tuve que ahogar con la mano un grito de espanto: vi un ojo, su único ojo en mitad de la frente, horriblemente dilatado y fosforescente, enmarcado por unas pestañas, negrísimas y larguísimas como patas de araña.
Comprendí de golpe que me encontraba en el mundo de las sombras, el que de lo visible esconde los contornos, y que tenía frente a mí al que parecía oficiar como Gran Maestro. En ese momento el ojo ubicado en el centro de su frente inició un parpadeo al ritmo de los sonoros redobles que ritmaban los pálpitos de mi corazón. Fue lo primero en lo que reparé al descubrir la macabra ceremonia desde mi escondite entre los matorrales. Comprendí entonces que ya no tenía marcha atrás porque me había adentrado demasiado en el bosque prohibido. Tendría que haber hecho caso de la advertencia del cartel, recalcada con la calavera y las dos tibias cruzadas sobre fondo negro. Había franqueado los límites y esto tendría un precio.
Intuí que, si quería sobrevivir, no debía mirar este ojo ciclópeo que pestañeaba sin parar. El ojo era lo único realmente visible en esta silueta parecida a la de un fantasma tenebroso. Me costó apartar la vista porque la fuerza de atracción del ojo era casi irresistible y sentí que, a pesar de mis esfuerzos por no mirar, la superficie de las córneas parecía despegarse del resto de mis ojos. La sensación de tirantez extrema era dolorosa y tremendamente angustiosa. Cerrando fuertemente los ojos, noté un alivio inmediato que me tranquilizó. Me tapé la cara con ambas manos pero por el intersticio entre ellas, seguí observando el espeluznante escenario.
Desde detrás de las siluetas descarnadas de los árboles, paulatinamente se fue deslizando la pálida luz de la luna. Con un gesto imperativo de lo que se asemejaba a una mano ganchuda, la alargada silueta de ojo ciclópeo tiró de los océanos hacia ella lo que provocó el feroz rugido de las aguas encabritadas, reacias a la obediencia. Yo jamás había escuchado gruñir el océano como un oso herido e instintivamente, escondí la cabeza en la capucha de mi anorak. El rugido me retorció las tripas y me secó de golpe la boca. Estábamos a más de treinta kilómetros del mar pero de pronto nos encontrábamos rodeados de aguas turbulentas que chocaban con violencia contra las rocas del bosque, generando una espesa espuma fosforescente. La silueta extendió entonces el brazo-gancho sobre las rabiosas aguas y aplacó con este gesto el enfurecimiento acuático. La superficie de esta laguna inmensa, ahora lisa como el metal, reflejó las lechosas nubes apenachadas.
Iluminados por una antorcha, se recortaban los contornos de lo que identifiqué como una enorme clepsidra, descomunal vaso de piedra inclinado que se conectó con la laguna y permitió que el agua gotease a una velocidad constante desde un pequeño agujero cercano al fondo. Comprendí que este reloj primitivo permitía realizar los ritos y sacrificios a la hora propicia. Los seres congregados en torno al que parecía ser el sumo sacerdote, tenían la mirada, mejor dicho el ojo, fijo en él. Todos tenían en la frente un único ojo aunque de tamaño más reducido que el de la silueta tenebrosa y orientado no de forma horizontal sino vertical. Nada se oía salvo el ruido rítmico del goteo del agua que retumbaba amplificado como los golpes de un gong gigantesco. No sé si realmente este golpeo se producía con el volumen desorbitado con el que yo lo percibía o si solo retumbaba con esa fuerza en mi mente despavorida.
De repente, con la caída de la última gota de agua, el gran ojo sacerdotal se dilató aún más: parpadeó con violencia, las negrísimas pestañas se agitaron espasmódicamente y, con un chispazo fulgurante, prendió fuego a los matorrales tras los que me escondía. Las llamas alocadas lamieron golosas mi cuerpo y me obligaron a salir disparado pero sentí entonces cómo unas fuerzas irresistibles me arrastraban hacia la oscura silueta que se hacía cada vez más oblonga. Eran cientos de ojos los que me tenían agarrado, ojos viscosos y desquiciados que gimoteaban al ritmo de su loco parpadeo. Noté cómo de pronto al acercarme el ojífero tropel a la tenebrosa silueta, esta me arrancó no solo los ojos, sino la mirada. Sentí cómo se vaciaban mis cuencas oculares y noté luego cómo, con una presión intensísima, ambos huecos se volvían a rellenar. Cuando por fin me soltó el férreo gancho, el entorno se había vuelto caleidoscópico en una fascinante explosión de formas y colores, luces centelleantes e imágenes fracturadas que se multiplicaban hasta el infinito. El mareo me hizo tambalearme unos instantes pero pronto recobré el equilibrio. Al mirar en derredor, la visión era deslumbrante. Me llevé las manos a los ojos pero al tacto no noté ningún cambio, ni en la forma ni en el tamaño. Después de dar unos pasos inseguros, me fui acostumbrando a esta percepción polifacética de lo que me rodeaba y poco a poco conseguí afianzar el rumbo. Me pareció incluso que tenía una visión más clara del espacio y sin excesivas dificultades, a pesar de la oscuridad que ahora para mí ya no era ningún obstáculo, pronto localicé mi coche.
Emprendí el camino del retorno. Al mirar el reloj del coche, observé que la hora que marcaba era exactamente la que marcaba mi reloj de pulsera cuando, antes del atardecer, decidí que había llegado el momento de volver a casa.
Buenísimo. Que bien descrito. Nos arrastras, sin remisión, a ese mundo tenebroso. Me fascina lo que te atraen los ojos, Sonia.
ResponderEliminarEScalofriante. Estupendamente descrito. Me ha gustado muchísimo. Biennnnnn.
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