LA FELICIDAD
Estamos en el siglo XXI, en la entrada de una nave a las afueras de la zona industrial de cualquier ciudad de Europa. Vallas de seguridad amarillas crean un laberinto imposible por todo el escenario. A través de unos ventanucos a mucha altura se ven luces de colores con efectos estroboscópicos y rayos láser blancos y azules. Los ecos infernales de una música extravagante se escuchan de fondo. En un lugar que alguna vez fue utilizado para guardar abrigos, bastones, paraguas, bolsos, mochilas, bufandas, sombreros, viseras, pañuelos, guantes… y que ahora solo ocupan algunas mascarillas usadas y sucias colgadas de lugares inverosímiles, están dos mujeres, una de ellas joven, vieja la otra. Observándolas atentamente, nos damos cuenta de que son dos hadas; la más joven, Doña Beatrice, la que porta la felicidad, dama de honor de la mismísima Felicidad y su más querida ahijada. La más vieja, un tanto sombría, es Doña Angerona, antigua diosa de la angustia, el miedo y la preocupación, que no dispone de damas de honor ya que sus asuntos los cuida siempre personalmente; así está segura de que se han llevado a término de la manera debida. Las dos mantienen una conversación.
DOÑA BEATRICE.— Tengo que decirte que hoy es mi cumpleaños y para celebrarlo me han confiado … (Algo le ocurre. Habla como cuando la conexión a internet es inestable. Se recupera y sigue) … tienen la propiedad de cumplir en el acto todo deseo soñado, y así el hombre encuentra finalmente la felicidad en este mundo.
DOÑA ANGERONA.—Eso crees tú. (La conexión también le falla. Se da un golpe en la parte superior de la cabeza y sigue) El hombre que haga uso de esa facultad será muy desgraciado, y bendecirá el instante en que pueda quitarse los chanclos.
DOÑA BEATRICE.— Chanclos clos clas clis clis...¡Qué palabra tan risueña! ¿Has oído como suena? Chanclos clos clas clis clis... (Canturrea) Voy a dejarlos en el umbral; alguien se los pondrá y verás lo feliz que será.
DOÑA ANGERONA.—¿Qué está ocurriendo? Hemos entrado en bucle.
DOÑA BEATRICE.— Bucle cle clas clis clis ¡Esta también! (Se ríe) Me hace cosquillas en la glotis glo gla glis glis...
DOÑA ANGERONA.— (Le propina un golpe a Doña Batrice en lo alto de la cabeza) Ya está.
DOÑA BEATRICE.— ¡Uy! Gracias. Tenía un par de colibrís y tres mariposas dándose de topetazos por todo mi cerebro y no me dejaban pensar. Sí hemos entrado en (Tose) rizos. Esa conversación estaba caducada. Me repetía más que un ajo blanco blan blin blin (Tose) Yo lo que quiero es que me devuelvas los …(Tose) zuecos.
DOÑA ANGERONA.— ¿Qué zuecos?
DOÑA BEATRICE.— Ya sabes. Los que te llevaste aquella vez. Los que no dieron resultado. Los de la Felicidad. Aquellos que dejamos en Copenhague y que acabaron en manos del seminarista y que allí mismo delante su ataúd, se los quitaste y te los llevaste. Mira que la conexión no me funcionará bien, pero la memoria ram me va de cine.
DOÑA ANGERONA.— No sé de que me hablas, pero si lo supiera, no me acordaría. Han pasado cientos de años.
DOÑA BEATRICE.—Exactamente ciento ochenta y cuatro años. Tengo una mente privilegiada para los números. Los veo revolotear y entonces los atrapó con mi caza-mariposas de seda virgen y los coloco en fila. El cuatro y el tres son los mas traviesos tras tres tris tros tros (Tose). Bueno que sí, que me los devuelvas que los necesito.
DOÑA ANGERONA.— Que no.
DOÑA BEATRICE.— Voy a reconvertirlos. Ahora ya no se llevan los chan… los zuecos, pero voy a transformarlos en una mascarilla rosa.
DOÑA ANGERONA.— Entonces solo amargarás la vida a una pobre jovencita que se acabará volviendo influencer y se convertirá en un peluche despanzurrado o en una Barbie calva plagada de cicatrices escondidas de la cirugía estética. (Alienta, fatigada de tanto hablar)
DOÑA BEATRICE.— ¡Uy! Vas a tener razón. Pues en un móvil. Lo transformaré en un smartphone de última generación, con su carcasa de lentejuelas azul cían y sus auriculares inalámbricos en plata y oro y una correa de perlas nacaradas para llevarlo colgado del cuello. Y además le pondré música de stradivarius para las llamadas entrantes y tintineo de campanillas de ángel para los avisos de watsapp y de emails y en el despertador sonido de cascadas y arroyuelos cantarines... Eso y además. Cuando pongan un sticker o gift o un emoticono se hará realidad. Vamos que él que lo reciba lo tendrá de verdad, un guiño, un abrazo...
DOÑA ANGERONA.— (Con cara de pena)Sí, sí, ya… un montón de besos pegajosos...
DOÑA BEATRICE.— Claro y rosas y margaritas y lirios del campo y una tarta de cumpleaños con mucho merengue y miles de velas y copas de vermut aderezado, de las bonitas, con su raja de lima y su aceituna y su cereza roja flotando flo flo flas flis flis ….(le da un ataque de tos imparable, ble, blis blis)
(Doña Angerona saca de entre los pliegues de su túnica una bolsa de papel reciclado de la que asoman un par de chanclos viejos y muy gastados y aprovechando el nuevo atasco de Doña Beatrice, hace mutis por el foro con el paquete bien sujeto.)
Qué bueno. Me encantan tus dos hadas que se quedan sin conexión, y se atascan como los antiguos vinilos. Muy imaginativo. Enhorabuena.
ResponderEliminarUnas hadas muy al día, gracioso, cuanta imaginación! Me gusta! Enhorabuena!
ResponderEliminarMe gusta muchísimo. Muchos detalles buenísimos. Los emoticonos hechos realidad, me encantan. ¡ Estupendo!
ResponderEliminarMe parece una genialidad. No lo veo barroco, pero me ha encantado.
ResponderEliminarQué divertido escuchar las voces de las dos. Me ha gustado mucho. Y me parece muy original. Un hallazgo cómo se atasca al hablar y por qué. ¡Puro juego creativo!
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